Leí el diario de un extraño (2003)

Como cada tarde

Ana Fabregat

A mi cuaderno verde

Como cada tarde, entré en aquel oscuro portal y subí las escaleras esperando encontrar la puerta cerrada. Llegué hasta el tercer piso y la encontré a medio cerrar. La empujé despacio mientras inventaba alguna excusa para no quedarme allí. Sabía que al final no la esgrimiría, pero me sentía mucho mejor buscando absurdas razones para irme que preguntándome los motivos para permanecer en aquel lugar.
Cerré la puerta y atravesé despacio el largo pasillo que conducía hasta la salita. Una vez allí comencé el ritual de todas las tardes. Fui desnudándome poco a poco hasta no llevar encima más que mis pendientes y una pulsera de bolitas de la que no me gustaba separarme. Me acomodé sobre el sillón verde que estaba junto a la ventana y fingí encontrarme tranquila para hacer más respirable el tenso ambiente de la habitación.
Él se colocó junto a mí, se arrodilló a mi lado y me saludó rozándome los labios en un gesto que, aunque mil veces repetido, provocaba el revoloteo de cientos de mariposas en mi estómago.
Nunca he sido capaz de controlar esas reacciones que me provoca su presencia, su roce, una mirada. Pero intenté evitar que se exteriorizaran para no parecer más vulnerable de lo que ya me sentía.
Cogió sus pinceles, agarró su paleta y volvió a colocarse frente al lienzo virgen que habrían de esbozar sus musas. Para ser sinceros, yo dudaba mucho que esas “musas” de las que me hablaba fueran a aparecer algún día, y a esas alturas de nuestra relación, la verdad es que casi me daba igual.
La luz lo inundaba todo en aquella salita; era una luz que llenaba los rincones y que se metía en el alma a bocanadas haciéndote sentir un poco su magia.
Nos conocimos un verano junto al mar. Algún amigo común nos presentó en una de esas fiestas de playa en la que acabas preguntándote si serás capaz de caminar hasta tu casa, o si el alcohol te impedirá dar un paso y tendrás que plantearte dormitar sobre la arena. No recuerdo cómo terminó aquella fiesta, ni cómo culminó la noche, pero sé que entre los dos se fue creando un vínculo especial a base de paseos y palabras que nos convirtieron en grandes amigos.
Luis siempre quiso escribir. Durante años me habló de sus planes de futuro cuando se convirtiera en un consagrado escritor, de viajes inventados, sueños por esbozar y musas, siempre musas. Decía que con ellas podía sentirse la persona más importante o la más desdichada pero que sin ellas se sentía gris y que ése era un color que no le gustaba. Cuando hablaba de sus sueños por descubrir, su mirada brillaba de un modo especial: era como si su alma entera saliera a la luz en forma de sonrisa. Yo me enamoré de aquella luz y de sus sueños porque eran más reales que la vida.
Nunca hubo secretos entre los dos, nunca miedos, siempre calidez... una isla no compartible en la que buceábamos jugando con palabras.
Un día se cruzó en su camino alguien que le cambió el brillo de la mirada para siempre. Yo me limité a observar y a respetar, alejándome de su lado lo suficiente como para no molestar, pero con la distancia justa de poder darle tenderle la mano si la necesitaba.
Ella era una mujer muy bella. Conquistó su mirada y su corazón y quiso ser la tinta de su pluma, la protagonista absoluta de sus letras y la música de sus canciones, sin contar con que, para dibujar en un cuaderno el alma de algo o de alguien, hay que amarlo. Y Luis se convirtió en poco tiempo en un loco de amor mientras ella jugaba a ser la reina de la nada, la belleza inalcanzable que manejaba a su antojo los hilos de un torpe corazón al que no amaba.
Entre la desidia y la sinrazón de besos no compartidos, las palabras fueron perdiendo sentido y dejaron de fluir sobre el papel como lo hacían antes, mientras se desdibujaba una sonrisa que tornaba todo su mundo gris.
Aún hoy, después de tanto tiempo, no me explico qué pócima marchitó sus besos e hizo que cada día se alejara más de lo que había sido.
Una noche, a las tres de la mañana, sonó el teléfono y me levanté sobresaltada; era Luis. Me contó entre sollozos que ella se había ido para siempre y que se sentía mal, así que agarré lo primero que encontré por mi habitación y me fui a verle. Nunca un abrazo contuvo tanto amor como aquella madrugada de silencios compartidos y lágrimas. Me limité a estar allí, sin decir nada, abrazando lo que quedaba de un sueño roto, ofreciendo mi hombro para sus sollozos.
Por la mañana preparé café y dejé que la luz inundara la habitación para que barriera la tristeza y la melancolía acumuladas.
Luis se acercó a mí y, sujetando mi cabeza entre sus manos, me besó despacio convirtiéndome en un volcán de sentimientos.
Supe, sin necesidad de hablar, cada palabra que encerraba su beso. Conocí del calor de sus labios el significado de la palabra “gracias” y de la palabra “amigos” y de muchas otras que se aferraron a nosotros para siempre.
Después me pidió que posara para él, guardó sus cuadernos y sus plumas y sacó un viejo caballete con un lienzo en blanco que, aún hoy, espera paciente el color de una mirada sobre el esbozo que él trazó de una sonrisa. Me habló de pintar sin palabras la magia del silencio que yo le había dado y comenzó a desnudarme vistiéndome de besos y ternura.
Vuelvo cada tarde para que encuentre los colores perdidos, con la secreta esperanza de verle abrir el cajón de papeles y volver a sus plumas, y para recordarle que nunca estuvo solo y borrar de su paleta el color gris que aún se esconde en su mirada... Quién sabe si lo conseguiremos juntos.

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