Leí el diario de un extraño (2003)

Con la soga al cuello

Carolina Martínez Rodríguez

En el monitor de “llegadas”, el número de su vuelo parpadeaba desde hacía ya diez minutos. La gente, nerviosa, se amontonaba en la salida con ansia de abrazar.
Yo no me moví. Esperé con tranquilidad en mi asiento, el mismo asiento en el que tantas veces me prometí que sería la última vez que esperaba. Lo único que necesitaba era un poco de valor. Una frase inoportuna que me lo pusiera fácil y aquella sería la última vez que nos veíamos en un aeropuerto. La euforia de besos y abrazos me ponía de mal humor, así que, con la mirada fija en un panel al final de la sala, me dediqué a repasar los vuelos uno por uno.
Cuando iba por la mitad, noté que alguien me acariciaba el pelo. Una sonrisa forzada se dibujó en mi boca. Javier había llegado.
Me abrazó con una ternura que destrozaba la soledad a la que él mismo me había acostumbrado los últimos años. De repente sentí unas enormes ganas de llorar y apartarlo de mí y, aunque no lo hice, sé que Javier vio cómo dos ríos de lava abrasaban mi cara.
—¿Cómo está mi niña? —me preguntó pellizcándome la barbilla.
—Pues aquí —dije. “Donde me dejaste”, pensé.
Cuando llegamos a casa era bastante tarde. Estaba agotada y me tumbé en el sofá. Javier me hablaba desde el dormitorio mientras deshacía el equipaje. Me contaba una vez más lo fascinante que era Japón y cuánto le gustaría que me animara a ir con él la próxima vez. Su admiración por aquella gente me hacía reír. Yo pensaba en Japón y no veía más que al mismo chino clonado millones de veces, con el portátil a cuestas las veinticuatro horas del día. Más o menos como estaba empezando a verle a él. Pero aquel día no dije nada. No tenía ganas de volver a oír aquello de que los japoneses no son chinos, etc, etc.
Le pregunté si había cenado algo en el avión. Me dijo que no quería tomar nada y que se acostaría pronto para estar cuanto antes en la oficina al día siguiente. Y tuve una corazonada. Aquella podía ser la frase inoportuna que estaba esperando. Podía reprocharle que me ignoraba después de un mes de ausencia y decirle que me sentía sola aún cuando él volvía, o que ya no me hacía ilusión ir al aeropuerto... pero, ¿cómo se le dice eso a alguien con quien vas a dormir?
Respiré profundamente y fui al dormitorio esperando encontrar algo más a mi favor. Al verme, Javier sacó de una maleta un paquete envuelto en papel rojo con letras japonesas.
—Anda, no estés tan seria. Mira lo que te he traído.
Me quedé embobada con el paquete en las manos, mirándolo, sin abrirlo. Me pilló tan de sorpresa que se me ocurrió pensar que dentro había un payaso de ésos que cuando abres la cajita sale disparado sacándote la lengua y que venía burlándose de mí desde Japón. Lo desenvolví muy despacio. Era el collar de perlas que tanta ilusión me habría hecho algún tiempo atrás. Javier lo cogió y con cuidado lo abrochó detrás de mi cuello. Me pareció que pesaba muchísimo y que, al moverme, se me clavaba sin dejarme respirar. Me miré al espejo. No vi el collar, sólo el sufrimiento debajo de mis ojos.
—No has debido gastarte tanto dinero en mí —le dije.
Él se acercó y me besó en la mejilla.
—Te sienta muy bien.
Salió del dormitorio y se metió en el cuarto de baño. Quise quitarme el collar, pero no era capaz de desabrocharlo. Empecé a agobiarme con aquella presión en el cuello y me puse a llorar como una tonta.
—He traído un libro interesante —me dijo a gritos desde el baño—. Es de cocina. Para hacer sushi. Está en la maleta.
No sabía a cuál de sus tres maletas se refería así que abrí la única que estaba sin deshacer. Revolví con cuidado la ropa hasta que toqué con los dedos algo duro.
Levanté de un lado las camisas y allí, en el fondo de la maleta, había un paquete envuelto en papel rojo con letras japonesas exactamente igual que el mío. Por un momento pensé que él lo había vuelto a guardar allí, pero estaba perfecto, sin arrugar, sin abrir. De repente dejé de llorar, pero el corazón acelerado hacía que todo mi cuerpo temblara sin control. Volví a cerrar la maleta. No podía respirar. Intenté en vano volver a quitarme aquella soga del cuello. Tenía las manos heladas. No sabía qué hacer. Busqué el libro y me metí en la cama tratando de tranquilizarme. Miles de payasos con la lengua fuera saltaban delante de mí. Debería alegrarme, ¿no? Me lo había puesto realmente fácil. ¿Por qué no me enfurecía entonces?, ¿qué me estaba pasando?
Javier salió del baño. Todo quedó invadido por su olor. Entró en el dormitorio con una toalla en la cintura y un sentimiento de posesión se apoderó de mí.
—¿Vas a dormir con él? —me preguntó riéndose.
—No puedo quitármelo.
Se sentó a mi lado y con cuidado lo desabrochó detrás de mi cuello. Me miró sonriente y me dijo:
—Si quieres, mañana lo podemos intentar.
—¿Intentar qué? —pregunté esperanzada.
—El sushi —dijo señalando el libro—. Seguro que te sale perfecto.
Se durmió enseguida.
Yo, tumbada a su lado, me ahogaba imaginando la verdadera soledad.
Pensé en Japón y, por primera vez, entre millones de chinos, le vi a él, repasando los vuelos, esperándome.

