Para
Cristina P. y su madre
¡Volvemos a casa!
¡Llevo casi mil días sin ver a mi mujer! le dije
a Günther, un soldado conocido que encontré en el pasillo
junto a mi compartimento.
El vagón del tren en el que viajaba cruzó el puente sobre
el Rin que divide en dos la ciudad. La estación destruida por
las bombas había sido sustituida por una vieja barraca de madera
que hacia las veces de despacho de billetes, habitación del jefe
de estación y de los revisores.
Mi tren venía del frente oriental, de Prusia. Cerca de tres años
había estado fuera: dos en la estepa rusa y uno de retirada.
Ahora al volver a mi ciudad, sólo reconocía la catedral
gótica, el resto de lo que yo había conocido eran ahora
ruinas. Las casas del centro de la ciudad habían desaparecido
y en su lugar vi montones de escombros entre los que mujeres mal vestidas
buscaban sus pertenencias perdidas.
Sólo al descender del tren en la improvisada estación
noté el olor a putrefacción que apestaba el aire, y me
llevé la manga de la chaqueta a la nariz. La chaqueta gris del
ejército no me la había cambiado desde hacia meses y mostraba
manchas de barro, grasa y sangre.
Cogí la mochila medio vacía y me dirigí a la explanada
en la que se levantaba la catedral. Desde allí comencé
a andar hacia mi casa. Conocía el camino. Conforme avanzaba advertí
que las calles más alejadas del centro de la ciudad eran las
menos destruidas, algunas casas se alzaban indemnes y como única
señal de la guerra mostraban impactos de bala en las fachadas.
Por fin llegué a la Linzerstrasse, donde había vivido
desde que me casé hacia ya cinco años. En la esquina vi
la barbería de Josua, quemada en los primeros meses de la guerra.
Mi casa aún permanecía en pie. A lo lejos, vi que no tenía
cristales en las ventanas y que éstas estaban cubiertas por cartones,
lo que me produjo una primera impresión de abandono. Aceleré
el paso, llevaba cerca de un año sin recibir noticias ni de mi
mujer ni de mis padres. Tanto tiempo, tantas noches había imaginado
ese instante que ahora no sabía cómo me tenía que
comportar. Me detuve frente a la casa unos momentos y después
toqué el timbre. Transcurridos unos segundos se oyeron pasos
y Hanna abrió la puerta, la reconocí enseguida, aunque
iba mal vestida y su pelo rubio era más corto. Ella dudó
unos segundos, empalideció y susurró:
¿Jurek?
Yo no contesté y la abracé. Hanna, sin corresponder al
abrazo, comenzó a llorar y entre sollozos decía:
¡Jurek! ¡Estás aquí! ¡Me dijeron
que estabas muerto, que no volverías!
Así permanecimos un rato hasta que de pronto se oyó una
voz masculina que venía del salón:
¡Hanni! ¿Quién es?
Miré hacia el pasillo que conducía al salón y en
el marco de la puerta de éste vi una figura apoyada contemplando
la escena. Un hombre sujetaba un periódico abierto y llevaba
puesta una de las camisas que yo usaba cuando iba a la fábrica.
Le faltaba una de las piernas.
Hanna al verlo comenzó a llorar más fuerte tapándose
la cara con las manos.
Lancé una mirada de ira a Hanna. La sujeté por los hombros
y la zarandeé con rabia.
Jurek, ¡Vete, vete! sollozó ella.
La solté, abrí la puerta de la calle y salí dando
un portazo.