Leí el diario de un extraño (2003)

Iván

Eliana Dukelsky

Me desperté a un metro de distancia de mi cuerpo y en penumbras contemplé mi espalda bañada por la oscuridad. Era una espalda delgada y bronceada, acariciada por un voluminoso pelo rubio que brillaba con los pocos rayos de luz que se filtraban por las rendijas de las persianas. Durante unos segundos me recreé en la observación de aquella figura estilizada y me fundí en ella. Una vez dentro saboreé el gusto del placer imaginado o recordado. Para mí era lo mismo.
Al estirar el brazo comprobé que éste había dormido plácidamente en el pecho de otro cuerpo. Un estruendoso relámpago de miedo y curiosidad recorrió todo mi cuerpo. Pero reuniendo todo el valor que me fue posible, conseguí abrir poco a poco los ojos. Y descubrí un pecho bronceado y muy suave que a veces me recordaba la piel de un bebé. Un suspiro de alivio se escapó de mi boca.
Muchas mañanas me había despertado en pechos totalmente desconocidos, y las peores había amanecido sobre cuerpos terriblemente conocidos que se iban evaporando con el paso de las horas.
Esta vez simplemente era Iván. Entonces mi lengua dibujó un círculo en su minúsculo pezón y lo aprisioné levemente entre mis dientes. Un gemido de placer irrumpió en el silencio de la habitación. Acoplé mi cabeza entre su hombro y su cuello y esperé su ansiado despertar. Entonces Iván, sin abrir los ojos, acercó su boca a mi oreja y me dijo:
—Te quiero.
Mis labios buscaron lo suyos y durante un par de minutos se confundieron en un único beso lento, muy lento.
—Tenemos que darnos prisa o llegaremos tarde —le susurré al oído.
—¿Por qué no nos quedamos todo el día aquí? Por faltar un día a clase no pasa nada.
—Ojalá pudiera, pero tengo un examen a las cuatro.
Me tumbé en la cama y durante unos segundos contemplé aquellos pechos erguidos y rellenos que yo misma me había creado. Me puse lentamente el sujetador y salí de la cama. Empotrado en la pared al lado de la ventana había un espejo de grandes dimensiones que reflejaba la imagen de una chica delgada pero bien proporcionada: caderas anchas, pechos perfectos, hombros anchos y una cara angelical surcada por unos ojos maliciosos.
Me vestí muy lentamente sintiendo que durante algún tiempo podría ser una diosa y mover a mi antojo cada uno de los hilos que tejían mi realidad.
Nos despedimos con un beso fugaz en el hall de la universidad y subí corriendo hasta mi clase en la cuarta planta.
Intenté concentrarme como pude en el examen pero una y otra vez me oprimía el mismo pensamiento: el conseguir sentirme indiferente ante un posible rechazo de parte de Iván, o lo que era peor, ante una indiferencia disfrazada de cortesía. Así que para poder defenderme de ellas me propuse jugar con las mismas armas: “Simplemente fue un rollo de una noche”. Así es como debía pensar y actuar.
Por fin pude tranquilizarme y terminar satisfactoriamente el examen.
Recogí mi bolso del suelo y sintiendo que todas las miradas masculinas escrutaban mi atractiva figura salí de la clase. Ni siquiera me dio tiempo a echar un leve vistazo en derredor cuando sentí que todo aquel plan de contraataque se derrumbaba en la sonrisa de Iván sentado en los asientos del pasillo. Terriblemente ansiosa por abrazarle pero fingiendo cierta dignidad me dirigía hacia él cuando un amigo me atajó.
—¿Qué tal te salió el examen, guapa?
—Bien, ¿y a ti?
—Bien, creo, oye te debo un café y... mucho más, ¿te vienes?
—¿Mucho más?
—Sí, bueno, todo lo que tú quieras.
—Ya, bueno, mejor otro día ¿vale? Es que me está esperando un amigo —y mirando de reojo los celosos ojos de Iván le lancé una sonrisa seductora.
Manuel se alejó, e iba a cumplir presurosa mi destino cuando otro amigo salió de clase y me estrechó entre sus brazos.
—¡¡Amor!! ¡¡He aprobado el examen más difícil de toda la carrera!! Te quierooo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me salió de puta madre, vamos a celebrarlo.
—Ahora no puedo. Más tarde, ¿vale?
Aitor giró la cabeza y se encontró con la insistente mirada de Iván.
—Me pregunto qué tiene ese tío que no tenga yo. En fin. Me voy.
Y por fin logré cruzar los cuatro pasos que nos distanciaban. Nos quedamos un rato largo mirándonos a los ojos, muy juntos. Y suavemente me acercó la boca y me besó lentamente en los labios.
Aquella misma tarde me desperté en una realidad demasiado material. Y durante unos instantes mis sentidos no podían responder ante el aturdimiento de tantos estímulos sensoriales. Todo era tan asquerosamente real...
