Nada normal (2002)

Agua bendita

Eloísa Martínez Santos

—Estos no son bautizos ni son “na” —dice Buenaventura mientras gira la cabeza hacia el grupo de personas que en silencio se dirigen a la iglesia—. Muchacha, tenías que haber visto cómo festejaba este pueblo el día de acristianar antes de que ocurriera lo del chico de Blas, el carpintero.

Si no fuera por la baba que se desliza por su barbilla mientras habla y por el temblor de sus dedos deformados por la artrosis, nadie diría que Buenaventura está a punto de cumplir los noventa.

Su hablar es pausado, demasiado, como si después de cada frase necesitara dejar transcurrir unos minutos para elaborar la siguiente. Luego, las palabras brotan expertas y bien hilvanadas. Hoy se le nota que tiene ganas de compañía y charla. La tarde está soleada, y el frescor que proporciona la sombra del olmo en la puerta de su casa invita al descanso. Un vaso de vino tinto espera sobre el hule grasiento a que la charla reseque su garganta. Buenaventura es aún un buen mozo de espaldas anchas y caderas firmes, y sus ojos mielosos, pese a las cataratas, de vez en cuando irradian entusiasmo. Tiene aún mucha vida la mirada de Buenaventura.

—Cuando ocurrió la desgracia del hijo de Blas, el carpintero —se arranca Buenaventura— tuvimos que aguantar las puyas de todos durante meses. Esos de allí —señala el pueblo del otro lado del barranco— son unos zopencos, y los otros, —ahora dirige el dedo hacia el este, al pueblo de mi madre— todavía peor. Esos son más traicioneros que sus mulos, nadie les quería en sus fiestas. Bien que se rieron, bien.

—El Blas echó la casa por la ventana con el bautizo del pequeño. Digan lo que digan, era un buen hombre el Blas, bueno y trabajador como pocos, muy amigo de sus amigos. ¿Que le gustaba la juerga? Pues como a todos —se calla Buenaventura y contempla las yemas de sus dedos—. Aquella tarde —dice casi para sus adentros—, las nueve calles del pueblo olían a florones y rosquillas. La limonada se refrescaba en tres barreños de los grandes. Cuando dieron las cinco, el Esteban y la Petra, los padrinos, partieron hacia la Iglesia. El niño dormía. El Esteban llevaba el traje negro de su boda, que algo estrecho le quedaba, pero seguía lustroso. Iba muy elegante con el clavel rojo prendido en la solapa y el pico del pañuelo blanco asomando por el bolsillo. Y la Petra... ¡vaya hembra! Luego dijeron que había sido la madrina porque tenía sus cosas con el Blas. La Petra era sólo de su marido, pero todos andábamos encandilados con sus meneos y sus sonrisas. No he visto otras caderas tan redondas: redondas y grandes que aguantaban los cántaros llenos de agua casi sin ayuda de los brazos. Ella los acarreaba como si nada: uno a cada lado y el botijo en la cabeza, y no te creas que por ello dejaba de saludar y de echar unas palabras —el rostro de Buenaventura se ilumina—, también iba de negro, muy guapa. Como las señoritas; con peineta y mantilla.

—La chiquillería les esperaba sentada en los escalones de la plaza. Casi todos los niños estrenaban ese día zapatos o pantalones y temían la regañina de sus madres si se manchaban antes de la ceremonia. Pero en cuanto vieron aparecer a los padrinos se olvidaron de las recomendaciones: “Eche usted, padrino, no se lo gaste en vino”, gritaban, y los céntimos rodaban por el suelo y se iban a esconder debajo de los guijarros. También esa otra: “Padrino, cagao...” —silencio, Buenaventura busca las palabras, tararea una musiquilla, pero esta vez las palabras no llegan. Disgustado mueve la cabeza y sigue—. El Esteban metía a cada paso la mano en el bolsillo y lanzaba al aire un puñado de monedas de cinco céntimos. Algunos se empeñaron después en achacar la desgracia al Esteban, le culparon por precipitarse con las monedas antes de que el chiquito recibiera el agua bendita. Te habrá contado tu madre lo supersticiosos que somos en este pueblo... ¡valiente cuento! Patrañas de unos cuantos que tenían ojeriza al Esteban porque decían que era un fanfarrón. No sé... —Otra pausa. Busca datos en su memoria—. Las cosas le marchaban bien y eso se notaba, pero de fanfarrón... el Esteban era una buena persona. Además, el que dijo de lanzar las monedas antes de entrar a la iglesia fue Blas, el carpintero, ¡cómo lloraba el hombre durante el entierro!, partía el corazón verle.