Mi amigo el viajero

Cada noche, al acostarme, mi amigo el viajero se sienta al borde de mi cama y charlamos un rato. Me pregunta qué cosas he hecho cada día, si he conocido a alguien, si he aprendido algo nuevo, si viajé a otros países... Le digo que los otros países están muy lejos y no tengo tiempo, pero nunca me cree y, me hace prometerle que mañana iré a la India y tendré muchas cosas que contarle por la noche. Y así lo hago, a sabiendas de que no lo conseguiré.
Mi amigo el viajero es absolutamente genial. Lleva un inmenso abrigo de colores, una hoja de otoño pegada en los zapatos y una vieja maleta en la que apoya los pies mientras me escucha atentamente.
Una noche le dije que no tenía nada que contarle y, de repente, le entró mucho sueño y se quedó dormido. Cuando despertó, el tren a Estambul se había marchado sin él. Así que el pobre todavía no ha ido a Estambul por mi culpa.
Desde entonces, le digo que el día no dio para mucho pero que no me regañe porque se lo estoy contando, que es de lo que se trata y se ríe tanto que me hace reír a mí también. Como veo que no se duerme, le pregunto si irá a Estambul y me dice que no podrá porque se ha enterado de que el tren a Estambul sale cinco minutos después de que yo le cuente si me ha gustado la India. Pero me habla de otros viajes y me enseña a soñar.
A veces sueño que llego a una estación y en la ventanilla le digo a un señor que quiero un billete para la India porque tengo que aprender muchas cosas para contárselas mañana a mi amigo. El señor no me hace caso y me aburro tanto que me quedo dormida y pierdo el tren por su culpa.
La noche siguiente mi amigo el viajero se sienta al borde de mi cama para charlar un rato. Me pregunta qué he hecho, si he conocido a alguien, si he aprendido algo nuevo, si he viajado a otros países... Le digo que lo intenté, pero no me cree. Me dice que si hago las cosas como él, se aburrirá y se quedará dormido y me hace prometerle que mañana iré a la India y tendré muchas cosas que contarle por la noche. Y así lo hago, a sabiendas de que no lo conseguiré.

 

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro