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Cuando el sol,
tímido, se va marchando, la tarde tiene ya color de polo anaranjado;
el olor a humedad de las aguas estancadas del Tormes sube por las vueltas
y revueltas del camino, y se pega a los muros de granito y a la ropa aún
tendida en los balcones de algunas casas. He llamado a Javier para decirle
que su Maserati Coupe rojo está en perfecto estado. Hemos discutido
como otras muchas veces, siempre por lo mismo: su sentido del desorden
insulta mi metódica existencia. Cuando entré la otra tarde
en el estudio todo era un caos: el paño de la cocina descansaba,
junto a su cazadora hecha un ovillo, encima del sofá; en la mesita
de centro dormía la bandeja con las tazas del desayuno, y junto
a media tostada endurecida había un pincel con sombras de aguarrás.
Olía a cerrado, a espuma de café y a pintura. Iba de un
lado para otro intentando recoger aquel desastre cuando le grité:
Vivir así es imposible. Javier estaba tan abstraído
que ni siquiera me respondió, seguía empapando el pincel
en el óleo negro y arrastrando aquella masa espesa por la tela,
dibujando las últimas líneas de una locomotora. A Javier
le gusta pintar estaciones de trenes imitando a Monet. Ni siquiera se
defendió de mis acusaciones, así que cogí las llaves
del coche y dando un portazo salí del estudio con los ojos desorbitados
y las manos temblorosas. Dormí fuera y a la mañana siguiente
conduje hasta aquí convencida de que en estos últimos diez
años me había equivocado. Aún sabiendo que estabas
casado vine decidida a verte.
Cuando no estás quiero llorar. Cuando no estás la pena mi
corazón encadena... La música se confunde entre el escándalo
del motor. La carretera se va perdiendo detrás en el horizonte,
desdibujándose a cada curva. Un perro viejo se recuesta en la tierra
ocre, recalentada por el sol de julio. Dos gotas de sudor me lamen la
frente y se deshacen en mi piel. Abro un poco la ventanilla para refrescarme;
todo en el aire parece crujir; se respira fuego que ciega la mirada, una
mirada impaciente por llegar a Fermoselle, el pueblo donde nací.
El camino, recto durante más de un kilómetro, se cierra
ahora en una curva franqueada por dos encinas milenarias. Al otro lado
se puede ver el pueblo a lo lejos, extendiéndose sobre peñascos,
mezclándose los tejados de las casas con el cielo. Me acerco deprisa
y aparco al lado de la panadería que todavía desprende aquel
olor a leña que tanto nos gustaba. Un calor seco inunda la atmósfera.
Camino por calles empinadas y sinuosas que me van descubriendo el pueblo
a cada paso. Me detengo en lo alto de una cuesta y levanto la mirada;
ahí está la casa que intenta mantenerse erguida pese a su
vejez. Ahí está tu casa, con su escudo noble y sus dos balconadas,
que mira perezosa a los Arribes.
A medida que avanzo el ambiente se vuelve más liviano y claro en
mi memoria; veo esta casa vetusta y achacosa rejuvenecer, limpia, recién
pintada. Y veo una ventana, y a través de ella te veo a ti, de
pie, junto a la chimenea sumida en el letargo del verano. Tu mirada se
entretiene en aquel lienzo sombrío de la cacería de jabalíes.
¡Cómo detestaba esta afición tuya por la caza! Mientras
lo miras sin verlo me hablas; me dices, en tu acostumbrado tono reposado
y determinante, que no entiendes mi necesidad de marcharme a Barcelona.
Estaba todo perfectamente organizado: nos casaríamos en la Iglesia
de Santa Colomba como tus padres; yo con un vestido largo de color blanco
y con tul, y tú con un traje gris marengo. Seguirías trabajando
en la Fábrica de Aceite de tu padre mientras yo cuidaría
de la casa y del pequeño huerto que estaba detrás. Tendríamos
un coche, un Land Rover Discovery para que aguantase bien las subidas
y bajadas; también un pastor alemán, además de un
jilguero y dos niños. Los domingos iríamos a misa de doce
con nuestros preciosos hijos; porque serían guapos, sí,
no podía ser de otra manera: el niño peinado con raya al
lado, y con un gracioso trajecito sastre y corbata; y la niña con
sus largos tirabuzones sobre un vestido rosa y blanco.
