Leí el diario de un extraño (2003)

Berlín-3

Belén Echeandía

Querido Víctor:

Tal como te prometí, mi regalo de Berlín será un diario de mi breve estancia.

Martes, 25 Febrero de 2002
Durante el vuelo, me adormecí escuchando en el walkman una cinta de hace unos años, y recordé otro viaje en avión, la misma cinta y en mi pensamiento, de alguna manera, tú. Mi padre me despertó para compartir la vista de los picos nevados de los Alpes. Quizás el fracaso con mi marido, pensé mientras admiraba el paisaje, tuvo su raíz el mismo día en que nos casamos por la Iglesia, cuando lo único que tenía claro era que no quería vestirme del tradicional blanco para la ocasión. Curiosamente mi padre debía estar pensando a su manera en el color, porque señalándome las lenguas de tierra entre las nieves, me dijo: “Mira esas manchas, tienen el mismo color que el potaje de garbanzos”.
Poco después aterrizábamos en el aeropuerto de Berlín. Desde allí, nos trasladamos al hotel Savoy.
El Savoy conserva el sabor de un hotel de los años 30. La habitación contigua a la de mis padres tenía unas grandes letras negras sobre la puerta: Greta Garbo. Es divino creer que durmió allí. Mi habitación era la 102, y desde su ventana, al lado de la mesa que elegí para escribirte, se veía, al otro lado de la calle, el rótulo del cine Delphi. Me hubiera quedado mirando el cielo berlinés, pero apenas me quedaban minutos.
En el restaurante del hotel, escenario de paredes y butacas rojas, comprendí que no hablábamos el mismo idioma. La carta venía sólo en alemán, pero gracias a nuestro particular ángel azul, Elisabeth, ¿recuerdas?, la periodista de Bremen que te presenté en Madrid, conseguimos elegir los platos, y además soportar los tres cuartos de hora que tardaron en traerlos. La tardanza en el servicio es la costumbre del lugar, nos explicó Elisabeth: cuando un berlinés se sienta a la mesa deja de pensar en el tiempo, porque tiempo igual a fuego lento. Eran ya las tres cuando nos levantamos para ir a la Gemäldegalerie.
En el trayecto pasamos ante una iglesia-recuerdo. Hay varios edificios recuerdo por todo el país, arquitecturas convertidas en ruinas por la guerra, que los alemanes dejaron tal cual como testimonio vivo y diario del horror. Más tarde Elisabeth me dijo que este sería el último viaje de preguerra y que teníamos que disfrutarlo muchísimo.
Ya en la pinacoteca de maestros antiguos, mi amiga Loli y yo lo pasamos genial en el maratón de salas, borrachas de Durero, Cranach, Petrus Christus... y muchos más. A la salida, repasando en el folleto los cuadros más importantes, le comenté que se nos había escapado el Vermeer que representa a una mujer bebiendo vino con un joven, tal vez el principio de un idilio. Loli me contestó incombustible: “Seguro que no estaba, se lo habrán llevado a la exposición de Madrid”.
De vuelta al hotel, la ventana de la 102 y el neón del cine Delphi me devuelven tu ausencia, antes de salir a cenar al Winterharten Café, en la casa de la literatura.
Muchas historias deben haber pasado entre las paredes amarillas del Winterharten. Mientras mi padre tomaba vino blanco mano a mano con un amigo, la gente charlaba, comía y bebía en las apretadas mesitas negras sin que se notara.
El ambiente era relajado, pero al mirar los ojos azules del joven y fuerte camarero rubio, la cruz gamada se me echó encima. Debe ser difícil cargar con un pasado nazi, pensé, y también que si estallara la tercera guerra mundial, yo no tendría elección: me quedaría junto a mis hijos y su padre. Suerte que en ese momento mi madre, superada por mi padre y su amigo, comentó: “No hay quién pueda con ellos”, sacándome con una sonrisa de las sombras.

Ya en la 102, doce de la noche:
Tendida en la cama de cortinajes rosas, adiviné a través de la ventana el letrero de la película en cartel: Chicago. Tal vez ya la viste con ella.

Miércoles, 26 Febrero de 2002
Me desperté con un sentimiento de pérdida, pero el sol brillaba en un cielo azul irreal para Berlín en estas fechas. ¡Que la ganancia y la pérdida, lo verdadero y lo falso, desaparezcan de una vez por todas!
Luego, a lo largo de la mañana, pasamos por los restos del muro de Berlín y sus alrededores, reinventados con edificios de cristal que proyectan el futuro sobre las cenizas del pasado. Apenas había gente por esas calles; sólo un perro, el aire, y tu sombra.
Tal vez admiraremos juntos las maravillas que vimos después: el mármol orgulloso del Altar de Pérgamo, la proporción perfecta del edificio de Van der Rohe, y la cúpula de Foster.
Pero sobre todo, en la Altegalerie, nos quedaremos sin palabras ante el cuadro de Böcklin La Isla de los muertos. Que al morir se cumpla lo pintado, y Caronte me lleve en su barca por la laguna Estigia, de blanco, a descansar entre las ruinas y los cipreses que se elevan hacia la luz...
Se hizo de noche en mi habitación, después de la cena que Nacho convirtió en una fiesta de chistes para morirse de risa. Mi madre se había quedado sin voz; es tan raro el silencio de una madre.
El neón seguía encendido. Sólo dos personas saben nuestro secreto.

Jueves, 27 Febrero de 2002
Último día en Berlín. Creer que algún día despertaremos juntos. Cuando me dijiste: “Tenemos que vernos de día”, no entendí el significado oculto de tus palabras.
Al dejar la 102 miré por última vez el neón apagado del Delphi.
La mañana soleada nos llevó a la naturaleza: Paseo a pie por los jardines aún nevados del palacio barroco de Charlottenburg. El paisaje de árboles desnudos y el río estaban envueltos en una bruma que traspasó su melancolía a los viudos del grupo. Era la certeza de haber perdido a aquellos que tanto amaron. Luego visitamos el pequeño museo de pintura expresionista y comimos en el chalet suizo, rodeados por un bosque digno de tu adorado pintor romántico, Friedrich.
Volvimos al Savoy para recoger las maletas antes de salir para el aeropuerto. Mientras tomaba un café y leía los mensajes de mi ex-marido sobre nuestros hijos y el abogado, sonó el móvil, un teléfono oculto, no se oía nada.
No sé si el barquero te habrá contado que cuando llegué a casa, después de dar un beso a los niños dormidos, volvió a sonar el móvil. Tu amigo John había tenido la valentía de llamar para decirme sólo tres palabras: “Víctor ha muerto”.
Ni siquiera estuve a tu lado en el último viaje.

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