Nada normal (2002)

Higiene

Enrique Valladares

A Tunie


Dreit se levantó temprano esa mañana de sábado para limpiar la casa y preparar una comida especial. Era su cumpleaños y había invitado a Venice, su compañera de trabajo.

Se dio una ducha rápida y se preparó un café negro mientras se encendía el primer cigarro. Manteniéndolo en una comisura de la boca y con un ojo cerrado por el humo, extendió las manos con las palmas hacia abajo y las contempló durante unos instantes. Lo hacía cada mañana, desde hacía un año más o menos, cuando dejó de beber por última vez. Apuró el café, encendió la radio de madera y se entretuvo unos segundos sintonizando el 99.9 de la RKO para escuchar algo de blues, y empezó a barrer el apartamento.

Al rato pudo escuchar un ruido familiar de botellas y vasos de cristal rodando por el suelo del piso de arriba, seguido por los gritos de la mujer insultando a su marido. Dreit se detuvo, se enderezó, le dio la vuelta a la escoba y le quitó las pelusas que se habían agarrado. Se acercó hasta la radio donde se podía oír una voz gastada cantando un blues y subió un poco más el volumen.

Cuando terminó de barrer el reseco suelo de madera, se encendió un cigarro asomado a la ventana de la habitación. Al mirar abajo, en el callejón, pudo ver a un negro con un peto sucio empujando un carrito de basura y silbando algo del sur. Luego estiró la cabeza hacia arriba para ver un pedazo estrecho de cielo azul y brillante recortado entre los tejados de los edificios grises. Pensó en Venice, cuando la conoció unos meses antes, en el primer trabajo que podía recordar sobrio y que aún mantenía. Sintió un hormigueo por las manos seguido de un ligero picor. Venice era alta, prácticamente tanto como él, y recordaba que al verla por primera vez no quiso prestarle atención, la encontró demasiado sexy, casi vulgar y cómo, cuando les presentaron, tuvo que retorcerse las manos para ocultar los temblores.

Dreit apagó el cigarro contra la pintura desconchada del edificio, echó el humo fuera y tiró la colilla al callejón. Cogió un trapo, un producto de limpieza y se dispuso a limpiar la nevera, primero por fuera, luego por dentro. Vació los estantes sucios de óxido, aplicó el producto y comenzó a frotar.

Al ir a cerrar la puerta de la nevera pudo ver dos botellas de vino enfriándose para la comida junto a una de leche fresca. Al extender el brazo para cogerla sintió un escalofrío y volvió a pensar en Venice. Dreit nunca habría imaginado que ella se pudiera mostrar afable y cariñosa con él y sin darse cuenta se encontró, allí en la oficina, escuchando los seriales de la radio que ella le contaba, sorprendiéndose cuando Venice le arreglaba el nudo de la corbata o le recogía un mechón de pelo de la frente. Sonrió al recodar todo aquello, cogió finalmente la leche, estuvo bebiendo un rato directamente de la botella y al terminar se pasó el dorso de la mano por los labios blancos y húmedos para encenderse otro cigarro.

Al dirigirse al baño oyó el fuerte chirrido de unos neumáticos al frenar en la calle frente a su casa. Instintivamente tiró el cigarro al fregadero y corrió a la ventana del comedor. Desde allí pudo ver en el centro de la calzada a un niño que se refugiaba en las faldas de su madre, a los pies de un coche donde, asomado por la ventanilla, un hombre aparentemente borracho les gritaba algo sin sentido, agitando mucho los brazos, mientras una pelota grande y roja rodaba por la calzada, alejándose.

Dreit cerró la ventana con un golpe seco y preparó el cubo y la fregona. Al repasar el suelo de la cocina, volvió a pensar en Venice ayer, cuando la invitó a comer a su casa con motivo de su cumpleaños. Dreit había estado toda la semana inquieto pensando qué hacer, si invitarla o no, cómo se lo diría, en qué momento. La noche antes de decírselo la pasó dando vueltas en la cama, y cada vez que se dormía tenía siempre el mismo y extraño sueño: Se veía yendo a la oficina desnudo y pidiéndole a Venice que comiera con él en su cumpleaños y ella, dándose cuenta de su desnudez absurda, se reía compulsivamente. Entonces Dreit despertaba jadeando y sudoroso y todo volvía a empezar.

El viernes antes del cumpleaños fue pronto a la oficina, nada más llegar se preparó un café bien cargado y se encendió un cigarrillo mientras esperaba la llegada de Venice. Cuando la vio entrar no esperó a que se quitara el abrigo y le preguntó directamente, casi a bocajarro, si comería con él en su casa, el sábado, para celebrar su cumpleaños. Al terminar de decírselo soltó todo el aire que le quedaba en los pulmones, aspiró una profunda calada del cigarro, se aflojó la corbata y la miró brevemente a los ojos. Venice le miró entre sorprendida y alegre y le dijo que iría encantada mientras dejaba el bolso y el sombrero sobre la mesa del despacho.

Cuando Dreit terminó de limpiar la cocina se fue con el cubo, los productos de limpieza y varios trapos al baño. Allí se empleó a fondo, fregó la bañera, el inodoro, el lavabo, apenas se tomó un respiro para fumarse un cigarro con la pequeña ventana del baño abierta. Al terminar, empezó con los azulejos de las paredes y volvió a pensar en Venice. La mente se le llenaba de aquella forma confiada que tenía ella de mirarle, de su sonrisa amistosa. La recordaba andando con esa forma tan particular, metiendo un poco los talones al levantar los pies, como si no pesara. Dreit se podía quedar quieto durante mucho rato sólo viéndola caminar. Pensando en eso se le dibujaba una sonrisa en la cara y descubriéndose sin hacer nada, reanudaba con fuerza la limpieza del baño.

Cuando hubo terminado, todo estaba brillante y tenía la frente cubierta de sudor. Se quitó la camiseta, se secó el sudor con el antebrazo y empezó a limpiarse las manos en el lavabo. Miró el reloj que estaba sobre el estante y vio que apenas faltaban dos horas para que llegara Venice a comer. Se apresuró a limpiarse las uñas con el cepillo, cerró el grifo del lavabo y levantó la mirada hacia el espejo que estaba frente a él, en el centro del baño.

La pulida superficie del espejo le devolvió una imagen nítida y brillante de todo el baño. Dreit sonrió al contemplar todo tan limpio.

Entonces fijó su mirada en el centro del espejo y se vio allí, con el torso desnudo y la piel todavía sudorosa del esfuerzo, un trapo raído asomando del bolsillo posterior del pantalón, en medio del baño, rodeado de azulejos limpios.



Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro