Nada normal (2002)

Dos, uno...cero

Pilar Martín de Castro


—Creo que voy a enfermar, sí, una gripe me parece.
Como cada invierno, el primer día que los cristales amanecen detenidos por una lámina de hielo, Juan tamborilea sus dedos en el hombro de Isa mientras contempla desde la cama la alcoba aterida de azules. Después se remueve bajo las sábanas un momento, solo para comprobar la diferencia de temperatura diez centímetros más allá, tactando la línea donde se evapora el calor emanado por ella. Isa va reconociendo sus gestos en duermevela y anticipando sus palabras:

—Sí, creo que me duele un poco la cabeza —dice Juan.

Es ahora cuando ella ríe, salta fuera de la cama y baja a la calle a buscar las provisiones que alimentarán el desacontecer de los próximos días.

Comienzan los preparativos como para un largo viaje. Comprobar si hay suficiente leña para la chimenea, carbón para la cocina, la nevera bien llena, ver si están o no caducados los medicamentos. Revolver la casa buscando el termómetro, no olvidar la bolsa de agua, un buen montón de sábanas a mano para no sufrir los estragos del febril sudor. Hay que preparar un arsenal de disculpas: para los del trabajo y para las citas ya confirmadas de los próximos días. Y las imprescindibles botellas de coñac para los ponches, una buena y sagrada cantidad de opiáceos, una caja de velas grandes, no, mejor de cirios de iglesia...

Ese día y los siguientes marchan sin bufanda, escotados, procuran desplazarse en moto, caminar descalzos por el piso, descuidan las corrientes de aire y visitan amigos enfermos. De esta manera se someten a una férrea competición por llegar primero a la meta vírica. Por norma a los dos o tres días se dejan sentir los primeros síntomas del ganador: embotamiento, tos, fiebre ligera...

—...y la espalda, ¿no te duele?

Un dolor de espalda presagia viaje interoceánico. Si no tendrán que conformarse con un simple catarro de dos días.

A partir de entonces no abrirán la puerta ni descolgarán el teléfono. Los vecinos ya se han acostumbrado a estas ausencias periódicas del 3.º derecha, donde viven Isa y Juan. Aunque oigan al inequívoco José Meneses por la escalera, o incluso los vean en bata de franela por la ventana de la cocina, no se afligen por el desplante y han concluido por filtrar los mensajes por el resquicio de la puerta, auspiciando cómplices el vuelo del Apolo 3.º derecha: “Me tenéis hartito de flamenco, ¿es que no podéis poner algo de rock? Antonio”. “¡Aprobé el parcial de Cálculo! Cuando os estalle el termómetro tenéis otro debajo del felpudo. Ana”

Ahí están ahora, contagiados por el sudor, por la saliva, por el semen, exclusivamente dedicados al mantenimiento del equilibrio entre los virus de uno y otro, que se desplazan como en vasos comunicantes, confiriendo idénticas sensaciones y prodigando el mismo delirio a ambos cuerpos. Carne destilada de unidad, amasijo de fiebres que no se descompensan nunca más de una décima. Fiebres altas en las que flotan las palabras que ni preguntan ni responden. Palabras que se dicen entre largos intervalos de caricias, en primera persona del plural, con la mirada brillante de ardor. Frases sin lógica, monologadas al unísono, pronunciadas dentro de la boca seca del otro, como un jarabe. Comienza ya la alucinación...

La casa es circular y tiene nueve balcones asustados, sin cortinas, por donde entra una luz mojada que recorre todos los olores a fuego y a farmacia: leña de olivo, cera, heroína... En el espejo del sudor se ve pasar la luna... La espalda de Isa es ahora una alfombra voladora en la que viajan hacia la infancia de los cuentos de la ciencia; a ese país de los ancestros donde fue el sobaco de Juan el arcano en el que los antepasados descubrieron la escritura, atribuyendo a cada matizado aroma un símbolo gráfico, y creando así un alfabeto no fonético, sino olorético, que ellos reproducen con sus dedos en una almohada húmeda... Almohada que ahora es ya arena de un desierto que cruzan en búsqueda del fármaco oportuno.

A veces es Juan quien sale del lecho para preparar un consomé. Mientras, Isa atiza la chimenea y ordena la correspondencia filtrada por la puerta. Se sientan uno sobre otro, con la taza ante el fuego, y leen las quejas y sugerencias de los vecinos: “El del segundo dice que tiene una mancha en el techo del baño, que ha subido seis veces y que no abrís y que él sabe de seguro que estáis en casa, y que de él no se ríe ni Dios. Ana.” “Romeo: te has dejado la luz de la cocina encendida dos noches seguidas. Antonio.”

Cuando el antipirético hace su efecto juegan a viejos moribundos que han pasado la vida juntos. Se recuerdan anécdotas compartidas: esa vez que se quedaron sin gasolina en el París-Dakar, aquella otra en la que el tío Luis se metió equivocadamente en la cama de Juan con Juan dentro. ¿Y cuando el nieto mayor defecó en el lustroso stand Roca de la Feria de Muestras...? Recuerdan el futuro con la nostalgia de que no llegue a suceder toda esa vida imaginada al alimón.

Algunas mañanas, tentados de corrección, se asoman tras los cristales y se preparan para el alta, pero entonces ven los charcos congelados, la mudez esquelética de los árboles, las palomas de la plaza del Dos de Mayo apiñadas en los tejados, entumecidas, con los ojos semicerrados y el cuerpo ovillado, y ellos resuelven volver a la cama, tiritando y alegres, exentos de un mundo donde seguro.

—Hay muchas cosas por hacer —dice Isa.

—Y sobre todo muchas por repetir —dice Juan.

—Conversaciones por metabolizar —dice ella.

—Noticias que podríamos criticar —dice él.

Pero todo aquello les da pereza, se les antoja duro comparado con la dulce atmósfera de íntimo antibiótico que respiran.

La chimenea sigue ardiendo. Han trasladado el colchón a los pies del fuego. La cera de las velas ha sofocado los últimos trozos de pabilo. Los cuerpos están más delgados, más desnudos. Las voces van reservándose, los gestos son mapas que precisan cualquier ruta. Isa sintió que flotaban juntos dentro de una burbuja que atravesaba la línea del tiempo. Hace frío. Fuera, la nieve de hoy cae mansa sobre la nieve de ayer, acercando aún más la tierra al cielo. El silencio blanco lo abraza todo. En la chimenea, un generoso montón de cenizas frías esconde quizá un atisbo de sentido. En el último sueño, Juan imagina un inspector subiendo la escalera. Quiere decírselo a ella, pero recuerda que hace muchas horas, quizá días, que Isa entró en el planeta baño. Él puede ver al inspector vestido de inspector, con gabardina de cinto. Puede oír como éste va comentando a su colega lo que les espera dentro mientras manipulan la cerradura de la casa: “Todos los años se les va la mano a alguna pareja de jóvenes incautos”.

Sueña cómo entran y se tapan la nariz con un pañuelo, cómo se agachan y recogen y tratan de ordenar cronológicamente algunos mensajes aún no leídos: “La portera no para de hablar de vosotros. Dice que estáis fuera de quicio y que tiene un amigo que tiene un amigo que es un psiquiatra muy bueno. ¿Os llega en plena gripe el olor de la escalera? Mañana vendrán a revisar las tuberías. Ana.” “Esta vez os habéis pasado tíos. La comisión de solidaridad con el Apolo va a llamar a la policía. Ana. Antonio.”


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