Leí el diario de un extraño (2003)

El cuarto oscuro

Luisa Fernández-Marcote

En el estrecho y largo pasillo de la casa en que me tocó nacer, había una habitación ciega sin balcón, ventana o ventanuco por donde entrara claridad. Pegado al techo, un foco de luz con la bombilla rota, dormía descuidado.
Había muebles viejos, baúles, muchos paquetes de papeles atados con cuerdas, libros, varios cestos, uno de ellos con el pan duro de la semana que alguien venía a recoger, y algunas cortinas que se quitaron de otras habitaciones y sujetas todavía a sus rieles apoyados en la pared.
Desde muy pequeño, apenas aprendí a andar gateando por el pasillo, aquellos enormes rieles mal dibujados en la oscuridad, me parecían extraños seres que podrían atacarme. Mis ojos, inconscientemente, habían penetrado por la puerta entreabierta y la curiosidad y el asombro se transformaron en un sentimiento nuevo: miedo, un miedo creciente que me hacía llamar a gritos a mi madre. Durante la primera infancia conviví con ese miedo y cuando recorría el pasillo echaba a correr acelerándose todos mis ritmos al cruzar la puerta de aquel cuarto oscuro.
Mi madre, con el cuidado del otro hijo que me seguía y muchos menesteres más, no daba importancia a mis miedos. Mi padre tampoco. Ya, cuando dejé de ser un chavalillo, esos miedos fueron debilitándose a fuerza de voluntad y de razonar el hecho de que mi hermano entraba en la habitación oscura sin prejuicio alguno y acarreaba algún trasto hasta que la regañina de mi madre lo impedía.
Recuerdo todo ésto con la pena de pensar que fui un niño no convenientemente amado. Yo quería mucho a mi madre. Un día le hice entender que si me acurrucaba en sus brazos se me quitaría el miedo. No lo hizo, no me cogió en volandas tal como yo esperaba. Tampoco habló. Esta demanda se la repetí muchas veces. Está en mi memoria: Muchas veces. Yo intuía muy bien el mensaje de aquellos ojos tan amados, tan fríos: “No hay miedo: lucha”. Después, no sé, algo de la propia dignidad del ser que iba aflorando en mí y la propia reserva que crea la soledad, me hizo no pedir más la delicia de sus brazos.

Me acuerdo

Me acuerdo de aquel hombre encorvado y silencioso que estaba en tratos con una compañía para asegurarse una renta vitalicia. Era joven y llevaba a cuestas un Parkinson de los años setenta.

Me acuerdo del frío del cristal en la mejilla cuando arrimaba la cabeza y oía silbar los obuses que cruzaban en la noche.

Me acuerdo de aquel pequeño Cristo de latón que la pobre viuda arrojó sobre la tierra para acompañar al muerto.

Me acuerdo de los zapatos que puse en el balcón aquella noche de Reyes cuando la casualidad me había hecho percibir los soldaditos, el plumier y el jersey mal escondidos en el armario que había en la habitación de los trastos. Hoy ya no me causa alergia el alcanfor.

Me acuerdo de aquel hombre sentado en el viejo tranvía llevando en un saco una sarta de gatos apaleados y aún desafiantes. Yo tenía entonces nueve años, y sentado enfrente miraba al hombre de los gatos. El tranvía frenó y la miliciana cambió el trole.

Me acuerdo hace muchos años ya, de aquella revista que hacíamos los jóvenes en la escuela. En el atardecer de hoy, estas extrañas hojas han caído al suelo. Silencio, recuerdo.

Me acuerdo de aquella mujer con una pequeña hendidura en el centro de su nariz. Ella creía que era un lunar al revés.

Me acuerdo de que subió de categoría en la empresa, y alguien, por lo bajo y a solas, le soltó una retahíla de improperios.

Me acuerdo cuando se estrenaba un impoluto pañuelo cada vez que se salía a la calle, es decir, todos los días. Hoy los clínex han ganado la batalla.

Me acuerdo de aquel taburete con un agujero en medio para los niños chicos y que la madre vendió porque el hijo ya no se hacía pis.

Me acuerdo de los dineros que la madre de familia hurtaba al condumio semanal y se gastaba en las echadoras de cartas.

El viento de Jaén

Quiero ir a Jaén y no quiero hacerlo,
quiero sentir su viento, sí su viento,
pero su viento me maltrata y caigo,
me arroja al rostro los días, las horas,
cuando yo caminaba diferente.

Mi viento de Jaén,
ese viento felón tras las esquinas
que embate tenaz puertas y ventanas,
que castiga los bronquios y los huesos.
La ciudad le maldice,
también le canta, emblema y atestigua.
Después, al huir, pletórico, ancho, libre
y cuando atrás deja muros y plazas,
gozo es hallar, bajo todos los cielos,
un océano glauco y vegetal:

olivos, más olivos, siempre olivos

agitados, mecidos por el viento
desplazando sus ramas, oscilándolas
un revivir sinfónico, sin par.

Sí, volveré a Jaén y veré tu gloria,
me aventarás recuerdos, sufriré
como antes cuando era diferente,
me besarás huyendo en la mejilla

y para siempre ya, querido viento.

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro