Nada normal (2002)

Picaflautas

Amparo Seijo Pérez

Una tarde, de vuelta en su oscuro pisito de una sola habitación sin ventanas, Picaflautas sacó de su maletín el balcón que acababa de recoger de la tienda y lo colgó cuidadosamente en la jaula de su periquito. Picaflautas llevaba preocupado desde hacía varios días, porque le extrañaba que un periquito recién comprado, tan azul en apariencia, tan cantarín y juguetón de aspecto, un periquito tan diferente a él mismo, se pasara las horas encaramado en un rincón de su jaula.

—De acuerdo que no es la mejor jaula del mundo —se decía Picaflautas cada mañana mientras se anudaba su pajarita parda de contable—, pero tampoco está tan mal. Tiene su bebedero, su comedero, su lechuguita, tiene incluso un columpio de alambre plastificado en pardo-león. De acuerdo que no tiene demasiada luz —se repetía Picaflautas atusándose el cabello con brillantina de brea—, qué más quisiera yo que poder instalarle un balcón como el de doña Rosa, la del primero, con su terracita de azulejos para recibir invitados, en lugar de conformarnos con la compañía de esta bombilla de treinta vatios.

Tantas vueltas le había dado al tema del periquito que al fin determinó preguntar en la tienda de balcones que le quedaba camino de la oficina:

—¿Para periquitos? —le contestó un dependiente abotonado en azul celeste—. Pero, caballero, está usted en La Balconera Fantástica. Por supuesto tenemos balcones para todo tipo de viviendas e individuos, por más plumas que tengan.

La tarde siguiente, al volver de la oficina, Picaflautas recogía el pedido envuelto en papel de estraza. Se había encargado personalmente de que le hicieran un balcón exactamente igual al de la vecina del primero: soleado y ventilado, con pelusas de polen que revoloteaban de un lado a otro. En cuanto colocó el balcón en la jaula, todo el pisito se iluminó como por arte de magia. Picaflautas se frotó los ojos, porque aunque viniera de la calle, rara vez tenía oportunidad de contemplar una luz de sol así de amarilla y resplandeciente, y estornudó una vez, pues no estaba acostumbrado a que se le colaran por las narices las motas de polen. Tan apropiado resultaba el balcón, que se podía incluso contemplar a la vecina del primero canturreando en la terraza de abajo mientras le servía la comida a su hijo:

—¡Vaya, vaya, señor periquito, mire lo que tenemos aquí! — exclamó Picaflautas a modo de presentación.

El periquito no dijo ni pío, ni dio un revoloteo de agradecimiento ni nada de nada (y no se trataba de un periquito maleducado ni mucho menos). Al contrario, deslumbrado por la luz del sol que se colaba como una linterna proyectándose en la oscura pared de enfrente, se encaramó en el rincón derecho del fondo de la jaula, lo más lejos que pudo del balcón, y comenzó a afilarse el pico contra un barrote.

Picaflautas decidió que quizá debía darle tiempo para que se acostumbrara al balcón, así que se aflojó un poquito el nudo de su pajarita parda de contable, sacó de su maletín la caja de boquerones en salmuera que se había traído de la oficina y comenzó a contabilizarlos uno a uno para avanzar el trabajo del día siguiente. Llevaba una media hora concentrado en su recuento cuando sonó el teléfono. Picaflautas pensó que se trataba de un error (nadie le llamaba nunca) y tardó un momento en contestar:

—Picaflautas al aparato, ¿dígame? —contestó con seriedad al descolgar el auricular. Y la vecina del primero le dijo que quería que alguien le explicara qué diablos hacía un periquito azul en la ensalada de pasta de su hijo. Picaflautas inspeccionó la jaula y descubrió que, en efecto, el periquito que se había mudado a la ensalada de pasta de doña Rosa debía ser el suyo, pues ya no estaba en la jaula.

—Usted disculpe, doña Rosa, que ahora mismo bajo a recogerlo.

Picaflautas, de vuelta en su pisito, metió al periquito en la jaula (que en seguida se volvió a encaramar en el rincón y afilarse el pico con un barrote) y se sentó delante para seguir contabilizando boquerones y vigilar al periquito al mismo tiempo.

Y esto fue lo que descubrió.

El periquito en cuanto se tranquilizaba, daba un brinco desde el rincón derecho a la barandilla del balcón, miraba a un lado y a otro lado y saltaba al vacío con las alas cerradas.

Picaflautas, alarmado, perdió la cuenta de los boquerones que llevaba.

¿Por qué no volaba su periquito en lugar de caer en picado? ¿Acaso estaba descontento con la jaula en la que vivía? ¿Quizá era la comida que le daba, demasiadas vitaminas para un periquito tan azul?

La vecina del primero llamó de nuevo:

—¿En la sopa de pescado de su hijo? Le pido disculpas, doña Rosa... por supuesto, doña Rosa... ahora mismo bajo a recogerlo, doña Rosa.

De vuelta en el pisito, Picaflautas, indignado, llamó a la tienda de animales para protestar y como habían salido a comer, insistió con el servicio telefónico:

—...y sepan que son ustedes unos ladrones y unos desaprensivos, que toman el pelo a la gente, porque supongamos que yo me comprara un periquito para que me hiciera compañía, y que el periquito, a pesar de que explícitamente insistí y dejé bien claro que lo quería alegre y volador, no solo no vuela, sino que los vecinos llaman protestando. Y luego uno intenta reclamar en la tienda y resulta que no te contestan porque se han ido a comer... ustedes no tienen vergüenza.

—Cuando oiga la señal serán las dos y dieciséis —exclamaron desde el otro lado.

Tan indignado estaba Picaflautas que, sin ni siquiera pedir permiso, se asomó al balcón de su periquito para tranquilizarse. En la terraza de abajo doña Rosa protestaba porque su hijo no quería terminarse la sopa. Las pelusas de polen que le hacían coquillas en la nariz le dieron una idea, y se le ocurrió preparar un cuenco de sopa de boquerones a su periquito que, en cuanto estuvo listo, colocó en el suelo de la jaula. Entonces se aflojó un poquito más el nudo de su pajarita parda de contable y se sentó a seguir vigilando, haciendo como que contaba boquerones. El periquito en cuanto tuvo de nuevo confianza, dio un brinco del rincón al cuenco de sopa, se afiló las uñas con la raspa de un boquerón, saltó a la barandilla del balcón y de nuevo abajo.

Esta vez, en lugar del timbre del teléfono, sonó el timbre de la puerta.

—Hola, Guillermo —saludó Picaflautas al hijo de doña Rosa, que llevaba el periquito empapado de natillas envuelto en una servilleta de flores—, perdona que te haya fastidiado la comida. Es este periquito que me he comprado, que no se acostumbra a su vivienda y se empeña en saltar a tu plato.

Guillermo se acercó a la jaula y la inspeccionó. Desenvolvió el periquito, lo limpió con la servilleta y también lo inspeccionó. Se metió el dedo en la nariz para pensar más a gusto, hizo una pelotilla que pegó a un barrote de la jaula, y, repentinamente, puso al periquito panza arriba, le hurgó debajo de las alas y lo colocó de vuelta en la jaula. El periquito sacudió las alas abiertas en toda su amplitud, saltó del rincón de la jaula a la barandilla del balcón, pió dos veces y se alejó volando.

—Sólo hay que abrirle la cremallera que le sujeta las alas... en la tienda se la cierran —y antes de marcharse se despidió— yo que tú tendría cuidado con el balcón, todos los periquitos se te van acabar escapando.

Picaflautas cerró la puerta de su pisito y se asomó al balcón para ver cómo se alejaba el periquito. La siguiente pelusa de polen que le hizo cosquillas en la nariz le dio otra idea. Se desató del todo su pajarita parda de contable, se hurgó debajo de los brazos y se sorprendió al descubrir una cremallera. Entonces, como si tal cosa, la abrió con cuidado de no pillarse los dedos y, dando un brinco, se encaramó a la barandilla del balcón. En la terraza de abajo doña Rosa recogía la mesa:

—Adiós —dijo dos veces sonriendo, agitó los brazos abiertos en toda su amplitud y echó a volar.

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