Leí el diario de un extraño (2003)

Un alfiler de cajas cuadradas

Elena del Hoyo

Fue la última vez que vi correr un conejo blanco. Habíamos salido al monte. Hacía mucho que no íbamos, y eso que antes, todos los sábados, papá nos llevaba a las dos, con las botas, las mochilas, unas galletas de chocolate y zanahorias. Yo llevaba mi mochila con la “A” de Alicia y Marga también llevaba la suya con la “A” de Alicia porque la había heredado. Mi madre nos preparaba las galletas y las zanahorias, nos lo envolvía todo en papel albal, como cuando nos íbamos de excursión con el colegio, nos anudaba las bufandas. Alfil se ponía a ladrar desesperado cuando veía que el pasillo se llenaba de botas y abrigos, y al final nos íbamos los tres con papá al monte, que realmente era la prolongación del parque. Tenía tres pinos y unas jaras y se veía desde casa. Pero qué más nos daba. Para Marga y para mí era el monte Conejos y estaba lleno de aventuras: conejos blancos, piñas, jara pegajosa, galletas de chocolate, zanahorias, Alfil y papá. Jugábamos los tres a contar conejos —aunque casi nunca veíamos ninguno—, a decir cosas sin sentido (como “Alfil es un trilobites saltador” o “Marga es un buziño verde”), y a perseguir conejos blancos, a los que dejábamos las zanahorias en la boca de la madriguera. Alfil jugaba a correr y comer palos.
Pero la última vez que vi correr un conejo blanco Marga tenía su propia mochila, yo había tirado la mía por vieja y hacía mucho que no salíamos al monte ni decíamos cosas sin sentido. Tampoco llevamos galletas de chocolate ni zanahorias, sólo salimos corriendo a por las botas y los abrigos cuando papá dijo:
—¡Venga! Vámonos al monte a ver si hay algún conejo —y Alfil se vino porque mamá le echó en cuanto comenzó a ladrar.
Anduvimos como siempre, por el camino que iba pegado a la verja que separaba el monte del coto de caza, mirando hacia el coto, esperando la carrera de algún conejo asustado por los ladridos de Alfil y nuestras voces. Pero ningún conejo respondió a nuestro reclamo, hasta que yo vi cruzar por el camino un enorme conejo blanco, que se escondió detrás de unos matorrales.
—¡Un conejo blanco!, ¡he visto esconderse ahí un conejo blanco!, vamos a buscarlo —dije.
Mientras hablábamos, las dos habíamos llegado al matorral que yo había señalado, en el que había una madriguera.
—¡Mira! la madriguera —me arrodillé en el suelo y me acerqué con un palo.
—¡Alicia, levántate del suelo que te vas a llenar de barro! —la voz de mi padre no sonaba muy contenta.
—Papaaaá, si es que era un conejo blancooo.
—Sí, hija, un conejo blanco con un chaleco y un reloj, no me digas más.
—¿Y entonces qué era, eh?
—Era, mmm, era, mm, era ¡un alfiler de cajas cuadradas!
A Alfil no se le veía, pero se le oía correr y ladrar a lo lejos. Debía haber encontrado algo a lo que perseguir. Me sacudí el barro de las rodillas y hurgué por última vez en la madriguera con un palo.
—Un alfiler de cajas cuadradas. Y un hilo de collar de perlas —seguí yo.
—¡Y un cerebro de mejillón! —gritó Marga.
—Y una carcamusa trinopinta —dijo mi padre.
Y esa fue la última vez que vi correr un conejo blanco.

 

El mundo era infinito

A mis padres, por abrazarme

La portada del libro de ciencias de tercero, el Cosmos (así se llamaba), era una foto de la Tierra vista desde el espacio. Ese año dejábamos de llevar un babi de rayitas rojas para empezar con el jersey y la falda azul de tablas y el babi verde. También ese año nos explicaron que el universo era infinito. Aquel día, al acostarme, con la luz apagada y la casa en silencio empecé a imaginarme que el mundo era infinito. Vi la Tierra flotando en el espacio, tal y como venía en el Cosmos, y luego Saturno, que era de color naranja y tenía un anillo alrededor, y Neptuno, que era de color acero. Continué hasta Plutón, que era blanco como el Polo Norte y seguí después por el sendero de estrellas como cantos rodados de la vía Láctea, caminando hacia donde se hacían más pequeñas. Al final de la Vía Láctea me encontré con algunas estrellas sueltas. Pero el mundo era infinito y no se acababa, así que seguí, aunque ya no conocía las pocas estrellas de luz apagada con las que me iba cruzando. Y cada vez que llegaba a un final, continuaba volando por un espacio que ahora era negro y vacío, porque como el mundo era infinito, no se acababa nunca. Aquel espacio negro y vacío no se acababa, y no se acababa, y no se acababa, ya no se podía salir de él... grité y llegaron mis padres corriendo.
—¿Qué te pasa? —preguntaron. Pero yo ¿cómo iba a decirles que lo que me pasaba era que el mundo era infinito? Mi madre me sentó en sus rodillas. Mi padre volvió a preguntar—: ¿Qué te pasa? —pero como yo no contestaba, se impacientó, suspiró y salió del cuarto. Mi madre me abrazó. El mundo era infinito y mi madre lo entendía.

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