La música de aquel bar estaba a todo volumen y la gente tenía que hablar a gritos para poder comunicarse. Pero eran conversaciones tan superficiales que no entendía el sentido de aquellos ruidos ensordecedores. Además, la gente era demasiado visible. A Marta se la podía distinguir a varios metros de distancia por los surcos de maquillaje que se le concentraban en las ojeras. El pelo de casi todas las chicas estaba ondulado por el sudor que les chorreaba cada centímetro de sus caras. Además, el humo de los cigarrillos que impregnaba el ambiente me irritaba los ojos. Y la chica que bailaba a mi lado tenía un aliento a whisky y tabaco que mareaba. De pronto se acercó a mí un chico con el que había estado tonteando hacía un par de noches por puro aburrimiento. Estaba bastante aturdido por el alcohol y me cogió por la cintura intentando ejecutar algunos pasos de baile. No podía soportar la escena tan ridícula que estábamos regalando a todas aquellas miradas vigilantes y me aparté con una sonrisa en los labios. Su mirada de tristeza me oprimió el corazón. Entonces le besé. Su lengua era demasiado áspera y sabía a alcohol. Durante unos segundos conseguí escapar del asco, pero las nauseas eran incontrolables así que huí de él con la excusa de que estaba demasiado mareada por el Martini. Y me atrincheré en el servicio. Cuando me acerqué al espejo me costó creer lo que mis ojos estaban contemplando. Mi cabello estaba totalmente empapado en sudor, el maquillaje cuarteaba mi áspera piel y unos profundos surcos de pintura se habían instalado en mis ojeras. Además, mis pechos estaban caídos y, en realidad, no era tan delgada como creía o imaginaba. Así que me resigné ante esta imagen de mí misma que con el paso de los años había intentado y durante un tiempo conseguido destruir. Bueno, pensé, después de todo quizás Sergio no fuera tan feo como yo lo recordaba, y quizás debiera intentar buscarle algún tipo de belleza en este mundo de radiante fealdad.
Recompuse como pude mi máscara y salí de nuevo a la pista de baile. Sergio me esperaba con una nueva copa en la mano y por un momento su sonrisa me recordó a otra que tan sólo hacía pocas horas había dejado en el pasillo de la universidad. Me acerqué apresuradamente a él para que esa imagen no se difuminara irremediablemente como todos los gestos poéticos de este mundo, y le volví a besar. El mismo aliento, la misma lengua, el mismo sudor en los cuerpos cansados. Era imposible. Y a cada beso que depositaba en sus húmedos labios la traición, la culpa pesaban cada vez más en mi corazón. No veía la forma de acabar con aquella situación interminable. Sergio se apartó lentamente y clavó sus pupilas acuosas en mis ojos.
—Lo siento, es que... no me encuentro muy bien —respondí.
—Yo tampoco, no te preocupes.
Y se buscó una excusa para alejarse de mi presencia.
De pronto, entre los brazos y las cabezas danzantes me encontré con el rostro de Iván, que demasiado pronto se había percatado de mi existencia y había clavado sus ojos en mi rostro. Me quedé petrificada. ¿Qué hacía él aquí? Instantáneamente dirigí mi mirada hacia algún punto indefinido del espacio. Nunca había podido mirarle cuando él me miraba. Yo estaba segura de que le gustaba, pero cada vez que me miraba yo notaba sus ojos destruyendo aquel otro mundo del que yo me nutría. Intentaba luchar contra este sentimiento y volver a mi otro mundo, pero sabía que nunca lo lograría a menos que él tuviera el suficiente coraje como para intentar conocerme y hacerme entender que su corazón, sus ideas, podían ser mucho más interesantes, mucho más románticas que las mías. Pero, ¿por qué iba a tomarse semejante trabajo para enamorar a una chica que ni siquiera le miraba?
Aquella noche, tumbada en mi cama lloré por el cenicero de cristal, por la mesa de mimbre, por el flexo polvoriento que alumbraba mi cara... por la existencia material que nos advertía todo el tiempo de su presencia, de su imposibilidad de escapar hacia el mundo de las fantasías. Existencia que nos encarcelaba en el mundo de lo concreto, de lo tangible, de lo palpable, de lo audible.
Así que cerré los ojos y volví a encontrarme con Iván que me sonreía desde un mundo de bellas imágenes seleccionadas por la fantasía, desde un mundo de palabras deliciosas que se derretían en los oídos que nunca podrán escuchar. Desde el mundo previsible e improvisado de la imaginación.

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