Leí el diario de un extraño (2003)

La carta que no fue escrita

Ramón Cabrera Naveiras

2º Premio Certamen de Cartas de amor “El Timón” 2001, Puertollano
2º Premio Concurso de Cartas de amor Chiloeches 2001, Guadalajara.

Una explicación necesaria:

A mediados de 1992, en plena guerra de Bosnia, dos resistentes musulmanes quedaron sitiados en las ruinas de un poblado, a escasos kilómetros de Jajce, objetivo de los ataques de mortero de las fuerzas adversarias. Uno de ellos, Talib, gravemente herido, presintiendo próximo su fin, rogó a su compañero Joseph que, en caso de que pudiera escapar del cerco, tratase de hacer llegar a su mujer, víctima del éxodo, una carta de gratitud por los años de amor y bienestar pasados a su lado. Incapaz de escribirla, tuvo que dictársela, mientras las explosiones se sucedían sin interrupción, y la tragedia se abatía imparable sobre la torturada tierra balcánica.
Joseph no se vio con fuerzas para, en aquellos dramáticos instantes, negarse al último deseo de un moribundo confesando que carecía de lapiz y papel para satisfacer su súplica, por lo que simuló que la escribía, procurando retener mentalmente todas y cada una de las encendidas y desgarradas palabras que Talib pronunciaba, cada vez más débilmente.
Joseph consiguió salir indemne de aquel trance y a su manera me transmitió, hace ya años en un parque de Banja Luka, el mensaje de su amigo, a la luz de un atardecer otoñal que teñía con colores de sangre derramada y aún caliente el lienzo azul del firmamento. No había sido capaz de dar con el paradero de la esposa de Talib, y me encomendaba a mí, como miembro del Comité Internacional para los Refugiados, el cumplimiento de aquella petición. Esto es lo que Joseph me dijo, este es el texto aproximado de la carta que jamás fue escrita. Me la recitó de memoria, convencido de que únicamente así podía reproducirse la intensidad de aquellos instantes. Joseph es un poeta del pueblo y no dudo de que las palabras de Talib fueron embellecidas, a fuerza de repetírselas, con el lirismo de sus propios sentimientos.

 

La carta que no fue escrita:

Pon Sara. Amada Sara. Es su nombre, ¿sabes?, y decirlo es como si un rastro de miel me endulzara la boca y una rosa de fuego perfumara mi voz. ¡Queridísimo nombre, tan precioso siempre a mis oídos como yo lo soy ahora para la muerte que me llama!
No quiero hablarle de la guerra, amigo mío, ni de que nuestra tierra, antaño afortunada y fértil, es ahora un camposanto, lugar baldío y desolado, forja en la que el dolor es el yunque y martillo la nostalgia, y la existencia un pájaro sombrío. Escríbele, por el contrario, que todo es un mal sueño y que pronto, muy pronto, la paz no será más extraña entre los hombres que la mies que nace en primavera, el árbol que cada año se desnuda y luego recobra sus ropajes, o el manantial que, puro y cristalino, fluye día tras día como un espejo fugitivo entre las rocas y, gozoso, enseguida corre, y salta, y sus acentos de agua joven y reciente son después maternal vientre del Neretva, cotidiano y plácido, donde la vida siempre se renueva, y es dique que detiene el lodo y la riada.
Escríbele también que, desde donde estoy, veo los campos verdes extenderse por el valle bañados de luz y de rocío, de las casas elevarse hacia los cielos el humo de docenas de hogares encendidos, y que, como si fuese la escondida fragancia de sus senos, llega hasta mí el cálido aroma del pan recién cocido. Y yo me pregunto, compañero, ¿no está todo el pan hecho con trigo? ¿por qué, pues, serbios y musulmanes no podemos ser hermanos sobre el mismo suelo, si es solo un Dios el que en lo alto llora de tristeza?
¡Ay, esas brasas íntimas y nocturnas, ese pan tierno, esas manos suyas que lo hacían y, como una ofrenda al trabajo y a la dicha, lo depositaban a la mesa, sobre el mantel sencillo con sencillos gestos, esas manos suyas por cuyos dedos el amor se expresa, y entonces son palomas, golondrinas, un volar de plumas y caricias! ¿dónde estarán ahora? ¿a que lugar de nuestra atormentada patria habrán huido y allá, cuencos de sedienta arcilla, inútilmente acechan mi retorno? Pero no pongas ni una sola línea acerca del dolor de mi muerte, del vocerío de la felicidad que se derrumba. No hemos de añadir a la pena pesadumbre, ni aflicción al sufrimiento. Añade, por favor, que mi fin es dulce porque en el oscuro viaje que me espera han de ser sus ojos los faros que me alumbren el camino, su sonrisa la aurora de ese mundo que se me abre detrás de las estrellas, y su recuerdo el que me permita deshojar, con esperanzada resignación, los infinitos pétalos de la silenciosa eternidad. Todo ha de resultarme breve y llevadero, porque en el ansia del amante se concentra la paciencia de los siglos, y es ésta la que vence, y al cabo todo se reúne y se conjuga, todo es uno, y el tiempo y lo disperso son espigas que en el mismo haz se abrazan y confunden.
Pero hasta entonces... ¡Ah!, durante estos minutos que aún me restan, ¿cómo acallar la rabia y el tormento, mi angustia por la desaparición de Sara, y su destino, para que ni el menor lamento se refleje en esas frases que yo te dicto y tú me escribes? Así pues, amigo, aunque mi voz destile un mensaje amargo, tú pon que nuestra afligida Bosnia renacerá de sus cenizas, y que ya no habrá más pájaros sombríos, ni serpientes que muerdan los pies a los vencidos, porque está dicho que el cuerpo del soldado ha de descansar bajo el ciprés que alza su dedo contra el odio y la batalla, y entonces ella sabrá donde la aguardo, y acudirá a rezarme, y de la tierra nuestra, de mi corazón dormido, el árbol de la paz acabará doblado por el peso de los frutos. Y concluye diciéndole que, si en el entretanto, otro hombre deshonrara sus pechos de templado marfil, piense que soy yo quien los venera con sus manos; y que también soy yo el que besa con pasión su boca, si la mancillan labios distintos a los míos; y que si alguien hace crecer con violencia vida en lo hondo de sus entrañas, es en realidad mi muerte la que ha penetrado en ella para resucitarme.
Escríbele esto a Sara, y nada más. Porque el amor no se valora por la vistosidad de la fronda, sino por el vigor de la semilla.

A modo de testamento:
No he conseguido encontrar a Sara. A la guerra le gusta saciar su voracidad con los indefensos, los humildes, los limpios de espíritu. Pero no importa. Esta carta de amor y de paz que no fue escrita hasta ahora, que nunca llegó a su destino, habrá merecido ser divulgada si su simiente arraiga y germina, aunque sea en el ánimo y la buena voluntad de un sola persona.

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