Leí el diario de un extraño (2003)

Sei, un hada

Esperanza Fabregat

Para Carlos, por ser como es y quererme como soy

Aún recuerdo cuando la conocí. Era invierno y nevaba como nunca. Es raro ver Madrid nevado, pero aquel día tenía la sensación de estar paseando por un país de Centroeuropa. No serían las ocho aún y me dirigía al trabajo. Un día más, aunque con la novedad del paisaje blanco.
En las escaleras del metro vi a una chica sentada en el suelo, llorando. Este tipo de visión no suele conmoverme, la miseria humana es el paisaje habitual del metro en invierno. Todos los indigentes de Madrid se refugian del frío y la lluvia en los sucios pasillos subterráneos. A veces incluso, somos tan generosos, que las estaciones de metro se quedan abiertas toda la noche para que se resguarden.
Pero aquella chica era distinta, había algo en sus ojos. Me acerqué.
—¿Estás bien?
—No, ¿acaso no lo ves? —era evidente, en eso llevaba razón.
—¿Necesitas algo, comida, dinero...? —la falsa generosidad nos hace sentir bien. Damos un bocadillo a un pobre hombre y luego nos vamos a gastar dinero con otro espíritu.
—Necesito a mi dueño.
Aquello me dejó helada. Cómo podía una chica tan joven, y por cierto tan bonita, tener un dueño, necesitar un dueño.
—Déjalo, no lo entenderías nunca —sus ojos ahora estaban secos pero la tristeza que reflejaban, dolía.
Seguí andando hacia mis escaleras, como cada mañana. Tres peldaños después di la vuelta.
—Vamos a tomar un café. Necesito despertarme y no me gusta tomar café sola.
Se levantó y me siguió, pero no abrió la boca. Saqué el teléfono móvil y llamé a la oficina. “Dichosa gripe de la niña, que no puede ir al colegio y no encuentro canguro. Sí, claro, mañana estará solucionado, gracias”. No suelo hacerlo y ellos no pusieron problemas. Nadie es imprescindible.
Dos cafés y dos donuts después la tristeza seguía embargando su mirada y ella permanecía muda. Eso no suele ser un problema porque yo hablo por tres, pero es incómodo contarle a alguien tu vida y que ni siquiera parpadee. Los niños, el trabajo... hasta el cine y la música habían llenado aquellas dos horas. Pero no conseguí arrancarle una palabra.
Salimos del bar. Seguía nevando y noté por primera vez que ella iba casi desnuda.
—Anda, vamos a casa.
Se recostó en el sofá y se quedó dormida. Tenía un sueño intranquilo. Pero durmió cerca de tres horas.
—Hola —despertó de golpe, como se había dormido.
—Hola.
—De veras te agradezco todo esto, pero no puedes hacer nada por ayudarme. Solo ÉL puede —enfatizó el pronombre como si yo supiese de quién hablaba.
Creía que se iba a quedar muda de nuevo, pero empezó a hablar.
—Me llamo Sei y soy un hada. Supongo que te sonará a locura. Nací entre los pliegues de su almohada y he estado allí durante años. Siempre pegada a él, siempre entre sus ropas, en sus bolsillos, oliendo su perfume. Conocí a su primera novia, lloré con él sus fracasos y disfruté de sus logros. Él nunca me vio, nunca lo supo, pero yo era su hada.
A estas alturas de la conversación yo ya no entendía nada. Las hadas que yo conocía tenían alitas transparentes y aparecían en las ilustraciones de los cuentos que cada día contaba a mis hijos. Supuse que estaba loca y, por primera vez, temí haberme equivocado al subir a una desconocida a mi casa.
—Cada hombre, cada mujer, cada niño, tiene un hada al nacer. Su hada va con él a todas partes y muere el día que él muere. Tu hada, por ejemplo, se llama Trun y me dice que eres buena persona.
Decidí seguirle la corriente mientras pensaba en una forma de sacarla de mi casa y de mi vida.
—Mi dueño se llama Héctor. Es un hombre maravilloso, pero la vida le ha tratado mal. Ha perdido la capacidad de creer en hadas. Se ha vuelto gris. A veces pasa. Un día te despiertas y ya no estas en su almohada, ni en su casa. Ha renegado de ti. Entonces te envían de vuelta al reino de las hadas y renaces en otra cuna. Pero yo no he vuelto. He despertado en su almohada, sola, vacía.
No soy muy dada a creerme las fantasías de la gente pero, por alguna razón que aún hoy no acierto a entender, cuando terminó su historia yo estaba llorando y me había hecho el firme propósito de encontrar a su Héctor y devolverla a casa.
—Dime una cosa, ese Héctor... ¿es de aquí, de Madrid?
