Leí el diario de un extraño (2003)

Las formas de las nubes

Nieves Díaz

Para vosotros

Al final de la vía estaba el mar, pero yo nunca lo había visto.
—¿Qué hay debajo del mar? —preguntaba yo a mis amigos que ya lo habían visto.
—De todo —decía María, la pelirroja—. El mar tiene dentro peces, ballenas, cachalotes y hasta restos de barcos que se ha tragado.
—¡Qué miedo!
—Y tiene también montañas y valles y gente muerta que se ha ahogado —añadía al ver mi cara de pánico.
Esa conversación era un tema recurrente en aquellas largas tardes de los veranos de mi infancia. Solíamos irnos todos los chicos y chicas a jugar a los alrededores del paso a nivel de vía estrecha y por eso yo sabía que al final de la vía estaba el mar.
De tanto jugar por aquel paso a nivel, llegamos a aprender los horarios de los trenes. Sabíamos que el mercancías de las diecisiete siempre llevaba retraso, y que el tren de viajeros de las dieciocho no llevaba un asiento libre los sábados por la tarde, y que los vagones de carbón iban más vacíos los lunes por la mañana, y sobre todo yo sabía que al final de la vía estaba el mar.
Yo miraba fijamente a los raíles y a las traviesas hasta que las dos cosas se perdían en la distancia y pensaba que algún día, si me ponía a andar por la vía, me encontraría con ese mar al que tanto temía, pero que me moría de ganas de ver.

—Celia —le preguntaba yo a la guardabarrera del paso—. ¿Cuánto falta para llegar al mar?
—No mucho —me decía—. Solo dos estaciones y un túnel.
Un día lo hice. Desde el paso a nivel, una mañana, cuando nadie me veía, eché a andar deprisa, deprisa, con la vista fija en las traviesas y saltando de una en otra, camino del mar. Como único equipaje había cogido una mochilita en la que había metido unas pocas monedas, un pañuelo para limpiarme la carbonilla y una tarjeta un poco arrugada en la que se veía el mar. Era azul y casi se confundía con el cielo.
Ese mar de la tarjeta no daba miedo.
—Es porque en esa foto el mar está muy tranquilo —me había dicho Celia, la guardabarrera, un día que yo le enseñé mi tarjeta del mar—. Pero a veces se pone bravío.
Caminé sin pararme, saltando de traviesa en traviesa hasta que calculé que debía estar próximo el mercancías de las nueve y me orillé, esperando a que pasara.
Los vagones iban descubiertos y estaban llenos de carbón. Seguro que iban al puerto y allí el carbón iría a parar a unos barcos grandes para otras partes del mundo.
Yo tampoco había visto nunca esos barcos tan grandes.
Seguí adelante. Estaba contenta por aquella aventura. Pasé por la primera estación. Luego pasé por la segunda.
—Las estaciones de vía estrecha están muy cerca unas de otras —me había dicho Celia en alguna ocasión.
Seguí caminando. Ahora el sol se había abierto camino entre las nubes y me entretuve mirándolas y jugué a ver figuras en ellas, como hacía con mis amigos.
—¡Veo un cocodrilo! —solía decir yo la primera cuando jugábamos a las formas de las nubes.
A veces los demás tardaban tanto en descubrir al cocodrilo que cuando alguno lo localizaba, ya el viento había comenzado a desdibujarlo.
—¡Eres una mentirosa! —me decían—. No había ningún cocodrilo.
—¡Veo uno oveja muy gorda! —me dije a mí misma mirando a una nube. Pero nadie me llamó mentirosa, a pesar de que el viento estaba ya borrando la forma de oveja de la nube.
Ya debía andar cerca del túnel.
Había un silencio que daba un poco de miedo. Sólo de vez en cuando un abejorro rompía la calma con su zumbido. Por eso pude oír a lo lejos el rugido de un tren que se acercaba. Era el tren correo que pasó muy cerca de mí, levantando a su alrededor una oleada de viento que me revolvió el pelo y la falda.
Continué trotando entre las traviesas y de pronto descubrí la boca negra del túnel. Me paré en seco allí de pie, junto a la vía, para tratar de tomar fuerzas antes de adentrarme en aquel enorme agujero negro. Volví a mirar al cielo. Ya no estaba la nube con forma de oveja. Me entretuve contando hasta doscientos. Luego me puse a pensar en que de mayor me gustaría ser guardabarreras. Lo tenía decidido. Había aprendido tanto de Celia y de Antón.
Antón era el guarda de noche. Me quería mucho. Él fue el que me enseñó a poner una chapa de cerveza sobre los raíles, antes de que pasara el tren. Luego la recogíamos, convertida en una lámina finísima de color dorado y a veces estaba tan caliente que nos quemaba en la mano.
Antón venía al paso al anochecer y se quedaba toda la noche en la garita, cuidando el paso hasta el amanecer, cuando Celia le sustituía. Pobre Antón, tan solo en esa garita durante toda la noche. Muchas veces, en mi cama, me acordaba de Antón, solo en su paso a nivel, y le imaginaba balanceando en su brazo un farol herrumbroso con cristales de colores, para dejar pasar a los trenes.
Había llegado el momento de atravesar el túnel. El silencio era total. No se oía nada. Ni siquiera el zumbido de los abejorros.
¿O sí?
Un ruido lejano empezó a crecer a mis espaldas. Miré hacia atrás y vi una polvareda amarilla que ensuciaba el paisaje por el camino de tierra que iba paralelo a la vía. Cuando la polvareda y el ruido llegaron hasta mí vi que era un coche.
El coche se detuvo y salieron de él tres hombres. Uno de ellos era Antón, mi Antón, el guarda de noche. Rompí a llorar de alegría cuando le vi correr hacia mí. Él me ayudaría a cruzar el túnel. Con él no tendría miedo. Jadeaba cuando me abrazó tan fuerte que me hizo daño.
Los otros hombres eran guardias civiles y no sé qué me gritaban, pero sé que entre todos me llevaron hacia el coche y que yo me resistía dando voces y pataleando.
—¡Quiero ver el mar, Antón! ¡Llévame a verlo! ¡Está ahí, al otro lado del túnel! ¡Antón, por favor, no quiero volver sin verlo!
Cuando entre todos consiguieron meterme en el coche, uno de los guardias dijo muy serio:
—Vamos a informar al puesto de que hemos encontrado a la niña sana y salva.
Antón me abrazaba y lloraba. Todavía tenía los ojos rojos cuando llegábamos a mi casa. Yo no pude ver el mar, ni los barcos grandes que transportaban el carbón.
Cuando al verano siguiente volví al paso a buscar a Celia y a Antón, una máquina excavadora removía la tierra y un amasijo de raíles, traviesas y cascotes era el único testigo de la existencia de mi paso a nivel.
Miré al cielo. No pude distinguir ninguna forma entre las nubes.

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