Leí el diario de un extraño (2003)

La mujer del artista

Lucía Carballal Luengo

A mi amiga Ana

Volvimos a Las Cromátidas por tercera vez aquella semana. La calle, custodiada por mujeres de faldas cortas y zapatos de saldo. Yo me agarraba más fuerte a tu brazo y ellas te guiñaban un ojo. Las Cromátidas. Me miré en el espejo que recubría la parte trasera del escaparate. Tú guardabas los guantes en los bolsillos del abrigo y yo tiraba de ti hacia el interior.
Aquel hombre de nuevo, viejo y sucio, levantaba la mirada sobre sus anteojos mientras sonaba la campana de la puerta. “Buenos días.” “Buenos días.”
Me encantaba aquella tienda que crujía. Hileras de pequeños cajones que parecían llegar al cielo. Innumerables etiquetas con su correspondiente muestra de color. Comenzaste a señalar nombres: “Rojo cobalto, amarillo zinc, magenta carbonatado...” Y el viejo alargaba con esfuerzo su brazo minúsculo desde algún peldaño de su escalera. Recogía una a una las bolsitas de polvos coloreados. “Ponme una más de oro cadmio”.
Para cuando todas estuvieron sobre el mostrador, yo ya había contado, como siempre, las baldosas rotas del suelo. Esta vez eran diecinueve, dos más que hacía tres días.
Te abracé. Te di la mano mientras caminábamos de vuelta a casa. Hacía frío. Me puse tus guantes. Una de aquellas mujeres me miró a los ojos. Te agarré más fuerte. Te dije: “Todo esto me hace mucha ilusión”. Y tú respondiste: “Quizá no pueda, yo no sé hacer retratos”.
Me había costado semanas convencerte. Llegué a ponerte un carboncillo en la mano. Yo te pedía sólo un dibujo rápido, pequeño, dedicado para mí, primero mi nombre y después el tuyo. Te puse frente al papel. ¿Por qué no querías? Decías que te sentías incapaz. Para mí era desprecio. Sonreíste. Dijiste: “Yo no hago retratos”, y luego me quitaste la ropa. A la mañana siguiente el carboncillo que te ofrecí apareció roto entre las sábanas.
Pero un día dijiste sí, cuando yo ni siquiera te había preguntado. Dijiste: “Vamos a Las Cromátidas”, y yo sabía que esta vez no iban a ser colores de bodegón.
Yo descongelaba la comida mientras tú disolvías los nuevos pigmentos. Tú decías pigmentos. Para mí eran colores.
Me pediste tarros de cristal para guardar las mezclas. Yo los guardaba en un rincón del garaje. Saqué los que había lavado aquella mañana. Todavía tenían la etiqueta: mermeladas caseras. Me sentí orgullosa de mi trabajo.
Fue junto al ventanal del salón. Luz rosada de la tarde y frío de invierno. Nada de maquillaje, nada de ropa, nada de nada. Me querías indefensa. Sentía que desde detrás del caballete ibas a abalanzarte sobre mí. No me dejaste sonreír, ni apoyarme sobre una mano, ni soltarme la coleta.
Todo se alejaba de lo que yo había imaginado.
Ni un descanso, ni un beso. Yo tiritaba sobre el taburete. Me dolía el cuello. Recordaba la tienda de colores, recordaba las prostitutas de la calle que habíamos atravesado juntos. Tenían frío. “Tengo frío”, pensaba yo.
Tú estabas nervioso. Una y otra vez me pedías que no me moviese. Y tus ojos sin descanso desde mí hasta el pincel. Te pregunté qué habías dibujado primero. Dijiste: “Los hombros”, y yo me puse contenta. Visualizaba mi lunar del hombro derecho. Tú a veces decías: “Es como si estuviera hecho con compás”, y a mí me parecía un piropo a medias. Lo vi en tus ojos, luego en tu cabeza y luego sobre el papel. Ese era el recorrido de mi cuerpo o así me gustaba imaginarlo. Al cabo de unas horas dijiste: “Vístete”.
Por fin acababa todo aquello, el retrato maldito terminado. Cuando volví al salón, el cuadro no estaba. Tú limpiabas los pinceles.
Te pregunté: “¿Dónde está?”, y tú respondiste: “No soy capaz de que seas tú”. Me prometiste que hoy me lo enseñarías. Lo decías en serio, porque yo sé cuándo me engañas. Me he despertado ilusionada. Qué pena que hayas tenido que irte tan temprano.
Lo siento. Lo siento de verdad, pero tenía tantas ganas de verlo...
Lo he encontrado entre los trastos de la buhardilla. ¿Por qué no quisiste enseñármelo? Es precioso. Y sí que soy yo. Basta con que retoques los ojos. Dan un poco de miedo. Yo no tengo esa mirada tan dura. Volveremos a la tienda de colores, si crees que hace falta. Y cuando regreses colgaremos el cuadro en la entrada. Ya sabes que no puedo hacerlo sola.

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