Leí el diario de un extraño (2003)

Esperando un cambio

Denise Comaposada Solé

Me llamo Marta y acabo de cumplir 12 años. Últimamente mi vida es muy aburrida. Nada de lo que hacía antes me distrae y además siempre tengo un montón de deberes que parecen interminables. En poco tiempo todo parece haberse descontrolado, incluso mi cuerpo. He ido engordando por todos los lados y mi cara ha adquirido una forma de pelota con un horrible grano en la mejilla que no consigo hacer desaparecer. En la escuela han incorporado unas clases de educación sexual. No están mal, pero los niños no paran de chillar y de decir groserías; acaban siendo insoportables. Mis padres no podían quedarse al margen y han decidido cambiarme los muebles de mi habitación.
Mi madre, siempre seria y de pocas bromas, tiene una obsesión que no soporto: hacer limpieza, lo que en estos momentos se traduce a tirar todas las cosas que yo he ido guardando debajo de mi cama.
—No, eso no lo tires —le digo enfadada.
—No puedes estar guardando todos estos trastos viejos, ya eres mayor —siempre la misma respuesta.
Así, mis pequeños tesoros se han trasladado al país de “Nunca Jamás”, dentro de una bolsa de basura azul. Dos peluches han sido lo máximo que he conseguido quedarme.
Me han pintado las paredes con un color crema. Una cama grande, una mesa y un armario, de color blanco, reemplazan mis recuerdos. Lo único que me gusta es el espejo que hay en una de las puertas del armario y, sobre todo, el ordenador que me han regalado. Con él podré pasar las pesadas tardes de los domingos conectada al Messenger.
Desde hace tiempo, mi madre está intentando prepararme, como suele decir, para una nueva etapa de la vida que será decisiva para mí y que está a punto de llegar. La palabra pubertad, que al principio me pareció un insulto, se me aparece en mayúsculas y negrita. Nuevas palabras, nuevos consejos y, sobre todo, una larga lista de advertencias.
La palabra “niño” ha ido variando su significado de “amiguito, compañero de clase...”, por “chico, aprovechado, sexo...” Parece que esté a punto de entrar en una nueva dimensión, donde los monstruos de los cuentos de mi infancia tomarán forma de un momento a otro.
—Ven, cariño, vamos a hablar un rato.
Cuando mi madre empieza con esta frase, sé que acabaré perdida en alguno de sus repetidos monólogos. Se sienta frente a mí acomodando su cuerpo delgado entre los cojines del sofá; yo la oigo lejana, con mis pensamientos perdidos en algún rincón de mi cabeza. Lo peor es cuando se le ocurre preguntar: ¿qué piensas de lo que te estoy explicando? Nunca he sabido la manera de evitar la respuesta, pero he encontrado una salida victoriosa: “Bien, creo que lo que dices está bien”. Entonces ella sonríe y se da por satisfecha.
Al fin, la pubertad llegó ayer a mi vida. No ha venido como una revelación maravillosa, repleta de emociones nuevas, como mis amigas y yo la imaginábamos, si no con una punzada dolorosa en el vientre y un hilo de sangre descendiendo por mis piernas. La verdad es que no hemos tenido un buen principio, porque además del dolor agudo que sentía, me encontró desprevenida en la clase de gimnasia.
Hoy es sábado, puedo levantarme tarde. ¡Maravilloso! Miro el reloj que hay en la mesita de noche: ya son las diez. Me siento en la cama y observo a mi alrededor: ropa tirada por el suelo, zapatos desaparejados, apuntes de la escuela y libros esparcidos sobre la mesa y el ordenador, encendido. Si ahora entra mi madre creo que transformará su alegría de ayer en un ataque directo a mi tranquilidad.
Decido ponerme mi albornoz blanco y levantarme. Sigo encontrándome mal. Empiezo a estar harta de la maldita pubertad, espero que no tenga más sorpresas como ésta.
Cuando paso frente al armario me detengo ante el espejo.
—¡Eh! Vaya pinta tan horrorosa —digo dirigiéndome a la imagen que se refleja.
Veo una rubia de ojos castaños con el pelo totalmente enmarañado y ojeras. El grano sigue invencible en la mejilla. Me abro el albornoz: también estoy hinchada.
—Se supone que tienes que cambiar mi vida, no deformarla —digo gritando.
Sólo una pequeña distancia me separa de la figura que contemplo ante mí. El reflejo que me llega parece tener más poder que yo misma y me quedo mirándola. Paso los dedos por los mechones de pelo que caen sobre mis hombros, los aparto y los recojo en la nuca. La luz que entra por la ventana parece transformarlos en luminosos rayos de colores. Ladeo la cabeza, ocultando el grano. Algo que no puedo definir me atrae y me inmoviliza.
La imagen sigue fielmente mis movimientos. Nada se escapa a su mirada atrevida. Me gusta este juego, me divierte y me hace olvidar mi malestar. Sigo recorriendo mi cuerpo con las manos: los labios carnosos, el cuello largo con el pelo recogido, los pechos pequeños. Mientras lo acaricio, observo como se va dibujando un deseo en la piel de la figura que me contempla de manera arrogante.
Oigo los pasos de mi madre en el corredor. Miro por última vez la imagen que sigue allí, de pie, observándome. Quizás la pubertad esconda algún secreto que aún no he descubierto. Le hago un guiño y me responde con una sonrisa. Ya es hora de que empiece a ordenar mis cosas.

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