—Sí —al menos no era imposible, había que intentarlo.
No me preguntéis por qué, pero salí a la calle, con la dulce Sei cogida de la mano y directa al edificio de oficinas de la calle Hermosilla número 23.
“Héctor Cifuentes, abogado”. Era un letrero pequeño. Una chapa dorada con letras negras. Nada ostentoso, pero suficiente para saber que estaba en el lugar adecuado. Llamé a la puerta.
—Pase.
Entré. La oficina era más bien pequeña y muy destartalada. Las carpetas se amontonaban por la mesa y el pequeño sofá. Detrás de un montón de papeles apareció una cara demacrada y sin afeitar.
—Héctor Cifuentes, ¿en qué puedo ayudarla?
Dios mío, eso no lo había preparado. No podía decirle “Mira, traigo a tu hada, que la olvidaste esta mañana”. Sei se pegaba a mí y notaba como su cuerpecillo, enfundado ahora en mi abrigo azul, temblaba.
—Pues... —la cabeza me estallaba y me sudaban las manos— son mis vecinos. Eso es, mis vecinos. Me tienen harta porque no me dejan dormir con la música y quiero saber si puedo demandarlos.
Siempre he estado orgullosa de mi capacidad de reacción, pero esta vez me había superado.
—Veamos. Pero siéntese, disculpe, he dormido fatal y el cansancio me hace olvidar mis buenos modales.
Solo puso una silla. Y además hablaba en singular. O estaba demasiado cansado o no veía a Sei.
Inventé historias de vecinos molestos durante un rato. Se acercaba la hora de comer y él sugirió salir a un restaurante cercano. Sé que suena raro, pero nada de esta historia sonaba muy cuerdo. Acepté.
De los vecinos saltamos a otras cosas. Él preguntó por mi anillo. “Es mi pasado”, le dije. “Sigo llevando el anillo para recordar que hay un pasado”. No quise dar más detalles ni él intentó que lo hiciera. También Héctor tenía un pasado y la marca de un anillo. Pero él lo había tirado al mar en un deseo de olvidarlo todo.
Pagó la cuenta y salí corriendo a buscar a mis hijos. Sei podía colarse en mi vida pero no me haría decepcionar a los niños. Y nada más decepcionante que esperar en la puerta de un colegio a que tu madre aparezca si ella se ha olvidado de ti. Me había prometido no hacerles pasar por eso más veces.
En el colegio noté que Sei ya no lloraba, ni tenía los ojos tristes. De hecho, sus ojos tenían el azul del mar de invierno. Ese azul profundo y oscuro. No dije nada. Besé a los niños. Tampoco ellos veían a Sei. Ella sonrió. ¡Nadie podía verla!
No fue una noche tranquila. Casi me daba miedo apoyar la cabeza en la almohada y dañar a... ¿cómo dijo que se llamaba? ¿Trun, Tur...?
Amaneció. Sei seguía a mi lado. Nos fuimos a la oficina. Ahora entendía las caras de sorpresa del camarero que me había visto pedir dos cafés y dos donuts. Y las miradas en el metro, cuando hablaba en la escalera con ella. Por eso fuimos sin abrir la boca todo el camino. Afortunadamente había mucho trabajo y no tuve tiempo de pensar.
A las tres salí de la oficina. Fui directa al despacho de Héctor y salimos a comer. Sei brillaba tanto que me hacía daño a los ojos, pero nadie parecía notarlo.
Se sucedieron los días de comidas en el restaurante y carreras hacia el colegio. Había perdido el norte. Ya no era Sei sino Héctor quien me importaba.
Llegó un viernes. Era marzo y Madrid florecía. Héctor trajo unos folletos de un hostal en Cantabria. Los niños estaban de fin de semana con los abuelos. Me temblaban las manos como cuando tenía dieciséis años y había sujetado los folletos de un camping. El corazón se me aceleró. Cerré los ojos y le besé. Hacía tiempo que no besaba a un hombre y me sentí torpe.
Cuando abrí los ojos Sei había desaparecido. Busqué a mi alrededor y no la vi. Se me ahogó su nombre en la garganta.
El sábado por la mañana Héctor vino a buscarme. Emprendimos el viaje por la carretera de Burgos. Los dos íbamos en silencio. De pronto, al pasar por un pueblecillo vi un cartel “Pikolín, símbolo del descanso”. Hice que Héctor parara el coche. Bajé, entré en la tienda y salí con dos almohadas de plumas.
Han pasado doce años y Héctor sigue sin comprender mi manía de viajar con la almohada a todas partes. Tampoco los chicos, que ahora son ya grandes, lo entienden bien. Pero admiten que todo el mundo puede tener rarezas.

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