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Mario era de sonrisa
breve. Sólo un gesto, un instante hecho con la boca, casi imperceptible.
Ni un ruido, ni siquiera el del aire al salir de entre sus labios. Reconozco
que a mí nunca me importó ese amago de sonrisa. Mi marido
era mucho más de lo que yo entonces hubiera esperado, y lo admiraba,
sí, incluso más que a mi propio padre.
Él fue precisamente quien me lo presentó a pesar de ser
quince años mayor, los dos habían entablado una cierta amistad
frecuentando el mismo casino. Y no sólo compartían aficiones
tales como el dominó o las tertulias taurinas, sino que resultaron
ser muy afines tanto en hábitos como en manías. Yo entonces
no conocía a Mario, pero sí el carácter de mi padre.
Desde pequeña, él había intentado suplir la falta
de una madre buscando sucedáneos a sueldo que por supuesto fracasaron.
Así que podría decirse que nos habituamos a estar juntos.
Y un buen día, después de veintinueve largos años,
apareció en casa con Mario. Hasta entonces muy pocos hombres habían
traspasado aquella puerta (don Amando, el día que vino a dar la
unción a mi madre; Juanín, el chico del reparto de la tienda
de comestibles; y aquel pobre insensato, creo recordar que se llamaba
Francisco, que tuvo la descabellada idea de pedir permiso a papá
para visitarme). Al margen de eso, algunos pequeños escarceos sin
importancia de los que salí bastante escarmentada. Por eso aquel
mismo día, al verlos bromeando, supe que aquel hombre entraría
en mi vida para siempre. No sé si a eso podría llamársele
un flechazo, pero fuera lo que fuese, papá pareció adivinar
mis pensamientos sin preocuparse mucho de si aquello tenía o no
algo que ver con el cariño. Dieciocho meses bastaron para confirmar
dos hechos que cambiarían mi vida, nuestro compromiso y el diagnóstico
de la enfermedad de papá. Recordaré siempre nuestra última
conversación, justo dos meses antes de la boda. Yo, sentada en
el borde de su cama, él con la cabeza sumergida en la almohada,
la cara convertida en un pellejo de piel pegado al hueso de su nariz y
aquella mirada empañada. Estábamos en penumbra y en silencio,
tan sólo podía oírse el ruido de su respiración
entrecortada.
Adela... me dijo de pronto. Mario cuidará de
ti.
Lo dijo así, de corrido, manteniendo la vista al frente. Sonaba
a sentencia, pero yo lo interpreté como una bendición.
En aquel momento sólo pude llorar. Recuerdo el sonido de mis sollozos.
No volvió a decir nada, pero en su boca juro haber visto algo parecido
a una sonrisa, o al menos un gesto de complacencia. Era como si tras haber
dicho aquello, se sintiera tranquilo.
Sentí de verdad que no pudiera acompañarme al altar, con
lo que hubiera disfrutado... Aquel día me sentía radiante.
Todo era sencillo y todo me empujaba hacia la felicidad, la mía
al fin y después de largos años. Durante aquellos días
se habían celebrado varias bodas. Mi prima Blanca, mi amiga Marisol
y hasta la sobrina del párroco, que era casi una niña, habían
recorrido este mismo año el pasillo que pisaban ahora mis pies.
Sí, definitivamente Mario había sido lo mejor que yo hubiera
esperado, y ahora era él quien me esperaba allí, en el altar,
mirándome con aquella insinuada sonrisa. Esos ojos tan negros y
brillantes y el bigote bien resuelto. Con su pelo peinado hacia atrás
y trajeado como un príncipe. Aquel día, tal vez fuera yo
quien sonriera por los dos, saludara por los dos y hasta me despidiera
en nombre de ambos debido a la prisa que a Mario le entró por retirarse
temprano. Pero él siempre había sido parco en palabras y
algo inexpresivo, y yo, convertida ya en su mujer, podía entenderlo
todo.
Después el hogar... A pesar de tratarse de mi misma casa, ¡qué
diferente la veía ahora! Mario y yo habíamos pensado que,
tras la muerte de mi padre, era una pena tener que cerrar aquella vivienda
tan llena de recuerdos. Confieso que me esmeré renovando cortinas
y colchas, retapizando el sillón de papá, y hasta coloqué
aquel retrato de Mario encima de la consola. ¡Con cuanta satisfacción
lo miraba!, era cierto que el pintor había conseguido plasmar esa
expresión tan característica de mi marido.
Jamás como entonces disfruté tanto de cada rincón
de la casa. Parecía mentira que se tratase de las mismas paredes
que hasta la llegada de Mario, había aborrecido. Las que me habían
acompañado durante muchos momentos de soledad. Ahora y una vez
desterrados aquellas oscuras cortinas que tendrían al menos mi
misma edad, las habitaciones habían crecido y la luz se paseaba
por dentro. Estaba agradecida al hombre que me había rescatado,
el mismo que me observaba sobre la consola, encerrado en aquel marco.
Desde allí, un reflejo sobre el barniz desdibujaba su rostro, pero
yo lo conocía de sobra.
Y entonces llegaron esos días en los que Mario trabajaba tantas
horas en el despacho y esas tardes en las que se pasaba por el casino,
para distraerse un poco y por aquello de las relaciones. Yo todo eso lo
entendí muy bien desde el principio. Mario tenía razón
en ese punto, y por ello le propuse en más de una ocasión
recibir en casa. Andaba sobrada de tiempo y tenía buena mano en
la cocina. Pero Mario, igual que papá, no era muy amigo de mezclar
los asuntos del despacho con los de su casa.
De modo que fui habituándome a verle poco y aún menos a
hablar con él. También me acostumbré a la luz y a
los colores, y a las telas y a las cortinas. El sillón de Mario,
el que antaño había pertenecido a mi padre, tenía
de nuevo la tela de los brazos desgastada. No por él, sino por
mí. Allí es donde me sentaba cada tarde, encarándome
a aquel cuadro imperturbable que siempre me observaba.
No sé muy bien cuándo empecé, pero sí que
desde aquel mismo momento no dejé de hacerlo. Jamás le conté
nada a nadie; bueno, sí, confieso que papá también
estaba al corriente, pero él no podía delatarme.
Empecé por hablarle un día de lo frescas que estaban las
verduras esa mañana en el mercado y después aquello que
me había comentado el farmacéutico para quitarle las jaquecas.
Sí, también me acuerdo que nos reímos mucho de la
manera en que la asistenta planchaba su ropa interior. Y lo serio que
se puso cuando le dije que me hubiera gustado haber tenido un hijo...,
¡y eso que iba a llamarse como él! Yo sabía que Mario
podía llegar a ser entrañable y aquellas conversaciones
me permitieron constatarlo.
No titubeo al decir que esos años fueron los más felices,
y no porque Mario cambiase sus hábitos para conmigo; en todo caso
con el tiempo fueron acentuándose.
Pero mi secreto me permitió, muchos años después
de su muerte, seguir conviviendo con un marido que me escuchaba, me miraba
y también, a su modo, me sonreía.


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