Leí el diario de un extraño (2003)

La corbata

Rafael Laca Arrillaga

Me llamo Horacio Valiente y os hablo desde mi última residencia. Debo decir que es algo incómoda y oscura, pero imagino que me las arreglaré, siempre lo he hecho. Hoy es mi primer día en ella y por fin creo haber encontrado lo que estaba buscando: un lugar silencioso donde poder evitar de una vez por todas su presencia.
“Respeta y te respetarán.”
Era la frase preferida de mi madre. Por eso yo siempre he intentado ser correcto con ellos, pero ellos nunca me han respetado. Ya no hay educación.
Ahora estoy tranquilo. Por eso es un día especial; pero el de ayer también lo fue. Lo recuerdo como si fuese hoy mismo. Puede parecer idiota decir esto, pero no lo es. Siento como si ambos días estuviesen fundidos en uno solo y así fuese a ser de aquí en adelante con todos los que lleguen.
Como digo, ayer también fue un día muy especial. Fue mi último día en mi anterior domicilio y quieras que no, aunque llevaba mucho tiempo preparando mi marcha, siempre quedan por hacer cosas de última hora.
“Horacio, piensa bien las cosas antes de hacerlas o luego te arrepentirás.”
Mi madre lo decía. Y mi padre agachaba la cabeza y quedaba pensativo, como si aquel consejo fuese realmente importante. Y lo era. Por eso he meditado mucho mi decisión. Sin hacer caso a todo lo que ellos me decían. Y no ha sido fácil. Estos últimos días han sido desesperantes. Todos diciéndome lo que debía o no debía hacer. Por eso decidí marcharme. Y ayer, con todo preparado y en orden, lo hice.
Me levanté temprano. Es una costumbre que adquirí desde niño, y desayuné fuerte.
“Hay que desayunar fuerte.”
Eso decía mi madre. Y tenía razón. Hoy en día ya no se desayuna fuerte y luego la gente está como atontada.
Luego fui al tinte a recoger mi traje y al regreso, al pasar por la zapatería de mi amigo Germán, estuve a punto de comprar unos zapatos nuevos. La presencia es importante. Sí, lo es. Lo decía mi madre y tenía razón. Mi madre siempre tenía razón en todo lo que decía. Pero no quise entrar, me hubiese sentido obligado a despedirme y las despedidas nunca me han gustado. Un día mi madre se marchó sin despedirse y ya no volvió más. No sé por qué lo hizo. Debió de tener motivos importantes para hacerlo. Y desde entonces todos me dicen lo que debo y no debo hacer. Y ya estoy cansado de todos ellos. Aunque pienso que la educación también es importante. Debiera haber entrado a despedirme. Hoy la gente no tiene educación. Te tratan de tú sin conocerte y no dan los buenos días, ni ceden el asiento a los mayores. No sé a dónde vamos a llegar.
Por eso yo, antes de irme, he arreglado todo como Dios manda. Tan solo hay una cosa que me preocupa: no he limpiado los cristales. Lo noté al amanecer, pero por la noche no. Si lo hubiese visto, si me hubiese dado cuenta, los hubiese limpiado. Aunque qué importancia tiene. ¿O sí? No lo sé. No voy a volver. Pero se me ocurre pensar que ellos dirán que soy un despreocupado y eso no es cierto. He pasado todo este tiempo intentando ganarme su respeto y no quisiera que por una tontería así, ahora que me marcho, se quedasen con un recuerdo equivocado de mi persona.
“La presencia es importante.”
Eso decía mi madre. Por eso he elegido la corbata granate. La que me regalo la tía Elisa por mi cumpleaños. Siempre he llevado corbata, en mi trabajo y fuera de él. También ayer me la puse, pero notaba que me molestaba más que nunca. Quizás forzase demasiado el nudo. Tantos años haciéndolo y parece que todavía no le he cogido el tamaño. La presencia lo es todo. Hoy en día la gente no da importancia a esas cosas, pero la tiene. Y mucha.
“Horacio, vete bien. Abróchate los botones que para eso están. Qué va a decir la gente si te ve con esa facha.”
Mi madre lo decía. Y tenía razón. Qué sería si todos hiciésemos lo que nos da la gana. Bueno, en realidad eso es lo que hace ahora la gente y así van las cosas como van. Por eso elegí la corbata granate, la camisa crema y los zapatos negros. Hacen juego con el traje, que está impecable. Es una lavandería un poco cara, pero trabajan bien. Ya quedan pocos sitios donde se trabaje bien.
Nada más regresar a casa me arreglé como la ocasión lo requería y por último me coloqué la corbata, la corbata granate. Es la mejor que tengo. Fue un bonito regalo el de la tía Elisa. Intenté aflojar un poco el nudo, porque seguía molestándome, pero resultó inútil. Puede que fuese el cuello de la camisa. Siempre he llevado el último botón abrochado. Es lo correcto. En esto debo decir que ellos sí tenían razón. A ver si alguien va a pensar que soy de los que lleva la contraria por sistema. Luego fui a la cocina en busca del taburete blanco, regresé con él a la sala y me dispuse a esperar.
Por la mañana apareció Carmina, la del tercero derecha. Me hubiese gustado invitarle a un café, pero se marchó enseguida
Luego, no podría precisar cuánto más tarde, llegaron dos policías acompañados de dos caballeros con muy buena facha. Uno de ellos se dirigió al otro llamándole señor Juez, mientras él se colocaba aquellos guantes de látex blanco casi transparentes. Se acercó a mí, me tocó suavemente a la altura de las rodillas y giré lentamente sobre mí mismo, dándoles la espalda por un instante. Sé que no es correcto dar la espalda, pero espero que no se molestasen. Estoy seguro que se fijaron en el corte del traje. No dijeron nada, pero estoy seguro de que se fijaron. Son pequeñas cosas que hacen sentirse orgulloso a uno. Por eso no creo que se molestasen si les di la espalda. Tuvieron que darse cuenta de que soy un caballero y de que debían existir motivos importantes por los que lo hacía.
—Horacio Valiente —oí que decía el policía que aparentaba más autoridad—. Vivía solo desde la muerte de su madre, hace un par de años. Los vecinos dicen que estaba loco y que no hablaba con nadie desde entonces. Una vecina encontró la puerta de su domicilio abierta esta mañana. Le pareció extraño y entró, encontrándolo ahí colgado.
—¿Hora aproximada de la muerte? —preguntó luego el juez.
—No podría precisarse. Durante el día de ayer —contestó el que parecía médico.
Luego se acercaron a mí los policías. Eran más jóvenes de lo que me pareció en un momento. Y muy altos. Será de la alimentación. Fueron ellos los que me descolgaron y los que me acomodaron en mi nueva residencia.
No sé exactamente a dónde me llevaron. Estaba muy oscuro y no podía ver nada. Pero ahora estoy tranquilo. Por fin he encontrado un lugar tranquilo, aunque...
Oigo susurros. Aún se oyen lejanos, pero creo que se acercan. Sí, se acercan, seguro. Quizás me he equivocado al elegir este sitio. No sé quién habla, no puedo verlo. Esto está demasiado oscuro. Pero se acercan. Cada vez puedo oírlos con más nitidez. Casi puedo entender lo que dicen. ¡Que por qué he hecho esto me dicen! ¿Aquí también? ¡Aquí también! ¿Por qué aquí también? Es como si las voces saliesen de mí mismo. Como si quien hablase estuviese dentro de mí. ¡Dentro de mi propio cerebro!

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