Leí el diario de un extraño (2003)

Daniela quiso volar

Rosario Barros Peña

Suena Té para dos y hace íntimo el cuarto de hotel. Cierro los ojos porque el recuerdo de mis primeros bailes me envuelve: el calor de un cuerpo pegado al mío, el olor del tabaco, el tacto de una mano acariciando mis dedos, un aliento tibio pegado a mi oreja, un temblor interior, y el sofoco en mis mejillas.

Cuando la melodía cambia, me miro en el espejo, mientras deslizo la borla del colorete sobre mis pómulos. Me excedí con la sombra de ojos y apenas reconozco la mirada que me observa. El olor del perfume que me aconsejaron en la tiendita del vestíbulo del hotel me está mareando y apenas siento los pies encerrados en los zapatos de tacón. Sonrío, pero mi rostro no refleja alegría. Miro el reloj. Ya no puede faltar mucho, no si Alberto ha calculado bien.

Siempre me resultó difícil computar el tiempo. “De sesenta minutos constan las horas, y unas veces son largas y otras son cortas. Quien no lo crea, que pase un día de goces y otro de penas.” Lo decía mi padre, y cuando le pedí que me lo explicara, cogió mis manos entre las suyas y me dijo: “La vida te lo explicará”. Entonces, yo era muy joven y no creía en la variabilidad de las horas.

Fue Raúl quien hizo enloquecer mi tiempo. Llegó como un vendaval que me envolvió en un torbellino de ilusión, impidiéndome ver más allá de sus ojos. Yo tenía veinte años, y cuando me vestí de novia pensé que aquel amor sería eterno.

Pero se me antoja más larga la espera de hoy. Sobre la coqueta, junto al marco de plata desde el que me miran unos preciosos ojos azules, está la tarjeta de la editorial, con el nombre de Alberto en una esquina y el número de su móvil. Todavía tiemblo recordando su voz en el teléfono: “Su novela, Daniela quiso volar, está entre las cinco finalistas del Certamen. Necesitamos que venga a la cena de proclamación de la vencedora”. No sé por qué dije que sí, ni por qué estoy aquí, aterrada, esperando que el teléfono suene y dejándome llevar por recuerdos que me hacen daño.

Cuando pusieron a Daniela en mis brazos la apreté con fuerza, para protegerla de la mirada fría de Raúl, que suponía que un hijo limitaba sus ambiciosos proyectos, y del entusiasmo fingido de mi madre que retuvo un dedo chiquitín entre los suyos para decirle: “Llámame Carmen. No quiero que me hagas vieja”.
Yo no trabajaba. Me ocupaba de que nuestra casa resultara acogedora, de que la niña estuviera atendida y de que, al llegar Raúl, la comida estuviera en la mesa y Daniela dormida, para que no estorbase su siesta. Él progresaba en su trabajo y volvía cada día más tarde, pero todavía había pasión en nuestras noches, y celos, si el llanto de la pequeña me obligaba a dejar sus besos. A mí me parecía que ella lloraba la ausencia de un padre que apenas la cogía en brazos. “Se me caería”, decía, ni encontraba un momento para compartir sus juegos. Pero las cosas cambiaron cuando la chiquilla comenzó a gatear y Raúl se echó sobre la alfombra para hacerla reír, encontrándose con la voz nueva que le llamó papá. Y día a día él fue llenando su cuarto de peluches y la carita redonda de besos.

Mi madre dice que los hijos son aves de paso y que lo importante es la pareja, pero mi lecho se fue quedando frío, porque Raúl permanecía hasta muy tarde a la cabecera de la cama de Daniela, leyéndole cuentos y riéndose con sus medias palabras.

¿Se reirán los miembros del jurado? No sé cómo irán las votaciones. Hubiera preferido que no me dijeran que estaba entre los finalistas, porque ahora no podría soportar que otro fuera el ganador.

Daniela tendría que estar aquí. Pero, su tiempo fue corto. Amanecía el lunes de una semana en la que el trabajo de Raúl se presentaba difícil, complejo, peligroso incluso. Yo no apoyaba los negocios en que se estaba metiendo y por eso habíamos discutido. Salió sin despedirse, mientras yo atendía una llamada de Daniela. Oí el portazo y me asomé a la ventana, porque no podía dejarlo marchar así. Lo llamé cuando apareció en la acera y lo volví a llamar cuando abría el maletero para guardar el equipaje, pero él no miró. Sentí que lo perdía, crucé el cuarto, el vestíbulo y bajé las escaleras de dos en dos. Oí la voz de la niña y escuché su llanto, pero seguí corriendo por las escaleras que se multiplicaban. Cuando llegué a la acera, nuestro coche todavía estaba allí y fue Raúl quien me acogió en sus brazos, para que no mirara, para que no viera el cuerpo pequeño que él no había podido detener en su caída.

No me dejaron verla, pero nadie pudo evitarme la angustia y el desconsuelo, ni ver el horror en el fondo de los ojos de Raúl.