Buenaventura hace ahora una pausa larga, le cuesta alcanzar el vaso y llevárselo a los labios. Bebe y chasquea la lengua satisfecho.

—Don Genaro, el cura, llevaba muchos años en el pueblo, más de una década. Los chiquillos bautizados por él se contaban por docenas. Imagínate, cada familia tenía una recua de seis o más chiquillos y muchos de ellos habían pasado por la pila del agua bendita de don Genaro. Ni los más viejos pudieron recordar una desgracia semejante. Pero aquel día... el demonio se metió en la iglesia con los invitados y lo enredó todo.

—Durante todos estos años me he preguntado cientos de veces cómo pudo suceder —Buenaventura mueve la cabeza y entorna los ojos. Un rictus de amargura avejenta su rostro—. Todos estábamos allí, riendo y mirando al chiquito. Don Genaro dijo las palabras de siempre y nosotros le contestamos. El niño dormía. La Petra le quitó el gorrito, que deslumbraba de blanco, para que don Genaro derramara por su cabeza el agua bendita —sonríe Buenaventura, y refresca la garganta con un trago largo, sonoro— ¡Jodío niño! Ni un pelo, ni pelusilla tan siquiera se veía en su cabecita apepinada. Don Genaro seguía a lo suyo: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”; ya había hecho renunciar a los padrinos a las pompas de Satanás y todo lo demás. El niño despertó berreando con ganas. A todos nos hizo gracia. Nos volvimos para decir a Blas, el carpintero, que su pequeño mostraba buenas maneras. “A mi ahijado le sobran cojones”, dijo el Esteban. Y Blas reventaba de orgullo. Ese día parecía más alto y más joven, daba palmadas a todos, se le veía feliz.

—Nada, no te vayas a creer, unos minutos de charla y bromas. Ninguno de los allí presentes nos dimos cuenta de que don Genaro seguía echándole agua —tose Buenaventura y se limpia la humedad de los ojos. La nariz le moquea y la baba se desliza por la barbilla. El pañuelo arrugado y sucio va de los ojos a la nariz y de la nariz a los ojos. Para limpiar la baba que cae por la barbilla, utiliza la manga de la camisa—. El niño tragó agua bendita. Se le fue por el lado malo y se asfixió. Allí, delante de todo el pueblo, mientras las mujeres cotorreaban y los hombres nos mirábamos satisfechos, el pequeño se asfixió y nada pudimos hacer por él —Buenaventura desliza con suavidad la mano por su cabeza, levanta la vista y me mira.

—Unos culpamos a los otros: que si la Petra tenía que haber estado más atenta porque era la madrina. Que si el Esteban, con tal de llamar la atención, había parado la ceremonia con esa tontería de los cojones del crío. Que si el Blas que no estaba a lo que tenía que estar. Que sin don Genaro que ya chocheaba... nunca nos lo hemos perdonado, muchacha. Este pueblo no volvió a ser el mismo. La deshonra cayó sobre nosotros, porque en el fondo todos sabíamos que la muerte del pequeño de Blas se podía haber evitado. Cuando llegaba al pueblo algún forastero y preguntaba, la vergüenza nos corroía, hasta el punto de encerrarnos en nuestras casas. Nadie quería hablar del asunto. Tantos chiquillos que daba el pueblo y nunca había pasado nada igual. Todos nos sentíamos culpables y nadie quería reconocerlo, y cuando veíamos pasar a la mujer de Blas, enlutada y mirando al suelo, se nos revolvían las tripas. Sentíamos como si la hubiéramos arrebatado algo suyo que nos había prestado. Ese año apenas se festejó a la patrona, la Virgen del Rosario, ni casi a San Isidro. Así andaban los ánimos.

—Don Genaro pidió el traslado. Un mes después del bautizo se marchó. Estaba destrozado. Al poco tiempo llegó la noticia: se había colgado de una soga en la cuadra de su casa. No se merecía terminar así. Te lo digo yo; esto que ves no son bautizos. Bautizos los de antes, del pequeño de Blas, el carpintero.


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