Leí el diario de un extraño (2003)

Yo, Dios y yo

Victoria Cuenca Guevara

A todos los que no son yo pero me ayudan a ser yo

—¡Quiero ser yo! —grité nada más verle. —No, no, no —contestó aleccionándome con el dedo índice—. A ver pequeña humana, el que muere no puede volver a sí mismo.
—¡Pues no me mates! ¡Dame más vida y devuélveme a donde estaba! —grité con desesperación.
—¿Es que no comprendes que no puedo romper las reglas?
Me di cuenta que cuanto más gritaba yo y más me enfurecía, más tranquilidad y serenidad mostraba el impasible Dios. Entonces, me vino la pregunta clave:
—Dios, ¿no rompiste las reglas con tu hijo?
—Hmm —dijo mientras se rascaba su pelo, o su luz, o lo que fuera que tenía alrededor de la cabeza—. Ahí me has pillado y, aunque te podría dar más de mil argumentos para decirte por qué con mi hijo sí lo hice, te voy a conceder la oportunidad de convencerme.
—Dios, si no vuelvo como yo, ¿para qué volver?
—¿Tanto disfrutaste con tu yo?
—Quiero ser yo porque me gusto cuando me río de las cosas con ironía. Porque cuando me diagnosticaron cáncer, aguanté como nunca pensé que sería capaz de aguantar. Porque mi cuerpo, ayudado de mi mente y de mi familia, supo aguantar dolores, que obtuvieron la recompensa de la cura. Me gusto cuando pase lo que pase no pierdo la esperanza. Me gusto cuando me sorprendo riéndome yo sola recordando un mal chiste. Me gusto porque en mis cuarenta años todavía no he perdido la inocencia. Me gusto porque hasta mis primeras canas hacen mi pelo negro todavía más atractivo. Y ya puestos a gustar ¡es que me encantan mis tres lunares al lado de la boca! Con ellos tuve muchos juegos de seducción. Y es que me gusto cuando juego a conquistar, porque mis ojos habladores siempre vencen.
Quiero ser yo porque me gusta abrazar, así, sin más. Reír en la cama y llorar en el cine. Quiero ser yo por mis espaguetis al dente siempre, y porque me salen aún más perfectos cuando invito a mis amigos a cenar.
Quiero ser yo, porque si no soy yo, no tendré los padres que tengo, que con la autoridad del corazón me llevaron a ser la persona que soy. Quiero ser yo para poder recordar las mañanas de Reyes con mis cuatro hermanos, nuestros juegos y bromas, que hasta hace bien poquito eran las mismas.
Tengo que volver porque ya no siento el olor del mar de Asturias, porque desde este cielo ya no puedo ver el de Madrid.
Quiero ser yo para poder corregir mi mal genio de las mañanas, para no olvidar mi primer beso a unos ojos azules, para acariciar la espalda de mi Andrés y besar las orejitas de juguete de mis tres hijos. Si no vuelvo como yo, ¿qué madre oirá a mis niños reír?
Y entonces me callé, sentía que las lágrimas se me quedaban atascadas y me ahogaba. Y es que en el cielo no se puede llorar. Dios vio mi angustia, se contagió de mi pena y creo que hasta sintió mi añoranza de la vida. Dejé de mirarle y oí que empezaba a hablar, con calma, como midiendo sus palabras:
—No te niego que son buenas razones, pero son ya muchos siglos de recuerdos de miles de humanos, y es que todos me decís lo mismo.
—¡Entonces, quiero ser yo para volver a encontrar a todos los que me han querido en esa vida, porque gracias a ellos yo soy yo! —grité mientras me levantaba de sopetón en la cama de un hospital.

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro