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2º
Premio Certamen de Cartas de amor El Timón 2001, Puertollano
2º Premio Concurso de Cartas de amor Chiloeches 2001, Guadalajara.
Una explicación
necesaria:
A mediados de 1992, en plena
guerra de Bosnia, dos resistentes musulmanes quedaron sitiados en las
ruinas de un poblado, a escasos kilómetros de Jajce, objetivo de
los ataques de mortero de las fuerzas adversarias. Uno de ellos, Talib,
gravemente herido, presintiendo próximo su fin, rogó a su
compañero Joseph que, en caso de que pudiera escapar del cerco,
tratase de hacer llegar a su mujer, víctima del éxodo, una
carta de gratitud por los años de amor y bienestar pasados a su
lado. Incapaz de escribirla, tuvo que dictársela, mientras las
explosiones se sucedían sin interrupción, y la tragedia
se abatía imparable sobre la torturada tierra balcánica.
Joseph no se vio con fuerzas para, en aquellos dramáticos instantes,
negarse al último deseo de un moribundo confesando que carecía
de lapiz y papel para satisfacer su súplica, por lo que simuló
que la escribía, procurando retener mentalmente todas y cada una
de las encendidas y desgarradas palabras que Talib pronunciaba, cada vez
más débilmente.
Joseph consiguió salir indemne de aquel trance y a su manera me
transmitió, hace ya años en un parque de Banja Luka, el
mensaje de su amigo, a la luz de un atardecer otoñal que teñía
con colores de sangre derramada y aún caliente el lienzo azul del
firmamento. No había sido capaz de dar con el paradero de la esposa
de Talib, y me encomendaba a mí, como miembro del Comité
Internacional para los Refugiados, el cumplimiento de aquella petición.
Esto es lo que Joseph me dijo, este es el texto aproximado de la carta
que jamás fue escrita. Me la recitó de memoria, convencido
de que únicamente así podía reproducirse la intensidad
de aquellos instantes. Joseph es un poeta del pueblo y no dudo de que
las palabras de Talib fueron embellecidas, a fuerza de repetírselas,
con el lirismo de sus propios sentimientos.
La carta que no fue escrita:
Pon Sara. Amada Sara. Es su
nombre, ¿sabes?, y decirlo es como si un rastro de miel me endulzara
la boca y una rosa de fuego perfumara mi voz. ¡Queridísimo
nombre, tan precioso siempre a mis oídos como yo lo soy ahora para
la muerte que me llama!
No quiero hablarle de la guerra, amigo mío, ni de que nuestra tierra,
antaño afortunada y fértil, es ahora un camposanto, lugar
baldío y desolado, forja en la que el dolor es el yunque y martillo
la nostalgia, y la existencia un pájaro sombrío. Escríbele,
por el contrario, que todo es un mal sueño y que pronto, muy pronto,
la paz no será más extraña entre los hombres que
la mies que nace en primavera, el árbol que cada año se
desnuda y luego recobra sus ropajes, o el manantial que, puro y cristalino,
fluye día tras día como un espejo fugitivo entre las rocas
y, gozoso, enseguida corre, y salta, y sus acentos de agua joven y reciente
son después maternal vientre del Neretva, cotidiano y plácido,
donde la vida siempre se renueva, y es dique que detiene el lodo y la
riada.
Escríbele también que, desde donde estoy, veo los campos
verdes extenderse por el valle bañados de luz y de rocío,
de las casas elevarse hacia los cielos el humo de docenas de hogares encendidos,
y que, como si fuese la escondida fragancia de sus senos, llega hasta
mí el cálido aroma del pan recién cocido. Y yo me
pregunto, compañero, ¿no está todo el pan hecho con
trigo? ¿por qué, pues, serbios y musulmanes no podemos ser
hermanos sobre el mismo suelo, si es solo un Dios el que en lo alto llora
de tristeza?
¡Ay, esas brasas íntimas y nocturnas, ese pan tierno, esas
manos suyas que lo hacían y, como una ofrenda al trabajo y a la
dicha, lo depositaban a la mesa, sobre el mantel sencillo con sencillos
gestos, esas manos suyas por cuyos dedos el amor se expresa, y entonces
son palomas, golondrinas, un volar de plumas y caricias! ¿dónde
estarán ahora? ¿a que lugar de nuestra atormentada patria
habrán huido y allá, cuencos de sedienta arcilla, inútilmente
acechan mi retorno? Pero no pongas ni una sola línea acerca del
dolor de mi muerte, del vocerío de la felicidad que se derrumba.
No hemos de añadir a la pena pesadumbre, ni aflicción al
sufrimiento. Añade, por favor, que mi fin es dulce porque en el
oscuro viaje que me espera han de ser sus ojos los faros que me alumbren
el camino, su sonrisa la aurora de ese mundo que se me abre detrás
de las estrellas, y su recuerdo el que me permita deshojar, con esperanzada
resignación, los infinitos pétalos de la silenciosa eternidad.
Todo ha de resultarme breve y llevadero, porque en el ansia del amante
se concentra la paciencia de los siglos, y es ésta la que vence,
y al cabo todo se reúne y se conjuga, todo es uno, y el tiempo
y lo disperso son espigas que en el mismo haz se abrazan y confunden.
Pero hasta entonces... ¡Ah!, durante estos minutos que aún
me restan, ¿cómo acallar la rabia y el tormento, mi angustia
por la desaparición de Sara, y su destino, para que ni el menor
lamento se refleje en esas frases que yo te dicto y tú me escribes?
Así pues, amigo, aunque mi voz destile un mensaje amargo, tú
pon que nuestra afligida Bosnia renacerá de sus cenizas, y que
ya no habrá más pájaros sombríos, ni serpientes
que muerdan los pies a los vencidos, porque está dicho que el cuerpo
del soldado ha de descansar bajo el ciprés que alza su dedo contra
el odio y la batalla, y entonces ella sabrá donde la aguardo, y
acudirá a rezarme, y de la tierra nuestra, de mi corazón
dormido, el árbol de la paz acabará doblado por el peso
de los frutos. Y concluye diciéndole que, si en el entretanto,
otro hombre deshonrara sus pechos de templado marfil, piense que soy yo
quien los venera con sus manos; y que también soy yo el que besa
con pasión su boca, si la mancillan labios distintos a los míos;
y que si alguien hace crecer con violencia vida en lo hondo de sus entrañas,
es en realidad mi muerte la que ha penetrado en ella para resucitarme.
Escríbele esto a Sara, y nada más. Porque el amor no se
valora por la vistosidad de la fronda, sino por el vigor de la semilla.
A modo de testamento:
No he conseguido encontrar a Sara. A la guerra le gusta saciar su voracidad
con los indefensos, los humildes, los limpios de espíritu. Pero
no importa. Esta carta de amor y de paz que no fue escrita hasta ahora,
que nunca llegó a su destino, habrá merecido ser divulgada
si su simiente arraiga y germina, aunque sea en el ánimo y la buena
voluntad de un sola persona.


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