Leí el diario de un extraño (2003)

El punto de vuelta

La O Guillén

El día que mi padre murió me quedé vacía por dentro. Desde entonces en algún rincón de mi organismo existe un punto donde los sentimientos se dan la vuelta. Si algún día lo encuentro le pongo remedio. Me pasa que cuando ella me pide que haga algo, yo no tengo empeño en hacerlo pero lo hago, porque me tiene dominada. Lleva años dominándome, estoy más que harta, es doña sabelotodo. Cualquier cosa que haga lo hace bien a la fuerza y hay algunos bodrios que no se los salta un galgo. En el mercado, ¡menudo bochorno, ¡llega la última y se pone delante de todos a preguntar como si tal cosa y, claro, prefiero hacer la compra sola. Por la mañana desde que se levanta no para de abrir y cerrar puertas, cajones, trasladar sillas, y esa maldita manía de oír la radio. Informarse aunque no se entere de nada, porque luego lo interpreta todo a su aire y menudas tonterías dice. Así no hay quien descanse, y desde por la mañana, que me levanto, arrastro mi vida.
—Gabriela —me dice—, me bajo al despacho que tengo mucho que hacer. Hoy recibimos un pedido, además tengo pendientes varios envíos a los pueblos. Termina tú de recoger el desayuno y ponte en la cocina a ver qué comemos. Cuando termines de recoger la casa, bajas y me ayudas que no me vendrá mal que me ayudes con las cuentas.
No la respondo, para qué. Lo que tengo ganas de decirle me lo guardo, luego me dará la jaqueca como siempre y ella me querrá mandar al médico.
—Madre —le digo—, acuérdese que hoy viene Alfonso, y que saldremos a dar una vuelta.
—Ya, vendrá con la moto, como siempre. Y tú, ten cuidado, que últimamente baja mucho del cortijo.
—En algún momento tendré que pensar en casarme, madre, ya tengo veintisiete años, y como siga así se me pasa la edad.
—El primo no te conviene. Es de la familia, y esos casamientos siempre salen malos. Además, qué vas a hacer tú en el campo.
—Tampoco le gustó a usted Ginés y era médico.
—Bueno, eso era distinto. Tú eras muy joven y él estaba fuera. Los noviazgos por carta también son malos. Me bajo, que ya se me está haciendo tarde.
A veces no sé qué quiere. Que no me vaya nunca, claro, así tiene quien planche y friegue y la lave donde ella no alcanza. Pero yo lo que necesito es un hombre que me quiera, y sentir en los ratos perdidos del día que en alguna parte alguien piensa en mí. Esta tarde iremos al puerto. Hoy cargan la uva en el muelle. Estará la tarde alegre y la luz de junio hasta bien tarde. Sentados en la escalera de atraque hablaremos, miraremos el mar y a lo mejor... no sé, quién sabe.
Ya las cinco, madre mía, me bajo que a estas alturas se le habrán acumulado pedidos y estará hecha un basilisco.
—Buenas tardes, madre.
—Ya era hora. Creía que no ibas a venir nunca.
—Es que tenía mucha grasa la cocina.
—Claro, si siempre vas corre que te pillo.
Lo de siempre, si lo hago es que lo hago mal, y si no lo hago, peor. A ver si se aclara y me deja en paz. ¿Acaso ando yo todo el día diciéndole si llega un cliente y está más tiesa que un palo o si se le ve el plumero con otros?
—¿Quiere que le ordene algo?
—Coloca las cajas del pedido en el almacén, pero no las pongas delante del último pedido. Ah, y no las pegues a la pared, que hay humedad.
Como si no lo supiera. Doce años haciendo esto y me lo repite todas las tardes. Ha sonado la campanilla de la puerta ¿Quién será? Debería de ser Alfonso, pero no, a esta hora será la proveedora. Lo mal que le cae a mi madre, y lo bien que lo disimula. Siempre dice lo mismo que el negocio es el negocio y en esta ciudad tan pequeña nadie la va sacar de pobre ni de viuda.
—Buenas tardes, doña Magdalena.
—Buenas tardes.
—¿Está sola?
—No, la niña está en el almacén, haciendo orden.
—¿No sale nunca?
—Esta tarde viene su primo a por ella.
—Vaya, menos mal, conviene que le dé el aire.
—¿Qué le pongo?
—Veinte paquetes, y los pone en la cuenta, como siempre.
—Hasta luego, doña Magdalena, y despídame de su hija.
Ya está la señora de siempre, que si su hija sale, que si no sale, que no se le pase la edad. No tengas prisa, hija, no pasa nada, que tiempo hay por delante. Pero siempre preguntando lo mismo: que cuándo me caso. Y mi madre lo de siempre: es que esta hija mía parece que no tenga ganas. Menuda hipócrita. Y esta tarde que salgo la tengo de morros; que no me entiende, que somos primos. Mejor, así se queda todo en familia.
—Gabriela, el teléfono. ¿Por qué no lo coges? ¿No oyes que está sonando y yo estoy ocupada?
¿Ocupada? Ocupada en darme que hacer a mí, en martirizarme, en traerme de acá para allá como un zascandil. Acércame aquello, llévate esto, ¿dónde he puesto la agenda?, date prisa que parece que no tienes sangre. Me trata como una esclava y luego quiere que tenga iniciativas. Con toda esta locura lo raro es que sólo me duela la cabeza.
—Madre, es la tía Pura. Pregunta que si se puede poner.
¿Qué querrá ahora la tía? Alfonso ya debía haber llegado. Seguro que le encarga alguna cosa y nos echa a perder la tarde.
—¿Gabriela? Alfonso acaba de tener un accidente por los barrancos de Tabernas. Ya te dije que lo de la moto no traería nada bueno. Anda, súbete a casa y prepara los lutos de tu padre. Puede que los necesitemos.
Maldita suerte, maldito barranco, ojalá que no se muera. No te mueras, Alfonso. ¿Dónde estará el punto de vuelta? Si lo encuentro le digo que no saco los lutos de mi padre, y que si alguien tiene que morirse que lo haga ella.

