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Para
Carlos, por ser como es y quererme como soy
Aún recuerdo
cuando la conocí. Era invierno y nevaba como nunca. Es raro ver
Madrid nevado, pero aquel día tenía la sensación
de estar paseando por un país de Centroeuropa. No serían
las ocho aún y me dirigía al trabajo. Un día más,
aunque con la novedad del paisaje blanco.
En las escaleras del metro vi a una chica sentada en el suelo, llorando.
Este tipo de visión no suele conmoverme, la miseria humana es el
paisaje habitual del metro en invierno. Todos los indigentes de Madrid
se refugian del frío y la lluvia en los sucios pasillos subterráneos.
A veces incluso, somos tan generosos, que las estaciones de metro se quedan
abiertas toda la noche para que se resguarden.
Pero aquella chica era distinta, había algo en sus ojos. Me acerqué.
¿Estás bien?
No, ¿acaso no lo ves? era evidente, en eso llevaba
razón.
¿Necesitas algo, comida, dinero...? la falsa generosidad
nos hace sentir bien. Damos un bocadillo a un pobre hombre y luego nos
vamos a gastar dinero con otro espíritu.
Necesito a mi dueño.
Aquello me dejó helada. Cómo podía una chica tan
joven, y por cierto tan bonita, tener un dueño, necesitar un dueño.
Déjalo, no lo entenderías nunca sus ojos ahora
estaban secos pero la tristeza que reflejaban, dolía.
Seguí andando hacia mis escaleras, como cada mañana. Tres
peldaños después di la vuelta.
Vamos a tomar un café. Necesito despertarme y no me gusta
tomar café sola.
Se levantó y me siguió, pero no abrió la boca. Saqué
el teléfono móvil y llamé a la oficina. Dichosa
gripe de la niña, que no puede ir al colegio y no encuentro canguro.
Sí, claro, mañana estará solucionado, gracias.
No suelo hacerlo y ellos no pusieron problemas. Nadie es imprescindible.
Dos cafés y dos donuts después la tristeza seguía
embargando su mirada y ella permanecía muda. Eso no suele ser un
problema porque yo hablo por tres, pero es incómodo contarle a
alguien tu vida y que ni siquiera parpadee. Los niños, el trabajo...
hasta el cine y la música habían llenado aquellas dos horas.
Pero no conseguí arrancarle una palabra.
Salimos del bar. Seguía nevando y noté por primera vez que
ella iba casi desnuda.
Anda, vamos a casa.
Se recostó en el sofá y se quedó dormida. Tenía
un sueño intranquilo. Pero durmió cerca de tres horas.
Hola despertó de golpe, como se había dormido.
Hola.
De veras te agradezco todo esto, pero no puedes hacer nada por ayudarme.
Solo ÉL puede enfatizó el pronombre como si yo supiese
de quién hablaba.
Creía que se iba a quedar muda de nuevo, pero empezó a hablar.
Me llamo Sei y soy un hada. Supongo que te sonará a locura.
Nací entre los pliegues de su almohada y he estado allí
durante años. Siempre pegada a él, siempre entre sus ropas,
en sus bolsillos, oliendo su perfume. Conocí a su primera novia,
lloré con él sus fracasos y disfruté de sus logros.
Él nunca me vio, nunca lo supo, pero yo era su hada.
A estas alturas de la conversación yo ya no entendía nada.
Las hadas que yo conocía tenían alitas transparentes y aparecían
en las ilustraciones de los cuentos que cada día contaba a mis
hijos. Supuse que estaba loca y, por primera vez, temí haberme
equivocado al subir a una desconocida a mi casa.
Cada hombre, cada mujer, cada niño, tiene un hada al nacer.
Su hada va con él a todas partes y muere el día que él
muere. Tu hada, por ejemplo, se llama Trun y me dice que eres buena persona.
Decidí seguirle la corriente mientras pensaba en una forma de sacarla
de mi casa y de mi vida.
Mi dueño se llama Héctor. Es un hombre maravilloso,
pero la vida le ha tratado mal. Ha perdido la capacidad de creer en hadas.
Se ha vuelto gris. A veces pasa. Un día te despiertas y ya no estas
en su almohada, ni en su casa. Ha renegado de ti. Entonces te envían
de vuelta al reino de las hadas y renaces en otra cuna. Pero yo no he
vuelto. He despertado en su almohada, sola, vacía.
No soy muy dada a creerme las fantasías de la gente pero, por alguna
razón que aún hoy no acierto a entender, cuando terminó
su historia yo estaba llorando y me había hecho el firme propósito
de encontrar a su Héctor y devolverla a casa.
Dime una cosa, ese Héctor... ¿es de aquí, de
Madrid?
Sí al menos no era imposible, había que intentarlo.
