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Leí el diario de un extraño (2003) |
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El cuarto oscuro |
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Luisa Fernández-Marcote |
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En el estrecho
y largo pasillo de la casa en que me tocó nacer, había una
habitación ciega sin balcón, ventana o ventanuco por donde
entrara claridad. Pegado al techo, un foco de luz con la bombilla rota,
dormía descuidado.
Me acuerdo Me acuerdo de aquel hombre encorvado y silencioso que estaba en tratos con una compañía para asegurarse una renta vitalicia. Era joven y llevaba a cuestas un Parkinson de los años setenta. Me acuerdo del frío del cristal en la mejilla cuando arrimaba la cabeza y oía silbar los obuses que cruzaban en la noche. Me acuerdo de aquel pequeño Cristo de latón que la pobre viuda arrojó sobre la tierra para acompañar al muerto. Me acuerdo de los zapatos que puse en el balcón aquella noche de Reyes cuando la casualidad me había hecho percibir los soldaditos, el plumier y el jersey mal escondidos en el armario que había en la habitación de los trastos. Hoy ya no me causa alergia el alcanfor. Me acuerdo de aquel hombre sentado en el viejo tranvía llevando en un saco una sarta de gatos apaleados y aún desafiantes. Yo tenía entonces nueve años, y sentado enfrente miraba al hombre de los gatos. El tranvía frenó y la miliciana cambió el trole. Me acuerdo hace muchos años ya, de aquella revista que hacíamos los jóvenes en la escuela. En el atardecer de hoy, estas extrañas hojas han caído al suelo. Silencio, recuerdo. Me acuerdo de aquella mujer con una pequeña hendidura en el centro de su nariz. Ella creía que era un lunar al revés. Me acuerdo de que subió de categoría en la empresa, y alguien, por lo bajo y a solas, le soltó una retahíla de improperios. Me acuerdo cuando se estrenaba un impoluto pañuelo cada vez que se salía a la calle, es decir, todos los días. Hoy los clínex han ganado la batalla. Me acuerdo de aquel taburete con un agujero en medio para los niños chicos y que la madre vendió porque el hijo ya no se hacía pis. Me acuerdo de los dineros que la madre de familia hurtaba al condumio semanal y se gastaba en las echadoras de cartas.
El viento de Jaén Quiero ir a Jaén
y no quiero hacerlo, Mi viento de Jaén,
olivos, más olivos, siempre olivos agitados, mecidos
por el viento y para siempre
ya, querido viento.
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