Nada normal (2002)

Mujeres vietnamitas

Clara Redondo Sastre

Para Andrés, el protagonista


Aquel día la casa parecía estar más vacía y silenciosa que otras veces. Desde que me levanté no dejé de pensar en lo que me había sucedido la noche anterior. Me preparé para desayunar un café con magdalenas, pero apenas si pude beber unos sorbos, y el cacho de magdalena mojado se estampó contra el líquido haciéndome volver de mis pensamientos a la realidad, y manchándome el pijama.

“¡Mierda!” Pero ¿en qué estaba pensando? Ya le había dicho que no, así que era mejor dejar de darle vueltas a la cabeza.

Estaba claro que aquel chico me gustaba, nos habíamos divertido mucho la noche anterior vagando por los garitos de Malasaña, y aunque ya nos habíamos visto otras veces, él le había dado a aquella cita un matiz especial. Yo no estuve muy comunicativa, así que fue él el que se arrancó a contarme cosas de su vida; mientras caminábamos hacia Atocha me enteré de que acababa de regresar de un viaje por Vietnam, y yo me imaginé a las mujeres vietnamitas con los mofletes abultados, siempre sonrientes y vestidas con colores luminosos, mientras se refugiaban del aguacero bajo sus paraguas.

—Paso. No sé lo que querrá, pero seguro que algo serio —me dije mientras me miraba las ojeras en el espejo del baño.

El final de la noche fue realmente divertido. Ya casi al amanecer encontramos un sitio abierto con música, y él, al ritmo de una canción de Los Rodríguez se lanzó a bailar a mi alrededor, diciéndome con su cuerpo lo que no me había dicho con palabras. Aquel cortejo se selló con un largo beso, que me supo a Martini con limón.

“La verdad es que tuvo gracia con lo del baile, y me gustan sus manos. Yo no consigo tenerlas tan suaves por más crema que me doy”. Estaba tendida en el sofá, con el albornoz puesto y mojada todavía tras una ducha que no me había aclarado nada las ideas.

Después de aquella canción dijimos de irnos ya a dormir. Él parecía contento. Quizá porque yo había sido receptiva a sus galanteos. Me ofrecí para llevarle a casa. Llegamos a su portal después de un trayecto con muchos silencios, que no hicieron más que ponerme nerviosa. A lo que había estado merodeando a nuestro alrededor sin que ninguno se decidiera a dar nombre, le dije que no. Y es que, de repente, me asusté. No quise en ese momento decidir que a partir de esa noche sería una chica con novio.

—Quizás le tenía que haber dicho que sí. Me gusta, y no está nada mal —pensé, mientras me volvía a acordar del aguacero en las calles de Vietnam. En ese momento sonó el teléfono. Era mi amiga Marisa.

—No me lo puedo creer, tú eres tonta. Si te gusta, ¿por qué le has dicho que no? —Parecía muy enfadada después de que yo le contestara al montón de preguntas que me había lanzado sobre mi conquista, como ella le llamaba.

—Pues porque estoy harta de los tíos, ya sabes que no tengo suerte, y con este seguro que me pasa lo mismo —le contesté.

—Haz el favor de llamarle ahora mismo y dile que te lo has pensado mejor, que vale, que quieres salir con él —me ordenó.

—Tú estás pirada, déjame, que me duele la cabeza y voy a ver si me hago una sopa para comer, que quiero dormir un rato la siesta.

No pude dormir la siesta, pero sí rodaban las palabras de Marisa en mi cabeza como pelotas de ping-pong chocándose contra las paredes. Daba vueltas por la casa, yendo de la cocina a la tele y de la tele a la terraza; estaba anocheciendo y había muchas nubes en el cielo, de las que no descargan pero que no paran de dibujar formas.

Un dragón que iba girando poco a poco hacia mí y se transformó en camello de siete jorobas, para pasar a ser un conejo con varios conejitos encima. A punto de que se desvanecieran los conejitos, entré en la casa y cogí el teléfono.

—Hola, que soy Martina. Nada, que qué tal, que he pensado que no sé si en tu barrio se verán las nubes como en el mío. Que si quieres venir, hay unos conejos que se están convirtiendo en ardillas. Bueno, veo que no estás, así que..., muy original tu contestador —acerté a decirle a nadie detrás del hilo del teléfono.

Era curioso, ahora que había dado el paso, sentía que algo se me podía escapar, que quizás al contestador no le había gustado mi mensaje y no se lo haría llegar nunca a su dueño. Sin haber recibido ninguna llamada, y con un nudo retorciéndose en mi estómago, me fui a la cama.

A la mañana siguiente, todavía con la añoranza del Martini con limón, decidí que me iría al Rastro a comprar alguna de esas camisetas ceñidas que me gustan a mí, a ver si podía contener la inquietud que se me salía del cuerpo. Cuando iba a salir, sonó el teléfono. Corrí hacia él y, respirando antes profundamente un par de veces, contesté. Era mi madre. Que hacía dos días que no sabía de mí, que si iba hoy a comer, que había hecho cocido madrileño. Le contesté que no, que había quedado con un amigo, que no, que ella no le conocía, no, que tampoco era mi novio, que no fuera tan cotilla. Después de colgar la maldije por haberme dado ese susto.

Cuando volví del Rastro, exhausta de dar vueltas, con un bocadillo en el estómago y dos camisetas escuetas en la bolsa de plástico, lo primero que vi nada más entrar fue la lucecita intermitente del contestador. Me acerqué a él como quien se acerca a un recién nacido, y pulsé la tecla.

—Hola, que soy Marisa, que qué ha pasado con tu conquista, y que si te vienes al Rastro, que me quiero comprar algo de ropa, que últimamente me veo horrorosa con lo que tengo. Bueno, no sé si es que no estás o es que estás acompañada. Llámame de todas maneras. Tengo mucha curiosidad.

—Hola, pues no, en mi barrio el cielo está hoy despejado, aunque en mi cabeza hay alguna que otra nube. He comprado un par de entradas para ver Malena es nombre de tango. Mira el único cine en que la ponen, te espero allí a las nueve.

Los paraguas en los que se refugian las mujeres vietnamitas no son como me los imaginé aquella noche. Son más pequeños, y tenemos varios colgados de las paredes.

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