Nada normal (2002)

Ausencia

Gloria Martín Jordana


A Marta, Scott y Ruth:
Los momentos más felices
y más tristes de mi vida.



La he visto esta mañana, iba acompañando a su hijo mayor al colegio, su hijo Pedro sólo tiene cuatro años. Es un niño despierto, sano, sin aparentes complicaciones ni traumas. Su madre se encarga de ello. Se encarga de que sea un niño normal. Responsable de que esa ausencia tan grande, la de su padre muerto, afecte lo menos posible al niño. Es pequeño pero a pesar de ello lo echa de menos. O quizá porque es pequeño su ausencia se hace más inexplicable. Ella es una mujer de apariencia muy frágil, pequeña, delgada, muy delgada y más si tenemos en cuenta que apenas hace un mes ha dado a luz a su segundo hijo. Su aspecto es triste, melancólico, intensamente dulce. Es evidente que saca fuerzas de flaqueza. No quiere preocupar excesivamente a sus padres ni a los padres de su marido, aunque la procesión va por dentro. Si te fijas en su mirada, en la lentitud de sus gestos, de sus ademanes, de cómo habla a su hijo, de cómo se mueve, es evidente que la tristeza es su compañera y lo será en los próximos días, meses y sin duda en años venideros.

Era un espléndido día de playa. Habían cargado el coche con todo lo que se carga un coche cuando vas a la playa con un niño pequeño. Iban a comer fuera en un pequeño chiringuito que está por allí cerca. Hacen unas paellas estupendas y bien de precio. Nada hacía presagiar que aquel día su vida se vería truncada para siempre. La mar estaba en calma, el niño jugaba en la arena y ella tomaba el sol. Estaba un poco nublado y la playa no estaba llena. El niño se había quedado a su lado jugando en la arena mientras ella hojeaba una revista

Él decidió ir a nadar un rato, sin el niño que le incordiase. Unas cuantas brazadas, nadie se preocupó por ello, era una situación normal. Lo hacía frecuentemente, le gustaba mucho nadar mar adentro. Pero pasaba el tiempo, media hora larga. Casi una hora, y él no volvía. Ella empezó a preocuparse, no era normal. Siguió esperando pero no venía, ni rastro de él, no se le veía. Su mirada fija en el mar, en el horizonte, allí donde la mar y el cielo se juntan. Pidió ayuda, auxilio. Gracias al teléfono móvil pudo avisar a la gente. Llamó a la Cruz Roja, a la policía. Y tal y como iba pasando el tiempo, a la familia. A su madre. Estaba tan angustiada y el niño, que tenía hambre, que no paraba de requerir su atención, y ella cada vez más nerviosa, no sabía cómo actuar, qué hacer, cómo sentirse útil. Se sentía impotente para solucionar nada, terriblemente angustiada.

La gente en la playa intentaba ayudarla con el niño, intentaba hacer que se calmase, pero todo era inútil: ella ya empezaba a intuir lo que estaba pasando. No era posible que su marido desapareciera durante tanto tiempo, no era propio de él, tan responsable. Sabía que se acercaba la hora de la comida, ella estaba sola con el niño —tan pesado para comer— y en su estado. No, no podía ser. Tenía que haberle pasado algo. Al cabo de poco tiempo, apareció la Cruz Roja del mar. ¿Qué pasaba? ¿No aparecía? Hacía más de dos horas que se había ido a nadar mar adentro. No era normal en él tardar tanto. Sin lugar a dudas, había desaparecido. Lo había visto entrar en el mar pero no salir. Empezó la búsqueda. Y al cabo de horas cuándo ya anochecía apareció flotando cerca de la playa. Muerto.

