Las pastas siempre las tomábamos
a media tarde desde que los abuelos compraran la casa de campo. Era
costumbre ponerlas en la salita, encima de la mesa camilla, a las cinco.
Terminadas las pastas, pasábamos de la salita al jardín,
siempre que el tiempo lo permitía. Y es que si hay dos cosas
de las que nos envanecemos en la familia son la salita y el jardín.
Bueno, también, he de reconocerlo, nos sentimos orgullosos de
la discreción con que llevamos nuestro amor al prójimo,
pero eso se lo contaré a ustedes más adelante.
Es el nuestro un jardín con buganvillas en los ángulos
de los cimientos y redes de hiedra trepadora que hemos ido dejando crecer
sin ser molestadas durante años. Nos complacía la idea
de que verdecieran la pared de piedra, detrás de la cual se sitúa
la salita en la que servimos las pastas, y de la que tan orgullosos
estamos. Mis abuelos trajeron un esqueje de castaño de Indias
de su viaje por las Américas que ahora da una sombra muy hermosa,
y pusieron un par de cipreses a cada lado de la entrada de la verja,
uno enfrente de otro, como guardianes gemelos que anunciaran a las visitas
nuestro paraíso de descanso. Así se plantaron los tres
vértices del triángulo en cuyo centro colocaron mis abuelos
un reloj de sol, que al dejar su hilo de sombra en el V, nos indicaba
indefectiblemente la hora de las pastas en la salita.
Al casarse mis padres, los abuelos les dieron la casa de campo como
regalo de boda. Fueron mis progenitores quienes se encargaron de crear
un caminito que rodea el jardín, jalonándolo de rosales,
lirios y minutisas. Yo no me cansaba de mirarlo desde la penumbra de
la salita. El jardín me daba tal tranquilidad de espíritu,
me invadía tal sensación de placidez al observarlo, que
de pequeño les pedí a mis padres una y mil veces que si
me moría antes que ellos me enterraran allí, bajo la sombra
del castaño de Indias que habían traído mis abuelos.
Ellos me miraban como si hubiera hecho una travesura, denegaban con
la cabeza y se sonreían. Para mí nuestro jardín
siempre será un umbral de felicidad eterna.
Como les decía antes, en mi familia también nos sentimos
muy reconfortados por nuestro amor al prójimo. Y hay poca gente
en estos tiempos que pueda estar a gusto con su conciencia en este punto.
Desde que tengo memoria, mis abuelos y más tarde mis padres me
dieron ejemplo de amor y generosidad, preocupándose de aquellos
a los que la fortuna no había iluminado con su halo.
El primer recuerdo que me viene no es otro que estar en la salita sentados
a las cinco en la mesa camilla, y un hombre junto a mí con las
manos renegridas tomando las pastas. De esa tarde guardo dos detalles
que entonces no di demasiada importancia, pero que con los años
no dejaron de auparse desde el fondo de la memoria para recordarme lo
maravilloso que era ayudar a los demás. La sonrisa de aquel hombre
y sus ojos negros. Una sonrisa de dientes quebrados, amoratada, como
si la hubieran mellado a golpes. Y unos ojos negros muy abiertos que
miraban a mis abuelos como si no fueran de este mundo.
Tampoco olvidaré el primer día en que mis abuelos me llevaron
al hospicio. Tras aparcar en la puerta me dijeron que observara bien
la gente que entraba y salía. La mayoría de los que pasaban
por allí iban muy sucios y mal vestidos, miraban a todos lados
como perdidos, antes de hacer cola para agarrar un plato caliente.
¿Has visto alguien que te llame la atención?,
me preguntaba el abuelo. Yo sólo me había quedado con
la impresión de que a aquellas personas les debían pesar
más los huesos que al resto, pues la mayoría andaban encorvados
o se movían con una lentitud extenuada, como si no tuvieran prisa
para llegar a ninguna parte.
A un lado de la cola contemplé cómo una mujer que tendría
la edad de mi madre se sentaba en los escalones de la entrada y apoyaba
la cabeza en la pared sin dejar de mover los labios. Tenía la
palidez de los cuadros de las vírgenes que presidían nuestras
aulas en el colegio, y su pelo largo y rubio se mantenía brillante
entre la mugre que la rodeaba como por obra de un milagro.
¡Me gusta esa señora, la que está sentada...!
grité señalando con el dedo hacia las escaleras
situadas en la entrada del hospicio.
¡Muy bien, hijo!, sabes adónde mirar... asintió
mi abuela cogiendo de la mano a mi abuelo mientras miraban en silencio
a la mujer tras la ventanilla.
Entonces mi abuela se bajó del coche y se dirigió hacia
ella. Cuando estuvo a su altura, a mitad de la escalera, le acarició
el pelo largo y brillante igual que otras veces yo le había visto
acariciar el de mi madre, y convenciéndola de que la siguiera,
se la trajo apretada contra el cuerpo.