Mi madre volvió a sus viajes, con un llanto hondo en el rostro maquillado. Raúl se convirtió en una sombra, que leía cuentos a la cabecera de la cama vacía. Yo oía las risas de mi hija, y abría y cerraba todas las puertas buscando el azul de sus ojos. Al no encontrarlo, me adentraba en un túnel sin fondo, tropezando con las sombras que me parecían fantasmas acusadores. Hasta que un día, éstas me envolvieron.

El recuerdo del tiempo sin luz no hace que las manillas de mi reloj se muevan más aprisa, porque para la pequeña máquina todos los tiempos son iguales.

Hace ya dos horas que me puse el vestido negro. Lo elegí porque Alberto dijo que era elegante. También señaló que el pelo recogido me quedaba mejor. Yo no me identifico con la imagen del espejo y creo que Daniela tampoco me reconoce desde su fotografía..

Llaman a la puerta. Un chico uniformado cruza el cuarto, coge el teléfono y lo coloca en su base.

—Estaba mal colgado —dice—. Han dejado un mensaje para usted en la recepción.

Me entrega una hoja doblada y sale con una inclinación de cabeza. Me tiemblan las manos cuando la abro

“¡Enhorabuena!”, dice el papel, “Paso a buscarte en diez minutos”.

Él estaba seguro. Yo tenía miedo. Pasé doce años reuniendo palabras. Primero en folios, que llevaba a la sesión de terapia dos veces por semana. El psicólogo me obligaba a leerlos. Luego los examinaba él despacio, subrayando líneas en rojo, rodeando con círculos palabras aisladas. Según él, allí estaban las luces que podían iluminar mi túnel y allí aparecerían las que indicarían que el final del mismo estaba cercano.

Junté muchos folios. Los tres años de Daniela quedaron encerrados en líneas apretadas y encontrarme de nuevo con su muerte me ayudó a liberarme de la oscuridad. El psicólogo me dijo: “Te has liberado de la culpa. Ahora debes empezar a vivir y hacer que ella viva en tu pensamiento. Continúa escribiendo.” Lo hice, cuando un trabajo me obligó a llenar mi mente de preocupaciones distintas a la ausencia de mi niña. Entonces Raúl se miraba en otros ojos y leía cuentos a la orilla de otra cuna; y mi madre conocía habitaciones de hoteles, cuartos de balnearios y camarotes de barcos huyendo de su soledad. Continué escribiendo. Salvé a Daniela de su vuelo y construí el resto de su infancia y su adolescencia, dejándola a las puertas de la universidad.

Me parece demasiado hermoso que esas palabras puedan encerrarse en un libro y tener vida propia, y me siento feliz al ponerme el abrigo blanco y coger los guantes y el bolso. Me miro en el espejo y le sonrío a la niña que me mira dentro del marco de plata.

Alberto entra jovial, con su traje oscuro, la corbata azul y la bufanda blanca asomando bajo la solapa del abrigo negro. Es muy distinto a la imagen que había formado de él cuando hablamos por teléfono.

—¡Enhorabuena, otra vez! —dice haciéndome tambalear con su fuerte abrazo—. Todos te esperan.

Salimos a la calle. El viento agita los copos de nieve. Cuando siento que mis dientes castañetean comprendo que no es de frío, porque el coche tiene encendida la calefacción.

—¿Quiénes están? —consigo preguntar.

—Todos —responde él, atento al volante—. Tu nuevo entorno: Los editores, los críticos y el público.

Me entra el pánico.

—¡No! —grito—. ¡No!

No quiero que se publique el libro. No quiero que mis palabras, que la vida recreada para mi hija, sea objeto de interpretación, de comentario, de crítica. No puedo consentir que el enorme esfuerzo que supuso dar forma literaria a mis recuerdos me haga daño. Alberto detiene el coche. La calle está desierta y la nieve cubre las aceras.

—¿Qué te ocurre? —pregunta.

Me encojo en el asiento, hecha un ovillo, contra la puerta.

—No quiero el premio —digo con un hilo de voz—. No quiero que nadie ponga los ojos sobre Daniela, ni que la juzgue, ni que la censure, ni que la elogie siquiera.

El hombre me mira.

—No somos dueños de nuestros hijos —dice.

Cierro los ojos. Quiero volver al hotel. Quiero regresar a mi casa.

—Yo tengo dos hijos —continúa él—. Se fueron con su madre cuando mi matrimonio se rompió. No estudiaron las carreras que yo deseaba para ellos. Los profesores los han suspendido y los amigos los han traicionado. Pero están vivos. Tu hija vivirá en la mente y en el corazón de cada uno de tus lectores.

Alberto pone el coche en marcha. Lo miro, y cuando su mano oprime las mías, siento un calor nuevo.

—Sonríe —dice—. Estamos llegando y todos esperan a la ganadora.

“Nos esperan”, pienso, y me gusta el plural.

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