Intentabas hacerme comprender que mi lugar estaba allí, que era
aún muy joven y no tardaría en volver junto a tu figura
paternal y protectora. Sentada, en la mecedora de nogal de tu madre, enrollaba
y desenrollaba el paño de algodón beige que recubría
el posabrazos, escuchando tus palabras lentas, pesadas, como en un eco
lejano. Estaba decidido: me iría a ganar algo de dinero para nuestra
futura vida en común. La lógica de mi decisión era
aplastante. Sólo tú te oponías, aunque sin energía,
porque pensabas con total certeza que no sobreviviría en la ciudad.
Para empezar, como no sabía conducir fuiste tú el que me
llevó a Barcelona. ¡Lo ves, ¿cómo te
las vas a arreglar tú sola por estas avenidas semieternas?!,
me decías con tu mirada de ojos vivos, sujetando mi barbilla con
la enorme palma de tu mano. Viéndote así, allí sentado,
con tus brazos musculosos y tersos al volante me inspiraste tanta seguridad
que pensé renunciar a aquel trabajo.
En aquellos días de abril y mayo cuando los almendros florecen
y el aire huele a jara y a rosales silvestres, comencé mi vida
en Barcelona. Te escribí todas las semanas contándote mis
avances en la empresa, mis nuevas amistades, mis clases nocturnas. Venías
a verme cada dos meses. Me renovaron el contrato por otros dos años.
Las cartas se espaciaron, las llamadas telefónicas eran más
rápidas y menos comprometidas, hasta que llegó el silencio.
Me dijeron que me buscaste como un loco por toda Barcelona, que me maldijiste
y me odiaste. Me dijeron que fue la única vez que gritaste golpeando
fuertemente un vaso lleno de vino contra la pared.
Han pasado diez años, lentos como diez siglos. Sigo avanzando por
la cuesta empedrada hasta llegar a tu casa: la puerta desencajada está
apoyada sobre la pared. Dentro, en el pasillo, una sensación de
frescor antiguo asciende por mis pies y me recorre todo el cuerpo devolviéndome
el aliento. Subo con cuidado por las escaleras de madera desgastadas por
la carcoma. Dos ramas de hiedra entran por una ventana rota, trepando
por el techo de tu habitación; de las paredes cuelgan trozos de
papel pintado que han cedido a la humedad. Todo ha desaparecido: tus cuadros,
los trofeos, las fotos... Parte del techo está derruido, huele
a mugre y a madera rancia. Imagino mi vida en esta casa: me veo en la
mecedora, sentada al calor de la lumbre, calentándome las manos
y esperando paciente tu llegada. Habríamos tenido una vida limpia,
ordenada, sin dudas, sin reproches; un amor de costumbre, manso como agua
cristalina de regato, con el único sobresalto de los gritos infantiles
de nuestros hijos. Pasarían los días, los meses y los años
en este pueblo de viñedos y frutales, donde me iría muriendo,
con pausa, sin dolor, soñando otras vidas. Todas las noches al
acostarnos me darías un beso pulcro y respetuoso en la frente;
después me taparías con la sábana azul de franela
y, de espaldas a mí, para no molestar mi sueño, apagarías
la luz. Qué curioso, Tomás, imaginándonos en esta
escena un frío polar me araña la espalda. Por fin he comprendido
que el pasado no se retoma: son tan sólo confusiones perdidas,
recuerdos al viento que se van y no dejan nada. De repente, con prisa,
bajo las escaleras y vuelvo sobre mis pasos hasta el Maserati.
Se oye nítido el ruido del motor por la llanura castellana. Avanzo
mientras varias nubes, delgadas y silenciosas, me acompañan. Echo
de menos la sonrisa socarrona y pueril de Javier. Escucho en el aire su
voz rítmica y profunda. Javier, con su pantalón deslucido
de pintor bohemio y malcriado, y su pincel sobre la oreja, invade ahora
todas las calles de mi memoria. Ya no existe Fermoselle, no existe nadie
ni nada... sólo el tacto suave de sus manos sobre mi piel, y su
mirada que me recorre y me sumerge en un amor tibio e incierto, que va
y viene con la misma fuerza con que las olas se arrojan suicidas contra
el acantilado.
Si acelero un poco llegaré antes de que se duerma. Todas las noches,
al acostarse, Javier se sella en mis labios y me despierta la nuca; después
retira la sábana malva de seda, y acurrucándose junto a
mí se deja dormir.


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