Qué puedo decir de lo maravilloso que fue luego tomar las pastas
a las cinco, con el rayo de media tarde señalándose en
el reloj. Mis padres y mis abuelos disfrutaban de la complacencia de
la invitada con lo que habíamos dispuesto. Ver a aquella mujer
tan bonita saboreando el café caliente, metiendo las pastitas
en la taza con miedo de mojarlas demasiado por si se deshacían
antes de probarlas, nos dejaba dentro una paz difícil de precisar.
Apuraba el café mirándonos por encima del borde de la
taza, sin atreverse a hablar, murmurando continuamente un gracias, gracias,
gracias. Para nosotros, sus ojos iluminados de agradecimiento eran suficiente,
no nos importaba su nombre porque todas las personas tienen el mismo
derecho a encontrar la felicidad que les falta aunque sea por unos momentos.
Después de que nuestros invitados terminaran las pastas, mi padre
se encargaba. Desde la muerte del abuelo papá quedó como
único cuidador del jardín, mientras que la abuela y mi
madre se guardaban de que los invitados no se preocuparan por nada,
facilitándoles la siesta en el sofá con un cojín
que colocaban suavemente bajo sus cabezas. A poco de terminar la tarde,
cuando mi padre terminaba de allanar la tierra bajo la sombra del castaño
de Indias, se reunía con nosotros para admirar el crepúsculo
que bañaba a la salita y a los cipreses. Muchas veces halagaba
a mamá con la buena idea que había tenido plantando los
rosales, los lirios y las minutisas que hacían el lugar mucho
más acogedor.
Continuamos con nuestra costumbre de las pastas en la salita unos cuantos
años más. Al faltar el abuelo y como conducía,
mi abuela se quedaba en casa y eran mis padres los que salían
a la calle, los que recorrían asilos y se metían en el
metro o acudían a las puertas de iglesias para elegir a algún
afortunado que quisiera compartir nuestra felicidad. Y gracias al cariño
y el ejemplo de mi familia, el jardín iba floreciendo con más
ahínco cada primavera, y los cipreses y el castaño de
Indias ensanchaban sus troncos y ramas.
Tras desaparecer mi abuela, fue mi madre la que mostró su dulzura
y templanza para vencer las pequeñas resistencias y temores,
de modo que nunca faltaron visitas a la salita para las pastas y el
café de las cinco. Por entonces yo ya ayudaba a mi padre con
la pala en las labores del jardín, y en verano, cuando más
se agradecía la brisa, sacábamos a las visitas para que
echaran un vistazo antes de las pastas, y todas nos decían que
les hubiera encantado tener un jardín como el nuestro. Para nosotros
era el mejor de los piropos porque siempre nos hemos enorgullecido de
que nuestros invitados terminen sintiéndose como en su propia
casa.
Con los años mis padres se tomaron las visitas con más
calma, y se espaciaron los trayectos en busca de pobres desgraciados
y menesterosos. Yo me eché novia, una chica de buena familia
y mejor corazón, para que no desentonara mucho con la familia.
Me acuerdo que cuando le enseñé la salita, quedó
encantada de la delicadeza y el exquisito gusto con que había
sido decorada. Le sedujo la costumbre de tomar las pastas en la salita
a las cinco con el reloj de sol. Al ver el jardín por primera
vez quedó vivamente emocionada, admirada de la belleza de las
rosas, los lirios y las minutisas, y de lo bien que estaba ubicado el
castaño para dar sombra con su copa a la tierra. Mis padres estaban
muy contentos por lo correcto de mi elección, pues siempre me
habían aconsejado gran cuidado en elegir a una mujer que encajara
con el carácter obsequioso de la familia para con los demás.
De ahí que fuera un tremendo disgusto para nosotros que mi novia
se comportara como lo hizo ayer, la primera vez que nos acompañaba
a tomar las pastas en la salita con uno de nuestros invitados. Todo
fue bien hasta que dormimos a la visita, pero al empezar a cavar, salió
despavorida de la casa. Estábamos muy preocupados hasta que hace
un rato hemos oído la sirena, han llamado a la puerta y nos han
tranquilizado diciéndonos que acudió a ustedes.
No sé qué más decirles. Les he contado lo orgullosos
que estamos de la salita y el jardín, les he hablado del amor
que mi familia siente por el prójimo, aunque no nos guste que
se aireen estas cosas, porque el abuelo siempre decía que la
modestia es un don exquisito. Por eso me sabe tan mal la falta de discreción
de mi novia, cuando siempre nos hemos preocupado de mantener estas bondades
en secreto. Nos conformábamos viéndoles felices un momento,
con esa sonrisa de agradecimiento y esa luz en los ojos que a uno se
le pone cuando sabe que ya está en casa.