Leí el diario de un extraño (2003)

La madurez

Sonia Arranz Moreno

“Ensoñaciones de vieja”, dice. Qué sabrá él lo que es la vida. Lo mismo me repetía mi padre una y otra vez: “Tienes que madurar”, me decía, “No puedes seguir así”. Y ahora me pregunto qué había de malo en seguir así. En estudiar teatro; en salir todos los fines de semana a bailar durante horas; en ilusionarse por cada nuevo trabajo, aunque sólo fuera por tres meses; en emocionarse con cada nuevo amor que nacía, se convertía en el centro de mi vida y moría en menos de un año.

No le hagas caso. No es cierto que los padres siempre tengan razón. Pero yo entonces no lo sabía, y acabé buscando un trabajo seguro; un taller de costura que también abría los sábados por la mañana. Por la noche, el dolor de espalda no me dejaba fuerzas para ir a bailar. Los fines de semana eran más tranquilos: una película en el cine, un café, paseos por el parque.

Después conocí a tu abuelo. Un hombre muy apuesto, eso no lo voy a negar; pero si no hubiera sido en aquel momento de mi vida, antes de seis meses se habría convertido en una anécdota más que contar. Me aferré a él como se aferra un gladiador a su pequeño escudo en las películas de romanos. Y resultó en efecto muy pequeño, porque los golpes de la vida me llegaban de lleno. Ahora creo que no fue un escudo, sino más bien un adorno que me colgaba del brazo.

Y para madurar, no tienen que faltar los hijos; primero llegó el tío Juan; después tu padre, más tarde la tía Mercedes y así uno tras otro. Cuando me recuperaba de un parto para volver al trabajo, la tripa me volvía a impedir llegar a la máquina de coser. Y menos mal que al quinto parto le sucedieron dos abortos y la operación. Sin embargo, y aunque te cueste trabajo creerlo, aún no había madurado del todo. Me faltaba la muerte de mi madre, la terrible enfermedad del tío Pablo y las discusiones con nueras y yernos.
No le hagas caso, hijo, no le hagas caso.

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