No me preguntéis por qué, pero salí a la calle, con
la dulce Sei cogida de la mano y directa al edificio de oficinas de la
calle Hermosilla número 23.
Héctor Cifuentes, abogado. Era un letrero pequeño.
Una chapa dorada con letras negras. Nada ostentoso, pero suficiente para
saber que estaba en el lugar adecuado. Llamé a la puerta.
Pase.
Entré. La oficina era más bien pequeña y muy destartalada.
Las carpetas se amontonaban por la mesa y el pequeño sofá.
Detrás de un montón de papeles apareció una cara
demacrada y sin afeitar.
Héctor Cifuentes, ¿en qué puedo ayudarla?
Dios mío, eso no lo había preparado. No podía decirle
Mira, traigo a tu hada, que la olvidaste esta mañana.
Sei se pegaba a mí y notaba como su cuerpecillo, enfundado ahora
en mi abrigo azul, temblaba.
Pues... la cabeza me estallaba y me sudaban las manos
son mis vecinos. Eso es, mis vecinos. Me tienen harta porque no me dejan
dormir con la música y quiero saber si puedo demandarlos.
Siempre he estado orgullosa de mi capacidad de reacción, pero esta
vez me había superado.
Veamos. Pero siéntese, disculpe, he dormido fatal y el cansancio
me hace olvidar mis buenos modales.
Solo puso una silla. Y además hablaba en singular. O estaba demasiado
cansado o no veía a Sei.
Inventé historias de vecinos molestos durante un rato. Se acercaba
la hora de comer y él sugirió salir a un restaurante cercano.
Sé que suena raro, pero nada de esta historia sonaba muy cuerdo.
Acepté.
De los vecinos saltamos a otras cosas. Él preguntó por mi
anillo. Es mi pasado, le dije. Sigo llevando el anillo
para recordar que hay un pasado. No quise dar más detalles
ni él intentó que lo hiciera. También Héctor
tenía un pasado y la marca de un anillo. Pero él lo había
tirado al mar en un deseo de olvidarlo todo.
Pagó la cuenta y salí corriendo a buscar a mis hijos. Sei
podía colarse en mi vida pero no me haría decepcionar a
los niños. Y nada más decepcionante que esperar en la puerta
de un colegio a que tu madre aparezca si ella se ha olvidado de ti. Me
había prometido no hacerles pasar por eso más veces.
En el colegio noté que Sei ya no lloraba, ni tenía los ojos
tristes. De hecho, sus ojos tenían el azul del mar de invierno.
Ese azul profundo y oscuro. No dije nada. Besé a los niños.
Tampoco ellos veían a Sei. Ella sonrió. ¡Nadie podía
verla!
No fue una noche tranquila. Casi me daba miedo apoyar la cabeza en la
almohada y dañar a... ¿cómo dijo que se llamaba?
¿Trun, Tur...?
Amaneció. Sei seguía a mi lado. Nos fuimos a la oficina.
Ahora entendía las caras de sorpresa del camarero que me había
visto pedir dos cafés y dos donuts. Y las miradas en el metro,
cuando hablaba en la escalera con ella. Por eso fuimos sin abrir la boca
todo el camino. Afortunadamente había mucho trabajo y no tuve tiempo
de pensar.
A las tres salí de la oficina. Fui directa al despacho de Héctor
y salimos a comer. Sei brillaba tanto que me hacía daño
a los ojos, pero nadie parecía notarlo.
Se sucedieron los días de comidas en el restaurante y carreras
hacia el colegio. Había perdido el norte. Ya no era Sei sino Héctor
quien me importaba.
Llegó un viernes. Era marzo y Madrid florecía. Héctor
trajo unos folletos de un hostal en Cantabria. Los niños estaban
de fin de semana con los abuelos. Me temblaban las manos como cuando tenía
dieciséis años y había sujetado los folletos de un
camping. El corazón se me aceleró. Cerré los ojos
y le besé. Hacía tiempo que no besaba a un hombre y me sentí
torpe.
Cuando abrí los ojos Sei había desaparecido. Busqué
a mi alrededor y no la vi. Se me ahogó su nombre en la garganta.
El sábado por la mañana Héctor vino a buscarme. Emprendimos
el viaje por la carretera de Burgos. Los dos íbamos en silencio.
De pronto, al pasar por un pueblecillo vi un cartel Pikolín,
símbolo del descanso. Hice que Héctor parara el coche.
Bajé, entré en la tienda y salí con dos almohadas
de plumas.
Han pasado doce años y Héctor sigue sin comprender mi manía
de viajar con la almohada a todas partes. Tampoco los chicos, que ahora
son ya grandes, lo entienden bien. Pero admiten que todo el mundo puede
tener rarezas.


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