Leí el diario de un extraño (2003)

Ático

Isabel Carballo

Un buen día, hace ya bastante tiempo, estaba en un restaurante sumido en mis pensamientos, cuando noté que alguien se acercaba. Al levantar la vista me encontré con una niña, casi una mujer, pidiéndome un autógrafo. Su juventud llamó poderosamente mi atención. ¿Cómo podía conocer mis obras? ¿Cómo podían expresar esos enormes ojos tanta admiración, si por la edad que aparentaba tendría que estar leyendo colorines y tebeos? Al preguntarle cual de mis libros llamó su atención, me dejó asombrado, pues aseguró conocerlos casi todos. Era alta, delgada, guapa moza, pero sobre todo, repito, en aquellos ojos y en aquella mirada había tanta admiración, que he de reconocer que me impactó. Por la noche, cuando me metí en la cama, supe que había estado toda la tarde pensando en aquella niñamujer o mujerniña. Si le gustaban mis libros, no debía ser tan niña. ¿Qué edad podía tener? ¿Cómo se llamaría? ¿La volvería a ver? Continué haciéndome preguntas y más preguntas que lógicamente no tenían respuesta.
Fui al mismo restaurante día tras día sin querer reconocer mi deseo de encontrarla. ¿Cuántos autógrafos me habían pedido en el transcurso de los años mujeres guapas, menos guapas o guapísimas, sin que se alterara nada dentro de mí?
Yo, con mis cuarenta tacos a cuestas, me estaba empezando a obsesionar y no lo podía permitir. Me costaba escribir, me volví irascible y mis amigos no me soportaban. La impotencia me estaba trastornando. ¿Cómo podía pasarme esto a mí, mujeriego y pendón donde los hubiera? Iba por la calle buscándola, y cuando entraba en cualquier lugar inspeccionaba cada rincón. A más de una llegué a seguir, creyendo que era ella.
Una noche me fui a un concierto convencido que allí lograría olvidarme de todo pues normalmente la música clásica lograba amansarme y el programa era bueno: R. Strauss y C. Debussy. Nada más sentarme en la butaca mi subconsciente me traicionó y me vi fijándome en cada fila, en cada palco. Cuando empezó la orquesta, sentí que mi pulso se paraba. La que tocaba el oboe tenía que ser ella, ¡era ella, seguro! Mi vista no me podía estar haciendo una trastada, pero vaya si me la hizo, se parecía, sí, se parecía mucho, pero mi niñamujer era mucho más morena. Mi excitación fue tal que me salí. Aquello tenía que terminar. ¡Tenía que terminar de una vez! Como decía Nietsche: “Llegamos a amar nuestro deseo y no al objeto de ese deseo”, y eso me estaba ocurriendo a mí. Ya no sabía ni discernir.
Pasó tiempo, y él, que tiene ese poder, poco a poco fue convirtiendo mi obsesión en recuerdo, recuerdo que volvía ineludiblemente cuando menos lo esperaba ¿Qué sería de ella? ¿Qué le habría deparado la vida? ¿Por qué nunca más volví a verla? Tantas y tantas preguntas, que como siempre seguían sin respuesta. Lo único cierto es que ya debía ser toda una mujer. Seguí escribiendo y el tiempo siguió su curso, la desazón aún regía mi pluma.
Hace un mes escaso me dije a mí mismo que necesitaba un cambio urgente. Siempre había albergado la idea de, alguna vez, vivir en un ático frente al mar, con una gran terraza, con ventanales enormes, lleno de luz, donde poder disfrutar de la vista, de las puestas de sol y del cielo azul. Necesito paz, tranquilidad. Necesito pararme. Necesito oír el silencio. Necesito sentir el tiempo. Necesito recomponer este caos que hay dentro de mí.
Por una vez actué en consecuencia e hice las gestiones oportunas con una diligencia que a mí mismo me asombró. Quiero ese ático, ¡ya!
Una semana después me llaman de la inmobiliaria. Creen que han encontrado lo que estoy buscando. Cuando por fin vamos a verlo, me informan de que en ese momento está aún ocupado, pero que en un par de días quedará libre. Eso me molesta y casi doy la vuelta, pero sigo. Cuando se abre la puerta me encuentro frente a frente a mi niñamujer. Tiene una niña en brazos y otra cogida de su falda.

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