Leí el diario de un extraño (2003)

Contraventanas

Eduardo Basterrechea

Contraventanas azules…

Una sala blanca. Tiene azulejos blancos en la pared. Hay muchos niños esperando, junto a sus mamás, sentados en las sillas que circundan la sala. Sillas de anea seguramente, no las recuerdo bien. Todas las parejas tienen una toalla blanca en la mano. Nos llaman. Pasamos a la sala del médico. Nos recibe el médico y la enfermera. El médico viste una bata blanca y una sonrisa de oreja a oreja. La enfermera también sonríe. También lleva una bata blanca.

—¿Puedes abrir la boca un momento?

Abro la boca, me colocan un hierro dentro que me hace mucho daño y que me deja la boca abierta de par en par. Me meten una especia de tijera, cortan algo, me quitan el hierro y me ponen la toalla.

Ya no es blanca. Es roja.

Duele, lloro, volvemos a casa. Ya no tengo amígdalas. Me las han extirpado y me las han sustituido por el temor a las batas blancas y a las sonrisas de oreja a oreja.

 

Contraventanas azules. Casas bajas…

Es domingo. Me despierto temprano, como siempre. No puedo hacer ruido. Si me levanto y hago ruido, mi madre se despierta y todos se levantan.

Pero me aburro, no puedo dormir.

Me muevo despacio en la cama. Espero.

¡Me aburro tanto!

Bajo la escalera de mi litera. Llego al suelo. Pablo duerme. Pablo siempre se despierta más tarde. Camino sigilosamente, apoyando únicamente la punta de los dedos y levantando mucho las rodillas.

Llego a la puerta. La empujo hacia fuera, contra su marco. Bajo el brazo del picaporte, despacio, muy despacio. El brazo baja hasta el final, ¡No ha sonado! Tiro de la puerta hacia mí y salgo al pasillo. Busco en la estantería los tebeos de Tío Gilito, los de la colección que me compra mi abuelo todos los domingos.

A ver, ¿el de los golfos apandadores? No, ya lo leí la semana pasada. A ver este otro, este sí, el del mundo submarino. Lo saco de la estantería, despacio, muy despacio, sin hacer ruido. Perfecto.

Vuelvo a la habitación, empujo la puerta y entro, despacio, muy despacio. De nuevo bajo el brazo del picaporte, ya está. Empujo la puerta, con cuidado.

¡No tan fuerte!

Vaya ruido. Cierro los ojos, escucho. Parece que no me han oído. Espero un poco. Escucho otra vez. Nada, no se oye ningún ruido.

Vuelvo hacia la litera. Pablo duerme. Pablo siempre se levanta más tarde.

Pongo el tebeo en la cama y subo la escalera. Despacio, muy despacio. Ya está. Me tapo, hace frío. Doblo la almohada para tener la cabeza más alta. Enciendo la lámpara de mi cama. Es roja, con un gorrito rojo y con una pinza que la sujeta a los bordes de la cama. Abro el libro de Tío Gilito en el mundo submarino y empiezo a leer.

Contraventanas azules. Casas bajas. Paredes blancas y picadas…

Verano. Hace mucho calor. Los padres están trabajando en la fábrica. Nosotros con las madres estamos en la piscina de la colonia.

Hay árboles y césped. Además de la pista de tenis y la de jugar a los bolos hay dos piscinas. La grande, la de los mayores, es azul y cubre mucho. La de los niños es pequeña con el agua de color marrón.

Me encanta bañarme en la piscina marrón. A todos los niños nos encanta. Al principio da un poco de asco. El color del agua es un poco sucio, pero una vez que te metes una vez se te olvida. El agua está calentita así que no nos da frío y podemos estar todo el tiempo del mundo en el agua. Los mayores nunca se meten en nuestra piscina. No les gusta ni que el agua esté caliente ni que tenga color marrón, así que podemos jugar, saltar y salpicar todo lo que queramos.

Después, cuando terminan de trabajar, llegan los padres. Siempre sabíamos cuando iban a llegar porque poco tiempo antes de que llegaran sonaba una sirena. Ya sabíamos que quedaba poco tiempo de piscina, así que nos metíamos corriendo en el agua.

Llegan, saludan, se ponen el bañador y se dan un baño rápido.

 

Contraventanas azules. Casas bajas. Paredes blancas y picadas. Tejados planos, sin tejas…

Me encantaba montar en bicicleta. Yo tenía una bicicleta BH amarilla, un amarillo dorado tirando a verde claro. Mi hermano tenía una Rabassa roja más bajita y con ruedas gordas. Las recuerdo bien porque mi abuela las guardaba en su casa hasta que se murió. No sé qué habrá sido de ellas.

Nos encantaba pasear por la colonia y echar carreras. Las calles de la colonia formaban una ele mayúscula. Al final del brazo corto de la ele había como una rotonda y esa era la salida y la meta.

Las carreras consistían en salir de la rotonda, recorrer el brazo corto, luego el largo, llegar al final, girar y recorrer el camino de vuelta.

Organizábamos carreras por edades. Normalmente las carreras eran muy igualadas y casi nunca las ganaba el mismo. Un día apreció mi amigo Fernando con una bicicleta muy grande que le habían regalado sus padres y empezó a ganar todas las carreras. Desde ese momento, los demás, empezamos a perder interés por las carreras de bicis.

Un día, se me ocurrió proponer a todos los que participábamos en la carrera sorprender a los que estaban en la meta llegando los cuatro juntos y pasando a la vez por la meta. Todos aceptaron.

Cuando íbamos de vuelta por el brazo corto de la ele, y estábamos a punto de llegar a la meta se me ocurrió salir corriendo, rompiendo el pacto, para tratar de llegar el primero. Todos salieron tras de mí. No recuerdo quién ganó. Quizá no me alcanzasen, quizá ganó Fernando con su bicicleta nueva.

Contraventanas azules. Casas bajas. Paredes blancas y picadas. Tejados planos, sin tejas. Linares.

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro