Leí el diario de un extraño (2003)

A título póstumo

Pilar Martín de Castro

 

Cuando empecé a decirlo ya llevaba varios años pensándolo. Realmente nunca me pasaba nada digno de mención. Los laureados partos, los romances góticos de verano, los intrépidos divorcios, los traslados de vivienda con sus cargantes opciones coloristas, las operaciones quirúrgicas (incluidas las de cirugía estética), eran cosas que les pasaban a mis amistades, a los otros, a una humanidad zozobrante que jugaba, creía yo, a desconocer su futuro.
Me encontraba el primer sábado de cada mes, desde hacía veinte años, y en el mismo restaurante, con las compañeras de piso de la época estudiantil y sus respectivos conyunovios:
—¿Cómo te va, Rocío?
—Ya sabes, vivo a título póstumo.
—Siempre andas con lo mismo, mira que eres pedante. Hazte un viaje... Vamos, si me pilla a mí tu situación, me iba yo a quejar bien poco... Venga, tía, pídete una excedencia y te das una vuelta al mundo
—O dos.
Con los desconocidos era aún peor. A veces salía con una vecina a bailar, se acercaba algún tío a entablar conversación y cuando yo soltaba lo del “vivo a título póstumo” ponían unas caras rarísimas que indicaban una inmediata espantada. Me gané fama de muermo fatalista y mi vecina me prohibió volver a disparar la frasecita.
Como me divertía el escándalo que armaba, empecé a soltarla con más frecuencia. Se convirtió en un ejercicio de terrorismo a pequeña escala que conseguía erizar inseguridades y poner a la defensiva a los más serios. Otros intentaban dar alternativas y consejos para salir de esa situación, que consideraban deplorable. Los más protectores me enternecieron ofreciéndome una variada gama de actividades de ocio y voluntariado para compartir con ellos. Los desaprensivos, ajenos a la dignidad de los muertos, me proponían todo tipo de negocios sucios.
La sorprendida fui yo cuando se la largué al portero.
—Aún no han arreglado el ascensor, doña Rocío.
—Diez pisos no son nada para alguien que vive a título póstumo.
—¿Y de qué dice la señorita que murió?
—De un catarro de corazón.
—Lo mismo me ocurrió a mí y ya ve, nadie lo diría.
—Anda... ¡Pensé que lo suyo era de nacimiento!
—Qué va, pues que no me pasaron a mí cosas en mi juventud, si hasta estuve en la guerra...
—¿Y... qué tal lo lleva?
—Al principio me quejaba pero ahora ya estoy hecho. ¿No consiste en eso la madurez?
—¿En qué ,don Segundo?
—Pues eso, en acostumbrarse a la vida después de la vida.
—Ya, claro... ¿Y su mujer... también ella...?
—Que va. La Mari no ha pillado un catarro en su vida. Pero deje aquí las bolsas que ya luego se las subo yo.
—Bueno, dejo una y la otra la voy subiendo ya. Buenas tardes, don Segundo.
Cuando salí a abrirle la puerta, media hora más tarde, tenía los ojos tan rojos que debí darle lástima. Quizá por ello me propuso asistir a una reunión que, según dijo, celebraban cada seis meses unos cuantos “póstumos”. Me refirió que el motivo de la “fiesta” era repartirse en un juego de azar unos “encargos”, eso sí, con carácter de obligatoriedad, apuntó repetidamente:
—Ya le digo, doña Rocío, si no hace usted lo que le toque, la reunión que viene yo tendré dos encargos. Son las reglas. Además, ya nunca podría yo invitar a alguien —decía convencido.
Quise interesarme por el contenido de los encargos, pero don Segundo no soltaba prenda. Insistía, eso sí, en el carácter legal de todos ellos.
Tal vez no hubiera ido de haber tenido tiempo para pensar en ello, pero la reunión era aquella misma tarde y una mezcla de curiosidad y esperanza se antepusieron al temor que en el primer momento me produjo el olor a secta.
Esperaba encontrar algo siniestro en aquella cita, sin embargo todo se desarrolló en un ambiente de máxima naturalidad. La gente estaba contenta y desinhibida. Se notaba que se conocían bastante, bromeaban sobre sus respectivos y pasados encargos. Me chocó la variedad tipológica del grupo. Ciertamente cualquiera puede estar muerto.
Pasado un rato, me entregaron como a los otros papel y lápiz, había que apuntar un antiguo deseo. Condiciones únicas: no incurrir en delito y no escribir improbables. Apunté: “Tener un hijo”. Metí el papel en el sobre que adjuntaron a cada uno.
Luego se mezclaron todos los papeles en una especie de saco negro y cada uno cogió al azar uno de los sobrecitos. Cada quien fue leyendo en voz alta el encargo:

# Conseguir una baja laboral por depresión de seis meses.
# Enamorarse de un calvo.
# Cambiar de barrio.
# Mandar treinta ofensivos anónimos al jefe.
# Aprender a esquiar.
# Probar las drogas.
# Apoderar a un torero que esté empezando.
# Vestirme de mujer elegante.
# Conocer Palma de Mallorca.
# Hacer un strip-tease.
# Tener un hijo.
# Salir en un concurso de la TV.

Algunos lo tenían de verdad difícil, tener un hijo le tocó a una mujer de más de cuarenta. El equipo decidió que podría adoptarlo. Al sudoroso que leyó vestirme de mujer elegante le sobraban al menos cuarenta kilos. Enamorarse de un calvo le produjo algo como de morbo a otro calvo, don Segundo. Yo voy a apoderar a un torero que esté empezando. No tengo idea ni he sentido nunca la mínima curiosidad por el mundo taurino, del que sin embargo el portero es un aparente forofo. Por un momento estuve tentada de cambiarle la misión, pero el ambiente de alegre y firme compromiso me tapó la boca. Hubiera sido una estupidez. Ahora que ya ha terminado la reunión comprendo que de lo que se trata es precisamente de vivir los deseos ajenos. Creo que son casi los mismos deseos que los de mis amigos: cumplir con otros, superarse, hacer alguna extravagancia... En fin, solidarizarse o envanecerse, o ambas cosas al tiempo. A veces me parece que uno cambia de casa por cumplir con los hijos, y tiene hijos por cumplir con mamá, y busca ascensos por cumplir con papá, y se divorcia por cumplir con la amante, y se echa un amante para cumplir quién sabe con qué abuelo.
Quizá incluso sea más fácil así, sin haberlo elegido yo y sin mediar necesidad. Tengo que apoderar a un torero y ya está. Punto. El amor vendrá luego. Seguro que al final me enrollo en el tema y me hace hasta ilusión verle salir ileso de las embestidas. Sí, eso seguro, ¿quién permanece indiferente con sangre de por medio? Me alegro mucho de que me haya tocado apoderar a un torero que está empezando... Mañana mismo...


 

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