Nada normal (2002)

Fenómenos atmosféricos

Ángeles Yagüe

Felisa no levantaba la mirada de su regazo donde María, su hija menor, de apenas dos meses, dormía agitada, envuelta en unos lienzos blanquísimos que la cubrían casi por completo y le daban el aspecto de una joya ovalada que resaltaba sobre el negro de la falda de su madre.

Felisa vigilaba con la preocupación reflejada en su rostro, cada movimiento del pequeño cuerpo, cada respiración desigual. Sus ojos recorrían la tez pálida de la cara redondeada de la niña. Se diría que tenía la textura de una fruta nítida y suave. Las pestañas se cerraban en dos curvas delicadas y minuciosas. Las mejillas aparecían encendidas por dos rojas brasas.

Agenor, frente a ellas dormitaba sobre una ancha banqueta de madera, al otro lado de la lumbre. Se oyó el retumbar, desde la sala, de las doce campanadas del reloj de pared. Agenor se removió en su asiento.

—Madre, será mejor que nos acostemos. Es tarde.

—Hijo, quédate a hacerme compañía esta noche. No creo que la niña pase de hoy. Echa algo más de leña al fuego y acerca el candil, quiero verle bien la cara. Le arde con la fiebre.

Agenor se levantó de la banqueta, cuya superficie brilló a la luz de las llamas, dejando ver el dibujo veteado de la madera de castaño. Se dirigió a un rincón de la cocina, donde se desparramaban un montón de ramas de roble partidas y eligió dos de un grosor mediano y otras más pequeñas. Se acercó a la lumbre y las fue depositando con parsimonia. El fuego pronto las envolvió, avivándose. Después se acercó a la artesa, tomó el candil y avanzó hasta depositarlo sobre la tapa del salero para las matanzas, junto al banco en que Felisa, apoyados los pies sobre la lareira, acunaba a María con un rimto lento y acompasado.

—Parece una santiña —musitó.

Agenor recuperó su sitio en la banqueta. La visión de ambas, los chisporroteos y el calor del fuego tendían a adormecerle de nuevo. Al fondo, por detrás de la cabeza de su madre, sonaba el aullar del viento, que a ráfagas golpeaba los cristales de la ventana oscurecidos por la noche.

De pronto, la voz de su madre le sobresaltó:

—¡Agenor!, ¡Agenor!, ¡la niña se nos va!

La pequeña boca de María se elevaba en busca de aire o como si quisiera pronunciar alguna palabra. Abrió los ojos, los clavó en los de su madre en una mirada breve y profunda y los cerró por última vez. Tras ello quedó inmóvil, al fin sosegada, en su regazo. Felisa tampoco se movió, sino que permaneció como hechizada, unida a su hija por una paz extensa. El color de las mejillas de la niña fue despareciendo. Su tez quedó blanca y se llenó de una luz irradiante. Como una joya traslúcida, imbuída de una vida distinta, muy bella y muy quieta.

Los ojos de Felisa y Agenor seguían atrapados por esta imagen cuando una suave luz en forma de nube blanca comenzó a emanar de la niña y a elevarse cobrando la forma de una paloma blanquísima, con las alas desplegadas, que ascendía y ascendía lentamente, hasta quedar sobre ellas, inmóvil y suspensa en el aire. Al tiempo, comenzó a sonar una música de extremada dulzura, procedente de violines o instrumentos desconocidos que entonaban la melodía más bella jamás escuchada. Parecía venir del interior de la casa. También sonó un alegre tropel de pasos que se desplazaban por el corredor en festivo tumulto y llegaban hasta la cocina.

Felisa y Agenor quedaron quietos y maravillados por unos largos instantes que se extendían por un tiempo diferente, difícil de determinar. Tras lo cual, llegó el silencio.

Después se oyó la voz uniforme y cálida de Felisa, diciendo:

—Agenor, ve a mirar si es que los niños se han levantado y andan jugando por el corredor —quizás para que él comprobase lo que ambos ya sabían.

Agenor salió de la cocina con el candil en la mano, dobló a la izquierda y se asomó al largo y ancho corredor que en forma de herradura rodeaba los corrales. La luz de la luna iluminaba las tablas del suelo y las balaustradas laterales. Allí no había nadie. Todo estaba en quietud. Hasta el viento se había detenido. Agenor supo que los niños no se habían movido de sus cuartos y aún así fue entrando una a una en las alcobas cuyas puertas daban al corredor y comprobó que todos ellos dormían plácidamente. Como si nada hubiera pasado.

En la aldea se dijo que lo acontecido fue un premio, un consuelo que Dios y sus ángeles dieron a Felisa por las muchas bondades que siempre había tenido con los más necesitados, y por lo mucho que había sufrido con las muertes tan seguidas de su esposo y de su hija mayor, Laura, a causa del tifus. Que de esta forma Dios había querido darle una compensación y hacerle saber que tanto la niña como ellos estaban ya en el cielo.

Agenor, al poco tiempo, emigró a Cuba siete años y regresó convertido en ateo y comunista de corazón, hasta su muerte, ya de viejo.

Muchas veces le preguntaron que cómo él explicaba pues lo sucedido, ya que no creía en Dios. A lo que invariablemente respondía: “Lo que pasó, pasó, yo lo presencié. Soy testigo. Estuve allí. ¿La razón? Hay misterios inexplicables... Serían... fenómenos atmosféricos”.

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