 

Gabriela salió del despacho y subió las escaleras hasta la casa. Entró en ella y se dirigió por un pasillo largo y oscuro hasta el armario donde se guardaban los lutos. Al abrirlo vio el traje de paño gris y el sombrero con el que el padre bajaba a la papelería todas las mañanas, las camisas, las corbatas y el pañuelo de seda con el que se limpiaba las manos los días de calor. Se quedó mirando los trajes sin el padre y, al lado de ellos, los lutos de tres años, la toquilla negra y la pena con la que su madre se cubría la cara al salir a la calle. Gabriela comenzó a respirar entrecortando el aire delante del armario. Quería salirle el llanto pero no podía, sólo un débil hilo de voz entrecortado salía de su pecho. Le faltaba el aire, le faltaba su padre, y le faltaba Alfonso, y no podía o no quería gritar para que nadie la oyera.
Retrocedió unos pasos y fue hacia el costurero. Sin saber por qué, sacó las tijeras de sastre y se las quedó mirando. No pensaba en nada. El brillo metálico de la tijera le hacía soñar, el tacto helado del metal le hacía sentir un vacío como cuando se murió su padre. Con las tijeras en la mano, se acercó al armario y una y otra vez rajó las telas hasta dejarlas abiertas. Arañó uno tras otro, los años de luto, la vida y la rabia que la encendía por dentro. Hablaba como siempre, para sí, para nadie, con un hilo de voz que no quería salirle
—Me voy, madre. Ahí se queda con su luto y con su mala sangre, que Alfonso no se va a morir. Que mi padre se murió, pero ahora es usted la que está muerta.
Se dejó caer al suelo y, aunque tenía ganas, no dijo más, porque no se encontró el grito.

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