A partir de ese momento su vida cambio totalmente. Al principio parecía flotar sobre una nube, parecía que veía las cosas con una cierta distancia, como en un sueño del que seguramente se despertaría de un momento a otro. Pero no fue así. Poco a poco la realidad se fue haciendo más y más dura. Ha vuelto al trabajo a los pocos días, una vez finalizados todos los trámites, autopsia, entierro, etc... Después de haber recibido todos los besos posibles de familiares, amigos, gente conocida y hasta de gente que ella no había visto nunca. Abrazos y más abrazos, consejos y más consejos. Ha vuelto del trabajo después del primer día. Los abuelos se reparten las tareas de atender al niño. Ha entrado en su habitación, la que compartía con su marido y se ha dado cuenta de algo... Sus cosas. ¿Qué hacer con ellas? Se ha sentado al borde de la cama y ha llorado amargamente.

—Lo que deberías hacer —le aconseja su madre— es deshacerte de todas sus cosas lo antes posible. Lo llevas algún asilo. Ellos te lo agradecerán. Cuanto más tardes en sacar todo esto de ahí, más doloroso será para ti.

Fue terriblemente doloroso ir poniendo sus cosas, su ropa, zapatos, etc... en cajas de cartón. Ha guardado los relojes y algún efecto más personal para entregárselo a sus hijos cuando sean mayores. Lo demás todo a las cajas. Han pasado nueve meses, ha dado a luz hace dos a su hija María, y acaba de darse cuenta de que de esta pesadilla tardara aún mucho tiempo en despertarse. Es difícil vivir así tan distinto a lo que ella había planeado. Planes junto a otra persona a la que quería, la que debía de ser su compañero de por vida, y que la muerte le ha arrebatado de una manera tan injusta, de repente, sin avisar, de una manera tan temprana sin tiempo a disfrutar de su compañía, sin poder disfrutar de lo bueno y de lo malo del matrimonio, de la vida en pareja. Dejándote sola con la dura tarea de la crianza de dos hijos.

“¡Por Dios, si ni tan siquiera ha llegado a conocer al segundo de sus hijos!”, pensaba con desesperación.

Ha pasado un año y medio. Pedro sigue preguntando por su padre. Aunque toda la familia intente explicarle —de una manera o de otra— lo que ha pasado, él todavía no lo entiende. Todavía espera que al oír abrir la puerta de la calle, cuando esté cenando, el que entre sea su padre y que le llame. Quien juegue con él, quien le regañe porque hay que comer verdura y pescado y no sólo pasta, hamburguesas y salchichas. A pesar de todas las explicaciones que entre juegos le han dado mamá y abuelos, él no lo entiende. Y espera.

En cuanto a ella, a la viuda, la sensación después de todo este tiempo sigue siendo la misma que la de su hijo de cuatro años. Espera que un día se abra la puerta de la calle y aparezca él. Y pueda contarle qué tal le ha ido el día, las travesuras y progresos de Pedro en el colegio, en el parque, en la bañera, y cómo le cuesta cenar cuando hay verdura o pescado, lo de la fruta ya lo llevamos mejor. Espera que la abrace, que la bese con ternura, esa ternura infinita que ella aún recuerda, como si fuera ayer mismo.

Pero no es así, ella sabe que no es así, que tendrá que batallar sola con su hijo de cuatro años, que sacar adelante a su pequeña recién nacida. Esa pequeña a la que su padre no ha podido conocer. Tendrá que explicarle cuando sea mayor la historia una y otra vez. Aunque para poder hacerlo tenga que aprender ella misma a asimilar la desgracia. Para explicar a sus hijos todo lo sucedido tiene que hallar respuesta a muchas preguntas. A la injusticia de la vida. ¿Cómo explicar a otro lo que una misma no entiende? Afortunadamente está y se siente arropada por la familia, esa familia que al principio parecía incordiar más que consolar. Esos abuelos —tanto paternos como maternos— que han estado ahí, al pie del cañón, intentando disimular su dolor, sobre todo en el caso de los padres de su marido. En todo momento han sabido hacer de tripas corazón. Contener su propio dolor. Nunca podrá agradecerles lo que han hecho por ella.

Ahora ya ve las cosas con un poco más de serenidad. Ya puede controlar un poco más sus sentimientos. Pero lo que no puede evitar es... sentir su ausencia.

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