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A
mi cuaderno verde
Como cada tarde,
entré en aquel oscuro portal y subí las escaleras esperando
encontrar la puerta cerrada. Llegué hasta el tercer piso y la encontré
a medio cerrar. La empujé despacio mientras inventaba alguna excusa
para no quedarme allí. Sabía que al final no la esgrimiría,
pero me sentía mucho mejor buscando absurdas razones para irme
que preguntándome los motivos para permanecer en aquel lugar.
Cerré la puerta y atravesé despacio el largo pasillo que
conducía hasta la salita. Una vez allí comencé el
ritual de todas las tardes. Fui desnudándome poco a poco hasta
no llevar encima más que mis pendientes y una pulsera de bolitas
de la que no me gustaba separarme. Me acomodé sobre el sillón
verde que estaba junto a la ventana y fingí encontrarme tranquila
para hacer más respirable el tenso ambiente de la habitación.
Él se colocó junto a mí, se arrodilló a mi
lado y me saludó rozándome los labios en un gesto que, aunque
mil veces repetido, provocaba el revoloteo de cientos de mariposas en
mi estómago.
Nunca he sido capaz de controlar esas reacciones que me provoca su presencia,
su roce, una mirada. Pero intenté evitar que se exteriorizaran
para no parecer más vulnerable de lo que ya me sentía.
Cogió sus pinceles, agarró su paleta y volvió a colocarse
frente al lienzo virgen que habrían de esbozar sus musas. Para
ser sinceros, yo dudaba mucho que esas musas de las que me
hablaba fueran a aparecer algún día, y a esas alturas de
nuestra relación, la verdad es que casi me daba igual.
La luz lo inundaba todo en aquella salita; era una luz que llenaba los
rincones y que se metía en el alma a bocanadas haciéndote
sentir un poco su magia.
Nos conocimos un verano junto al mar. Algún amigo común
nos presentó en una de esas fiestas de playa en la que acabas preguntándote
si serás capaz de caminar hasta tu casa, o si el alcohol te impedirá
dar un paso y tendrás que plantearte dormitar sobre la arena. No
recuerdo cómo terminó aquella fiesta, ni cómo culminó
la noche, pero sé que entre los dos se fue creando un vínculo
especial a base de paseos y palabras que nos convirtieron en grandes amigos.
Luis siempre quiso escribir. Durante años me habló de sus
planes de futuro cuando se convirtiera en un consagrado escritor, de viajes
inventados, sueños por esbozar y musas, siempre musas. Decía
que con ellas podía sentirse la persona más importante o
la más desdichada pero que sin ellas se sentía gris y que
ése era un color que no le gustaba. Cuando hablaba de sus sueños
por descubrir, su mirada brillaba de un modo especial: era como si su
alma entera saliera a la luz en forma de sonrisa. Yo me enamoré
de aquella luz y de sus sueños porque eran más reales que
la vida.
Nunca hubo secretos entre los dos, nunca miedos, siempre calidez... una
isla no compartible en la que buceábamos jugando con palabras.
Un día se cruzó en su camino alguien que le cambió
el brillo de la mirada para siempre. Yo me limité a observar y
a respetar, alejándome de su lado lo suficiente como para no molestar,
pero con la distancia justa de poder darle tenderle la mano si la necesitaba.
Ella era una mujer muy bella. Conquistó su mirada y su corazón
y quiso ser la tinta de su pluma, la protagonista absoluta de sus letras
y la música de sus canciones, sin contar con que, para dibujar
en un cuaderno el alma de algo o de alguien, hay que amarlo. Y Luis se
convirtió en poco tiempo en un loco de amor mientras ella jugaba
a ser la reina de la nada, la belleza inalcanzable que manejaba a su antojo
los hilos de un torpe corazón al que no amaba.
Entre la desidia y la sinrazón de besos no compartidos, las palabras
fueron perdiendo sentido y dejaron de fluir sobre el papel como lo hacían
antes, mientras se desdibujaba una sonrisa que tornaba todo su mundo gris.
Aún hoy, después de tanto tiempo, no me explico qué
pócima marchitó sus besos e hizo que cada día se
alejara más de lo que había sido.
Una noche, a las tres de la mañana, sonó el teléfono
y me levanté sobresaltada; era Luis. Me contó entre sollozos
que ella se había ido para siempre y que se sentía mal,
así que agarré lo primero que encontré por mi habitación
y me fui a verle. Nunca un abrazo contuvo tanto amor como aquella madrugada
de silencios compartidos y lágrimas. Me limité a estar allí,
sin decir nada, abrazando lo que quedaba de un sueño roto, ofreciendo
mi hombro para sus sollozos.
Por la mañana preparé café y dejé que la luz
inundara la habitación para que barriera la tristeza y la melancolía
acumuladas.
Luis se acercó a mí y, sujetando mi cabeza entre sus manos,
me besó despacio convirtiéndome en un volcán de sentimientos.
Supe, sin necesidad de hablar, cada palabra que encerraba su beso. Conocí
del calor de sus labios el significado de la palabra gracias
y de la palabra amigos y de muchas otras que se aferraron
a nosotros para siempre.
Después me pidió que posara para él, guardó
sus cuadernos y sus plumas y sacó un viejo caballete con un lienzo
en blanco que, aún hoy, espera paciente el color de una mirada
sobre el esbozo que él trazó de una sonrisa. Me habló
de pintar sin palabras la magia del silencio que yo le había dado
y comenzó a desnudarme vistiéndome de besos y ternura.
Vuelvo cada tarde para que encuentre los colores perdidos, con la secreta
esperanza de verle abrir el cajón de papeles y volver a sus plumas,
y para recordarle que nunca estuvo solo y borrar de su paleta el color
gris que aún se esconde en su mirada... Quién sabe si lo
conseguiremos juntos.


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