Siempre había pensado
que acabar mi vida sin pareja no me importaba demasiado, pero sí
sin tener un hijo, y era algo que no me podía pasar a mí.
Estaba dispuesta a ser madre casada, soltera o como fuese. No ha sido
posible. He fracasado en mi último intento. Estoy agotada. He
de asumir que no voy a ser madre.
El tener un hijo ha sido el motor de muchas cosas a lo largo de mi vida.
Dejé de fumar porque comprobé que mis amigas fumadoras
tenían hijos más pequeños que las que no lo eran.
Dejé a Enrique, del que estaba muy enamorada, después
de cuatro años de relación, porque cuando le planteé
que quería tener un hijo con él, me trató de loca.
Casi dejo que se rompa mi relación con Manel, en los comienzos,
porque Manel también se negaba a tener un hijo, él ya
tenía dos y le eran suficientes como experiencia. Todo para nada,
tengo que asumirlo. No sé por qué y no lo entiendo, si
todo el mundo tiene hijos, por qué yo no.
El primer año de estar casada con Manel estuve sólo pendiente
de si ovulaba o no, de cuándo teníamos que hacer el amor,
con ganas o sin ellas, de si me venía la regla puntual o no,
de si tenía algún síntoma extraño, de si
estaba nerviosa, estresada, obsesionada. Lo que más me interesaba
no era disfrutar, sino si Manel eyaculaba o no. Si era mi día
fértil, y Manel no podía o no tenía ganas, me sentía
frustrada por perder un mes más en mi carrera contra el tiempo.
Y me enfadaba con él.
Tras ese primer año sin éxito, fui al médico, y
empezó el calvario que ahora acaba, de clínica en clínica.
De la primera clínica que visitamos, salí llorando. El
médico me dijo que, como ya había cumplido 38 años,
que lo mejor que me podían hacer era una donación de óvulos.
Por un millón de pesetas. Nos sacó todo tipo de estadísticas
de embarazos por edades, y con 38 años el porcentaje de embarazos
es mínimo. No volví. Tan mal me hizo sentir que ni siquiera
le conté la visita a mi familia. Me sentía derrotada.
A mi edad un embarazo tenía que ser un milagro.
No abandoné. Fui a otra. La visita inicial fue todo amabilidad,
aunque con más estadísticas que me ponían el nudo
en el estómago. Me puse en sus manos. Tras una semana de inyecciones
diarias y a la misma hora, la primera ecografía. Me sentía
hinchada y muy sensible. El pecho me dolía, y estaba muy nerviosa.
Ya se podía saber el número de óvulos. Mientras
me hacían la ecografía, casi no podía respirar,
mi corazón se aceleraba por momentos, ni siquiera me atrevía
a tragar saliva. Miré al médico que, con cara de circunstancias,
observaba la pantalla. De vez en cuando en la pantalla se formaban una
fila de puntitos de un extremo a otro de una mancha y salían
unos números. Uno con tres, decía el médico
cuando se formaba otra fila de puntitos, uno con uno. Y yo contando
uno, dos, tres... seis. Ya está, dijo el médico,
te puedes vestir. Yo respiré hondo y le pregunté:
¿Cuántos tengo? Seis. Me puse
contenta. Pero veremos los que crecen, dijo. Y así,
un día sí y otro no. Crecían muy despacio. Cuando
la mayoría alcanzaron el tamaño adecuado, las últimas
instrucciones y la última inyección, un domingo a las
diez en punto de la noche, treinta y seis horas antes de la punción,
la intervención que me hacían para extraer los óvulos.
Dos noches sin dormir.
Me ingresaron en la clínica, me puse el camisón, y enseguida
al quirófano. Muy asustada, era la primera vez que me anestesiaban.
Mientras a Manel, en la habitación, le dieron un frasquito para
recoger una muestra de semen, y unas cuantas revistas porno. Mientras
estaba acojonado porque yo estaba en el quirófano él se
tenía que masturbar para conseguir la muestra. Antes de conseguirlo,
según me contó después, una enfermera tocó
a la puerta y le dijo ¿Ya? No, aún no,
respondió él. Bueno, dese prisa, que de usted depende
ahora que se pueda realizar la fecundación o no.
A las dos horas, el alta, y a casa a reposar todo el día. Habían
sido siete, pero ahora a ver cuántos fecundan, me dijeron. Tenía
que llamar a las 24 horas y preguntar. Tampoco dormí esa noche,
el problema seguía siendo de números, cuántos habrían
fecundado. Cinco, pero como hasta 24 horas después no me los
ponían, alguno también se podía quedar en el camino
y no evolucionar de forma adecuada.
Me preguntaba cuántos me iban a transferir, porque los cinco,
¡Qué horror, quintillizos! Ya en el quirófano, otra
vez, se lo pregunté al médico. Los cinco, claro. Pero
eso es un disparate. Entonces el médico, se empezó a reír,
pero qué dices, a tu edad, espera que agarre uno, que es casi
imposible, como para que enganchen los cinco. ¡Qué cosas!.
Como mi sensibilidad estaba en sus cotas hormonales más altas,
mientras me los ponía estuve llorando. Si tan difícil
era, entonces para qué me estaban torturando de esa manera, ¿sólo
para sacar el dinero?
Y ahora a esperar. Dos días de reposo absoluto, y quince días,
o los que fuesen necesarios, sin hacer movimientos bruscos, aunque con
vida normal. Si el día que ellos marcaban no había empezado
mi regla, entonces tenía que ir a hacerme la prueba de embarazo.
Me dieron una hoja con instrucciones y los teléfonos de urgencias
por si tenía dolores extraños o hemorragias fuertes.
Los primeros días, estaba tranquila, pero a medida que se acercaba
el día de la prueba de embarazo me iba poniendo muy nerviosa.
¿Qué estaría pasando dentro de mí? ¿Habría
agarrado alguno? ¿Y si, por casualidad, habían sido los
cinco los que iban adelante? Esto último no quería ni
pensarlo. El estómago se me encogía, y me habían
dicho que procurase estar muy tranquila. No lo conseguía. Un
día amanecía con el estómago revuelto, otro que
tenía un poco de sueño, otro que había pollo y
no me apetecía, como que me daba asco. En todas las pequeñas
señales de mi cuerpo creía ver una señal de un
embarazo. Cuando faltaban solo tres días para la prueba algo
no iba bien. Llamé al médico y me dijo que hiciese reposo
absoluto. El médico muy amable, dándome ánimos
y diciéndome que estuviese tranquila.
Dos días después, una auténtica hemorragia. Llamé
al médico, me citó para empezar de nuevo. Colgué
y empecé a llorar. Llamé a Manel y sólo me dijo:
No te preocupes, otra vez será. Claro, para él
no era importante. Me sentía muy sola.
Los días siguientes estuve tensa con Manel, sentía que
a él no le importaba el tema y además no entendía
cómo me sentía yo, le daba igual que el tiempo pasase.
Y las probabilidades de embarazo de la estadística eran cada
vez menores.
Seguí intentándolo dos años más: inyecciones,
ecografías, análisis diarios, anestesias, quirófanos,
inseminaciones, fecundaciones in vitro, pero no voy a ser madre.
Y al final, nada, sólo un embarazo, que me duró dos meses.
Me ha quedado una Inhibición del Deseo Sexual, varios kilos de
más, la cintura más ancha, la sensación de hacer
cosas prohibidas y clandestinas y un gran vacío por dentro.
La gente me dice que adopte uno, que es lo mismo. Lo dudo. No puedo
olvidar que yo soy madrastra, que viene a ser algo parecido, y con estos
hijos tú tienes que hacer meritos a diario para que te acepten
y te quieran, es como un examen continuo, una evaluación permanente,
en donde sientes que los examinadores unos días te tienen manía,
y otros, que eres su preferida. Sin embargo, cuando tú los has
parido, es diferente, no es necesario ese demostrar día a día
que te mereces el puesto de madre. De acuerdo que tienes que ejercer,
pero no demostrar. Se da por supuesto que los quieres, que ellos te
quieren a ti por lo que eres, no por lo que haces. No tienes que competir
con su madre natural. La madre que ha parido sus hijos, por muchos esfuerzos
que haga, cuando su hijo le echa los brazos al cuello y le da un beso
o le sonríe, debe sentir que vale la pena. La madre postiza,
siempre que hace ó dice algo, observa para ver cómo reacciona
su hijo, si eso la acerca a él o la aleja, si con ello gana o
pierde su cariño, si por un gesto o una palabra todo se va al
traste, ni siquiera puede que tenga ese abrazo y ese beso espontáneo.
La madrastra teme el Día de la Madre, tiene la duda de si este
año será considerada como tal o no. La ansiedad crece
cuando un año sí recibe ramo de flores y otro no, y sin
saber la causa, sin saber qué ha hecho bien y qué mal,
qué puede haber molestado y qué haber gustado. Para ella
es la nota del curso. Una madre que ha parido siempre es una madre,
se la quiere por lo que es, no por lo que hace.
He de asumir que no voy a ser madre, y no entiendo por qué.