Me llamo Horacio
Valiente y os hablo desde mi última residencia. Debo decir que
es algo incómoda y oscura, pero imagino que me las arreglaré,
siempre lo he hecho. Hoy es mi primer día en ella y por fin creo
haber encontrado lo que estaba buscando: un lugar silencioso donde poder
evitar de una vez por todas su presencia.
Respeta y te respetarán.
Era la frase preferida de mi madre. Por eso yo siempre he intentado
ser correcto con ellos, pero ellos nunca me han respetado. Ya no hay
educación.
Ahora estoy tranquilo. Por eso es un día especial; pero el de
ayer también lo fue. Lo recuerdo como si fuese hoy mismo. Puede
parecer idiota decir esto, pero no lo es. Siento como si ambos días
estuviesen fundidos en uno solo y así fuese a ser de aquí
en adelante con todos los que lleguen.
Como digo, ayer también fue un día muy especial. Fue mi
último día en mi anterior domicilio y quieras que no,
aunque llevaba mucho tiempo preparando mi marcha, siempre quedan por
hacer cosas de última hora.
Horacio, piensa bien las cosas antes de hacerlas o luego te arrepentirás.
Mi madre lo decía. Y mi padre agachaba la cabeza y quedaba pensativo,
como si aquel consejo fuese realmente importante. Y lo era. Por eso
he meditado mucho mi decisión. Sin hacer caso a todo lo que ellos
me decían. Y no ha sido fácil. Estos últimos días
han sido desesperantes. Todos diciéndome lo que debía
o no debía hacer. Por eso decidí marcharme. Y ayer, con
todo preparado y en orden, lo hice.
Me levanté temprano. Es una costumbre que adquirí desde
niño, y desayuné fuerte.
Hay que desayunar fuerte.
Eso decía mi madre. Y tenía razón. Hoy en día
ya no se desayuna fuerte y luego la gente está como atontada.
Luego fui al tinte a recoger mi traje y al regreso, al pasar por la
zapatería de mi amigo Germán, estuve a punto de comprar
unos zapatos nuevos. La presencia es importante. Sí, lo es. Lo
decía mi madre y tenía razón. Mi madre siempre
tenía razón en todo lo que decía. Pero no quise
entrar, me hubiese sentido obligado a despedirme y las despedidas nunca
me han gustado. Un día mi madre se marchó sin despedirse
y ya no volvió más. No sé por qué lo hizo.
Debió de tener motivos importantes para hacerlo. Y desde entonces
todos me dicen lo que debo y no debo hacer. Y ya estoy cansado de todos
ellos. Aunque pienso que la educación también es importante.
Debiera haber entrado a despedirme. Hoy la gente no tiene educación.
Te tratan de tú sin conocerte y no dan los buenos días,
ni ceden el asiento a los mayores. No sé a dónde vamos
a llegar.
Por eso yo, antes de irme, he arreglado todo como Dios manda. Tan solo
hay una cosa que me preocupa: no he limpiado los cristales. Lo noté
al amanecer, pero por la noche no. Si lo hubiese visto, si me hubiese
dado cuenta, los hubiese limpiado. Aunque qué importancia tiene.
¿O sí? No lo sé. No voy a volver. Pero se me ocurre
pensar que ellos dirán que soy un despreocupado y eso no es cierto.
He pasado todo este tiempo intentando ganarme su respeto y no quisiera
que por una tontería así, ahora que me marcho, se quedasen
con un recuerdo equivocado de mi persona.
La presencia es importante.
Eso decía mi madre. Por eso he elegido la corbata granate. La
que me regalo la tía Elisa por mi cumpleaños. Siempre
he llevado corbata, en mi trabajo y fuera de él. También
ayer me la puse, pero notaba que me molestaba más que nunca.
Quizás forzase demasiado el nudo. Tantos años haciéndolo
y parece que todavía no le he cogido el tamaño. La presencia
lo es todo. Hoy en día la gente no da importancia a esas cosas,
pero la tiene. Y mucha.
Horacio, vete bien. Abróchate los botones que para eso
están. Qué va a decir la gente si te ve con esa facha.
Mi madre lo decía. Y tenía razón. Qué sería
si todos hiciésemos lo que nos da la gana. Bueno, en realidad
eso es lo que hace ahora la gente y así van las cosas como van.
Por eso elegí la corbata granate, la camisa crema y los zapatos
negros. Hacen juego con el traje, que está impecable. Es una
lavandería un poco cara, pero trabajan bien. Ya quedan pocos
sitios donde se trabaje bien.
Nada más regresar a casa me arreglé como la ocasión
lo requería y por último me coloqué la corbata,
la corbata granate. Es la mejor que tengo. Fue un bonito regalo el de
la tía Elisa. Intenté aflojar un poco el nudo, porque
seguía molestándome, pero resultó inútil.
Puede que fuese el cuello de la camisa. Siempre he llevado el último
botón abrochado. Es lo correcto. En esto debo decir que ellos
sí tenían razón. A ver si alguien va a pensar que
soy de los que lleva la contraria por sistema. Luego fui a la cocina
en busca del taburete blanco, regresé con él a la sala
y me dispuse a esperar.
Por la mañana apareció Carmina, la del tercero derecha.
Me hubiese gustado invitarle a un café, pero se marchó
enseguida
Luego, no podría precisar cuánto más tarde, llegaron
dos policías acompañados de dos caballeros con muy buena
facha. Uno de ellos se dirigió al otro llamándole señor
Juez, mientras él se colocaba aquellos guantes de látex
blanco casi transparentes. Se acercó a mí, me tocó
suavemente a la altura de las rodillas y giré lentamente sobre
mí mismo, dándoles la espalda por un instante. Sé
que no es correcto dar la espalda, pero espero que no se molestasen.
Estoy seguro que se fijaron en el corte del traje. No dijeron nada,
pero estoy seguro de que se fijaron. Son pequeñas cosas que hacen
sentirse orgulloso a uno. Por eso no creo que se molestasen si les di
la espalda. Tuvieron que darse cuenta de que soy un caballero y de que
debían existir motivos importantes por los que lo hacía.
Horacio Valiente oí que decía el policía
que aparentaba más autoridad. Vivía solo desde la
muerte de su madre, hace un par de años. Los vecinos dicen que
estaba loco y que no hablaba con nadie desde entonces. Una vecina encontró
la puerta de su domicilio abierta esta mañana. Le pareció
extraño y entró, encontrándolo ahí colgado.
¿Hora aproximada de la muerte? preguntó luego
el juez.
No podría precisarse. Durante el día de ayer contestó
el que parecía médico.
Luego se acercaron a mí los policías. Eran más
jóvenes de lo que me pareció en un momento. Y muy altos.
Será de la alimentación. Fueron ellos los que me descolgaron
y los que me acomodaron en mi nueva residencia.
No sé exactamente a dónde me llevaron. Estaba muy oscuro
y no podía ver nada. Pero ahora estoy tranquilo. Por fin he encontrado
un lugar tranquilo, aunque...
Oigo susurros. Aún se oyen lejanos, pero creo que se acercan.
Sí, se acercan, seguro. Quizás me he equivocado al elegir
este sitio. No sé quién habla, no puedo verlo. Esto está
demasiado oscuro. Pero se acercan. Cada vez puedo oírlos con
más nitidez. Casi puedo entender lo que dicen. ¡Que por
qué he hecho esto me dicen! ¿Aquí también?
¡Aquí también! ¿Por qué aquí
también? Es como si las voces saliesen de mí mismo. Como
si quien hablase estuviese dentro de mí. ¡Dentro de mi
propio cerebro!