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A mis trece años el
problema no era tanto que mi futuro padrastro fuera una especie de gurú
moderno (con miles de collares en el cuello y vestido siempre de blanco),
tampoco que fuese gordo como una foca o que llevara siempre un puro apretado
entre sus dientes: lo que de verdad me molestaba era que fuese tan pesado.
Mi madre y él se habían conocido en el Hospital donde trabajaban
los dos. Y desde ese día en que mamá lo trajo a casa, al
Gurú parecía hacerle mucha gracia llamarme Luck,
como si Lucas no fuera ya humillante para que encima él le añadiera
ese aire guiri que yo tanto odiaba entonces.
La primera vez que encontré al Gurú en casa mamá
me lo presentó como un amigo del Hospital. Cuando vi
su extraño atuendo me quedé mudo, y mamá debió
notarlo, porque enseguida añadió orgullosa como si
aquello me importara que su amigo ya tenía el grado de enfermero
jefe. Que tenía el grado, así fue como lo dijo.
Yo, por mi parte, desde ese día metía la llave en el cerrojo
cada vez que volvía del colegio y me quedaba un rato parado olfateando
tras la puerta, porque sabía que si olía a puro eso sólo
podía significar una cosa: que el Gurú estaba ahí,
en mi casa. Fueron muchas las veces que desde entonces tuve que prepararme
la merienda yo solo. Y lo que es peor, comérmela en la cocina igual
que esos huerfanitos que se ven en la tele haciendo el indio mientras
mamá y mi padrastro pasaban toda la tarde encerrados en la habitación
de ella.
Aun así, yo nunca empecé con eso de que los padrastros esto
y aquello, como hacían los otros chicos de mi barrio, y eso que
estaba acostumbrado al silencio en el que vivíamos mamá
y yo. Un silencio de toda la vida. Pero desde el mismísimo momento
en que el Gurú pisó nuestra casa, mi vida social fue un
auténtico infierno. En los pasillos del colegio se corrió
la voz de que yo era el hijo de un brujo gordo y pesado. El Diablo
Pérez me ponía toda clase de motes y eso que era yo
quien le llevaba las revistas de chicas desnudas; y lo peor es que
tenía que aguantármelo si no quería volver del colegio
con una mano rota. El asunto se había vuelto una cuestión
de dignidad.
¿Para qué explicar por qué Virginia dejó de
ir al cine conmigo? Me puso la estúpida excusa de que su madre
se lo había prohibido porque le daban miedo los brujos y daba la
casualidad de que yo era el hijo de uno. En cuestión de semanas,
yo había descendido a lo más bajo de la escala social del
colegio. Lo que es lo mismo que decir que para mis amigos era casi como
un muerto y ya no podía descender más. Mis notas también
descendieron incluso en Biología que era mi asignatura favorita
y hasta dejé de ser el diseccionador de bichos número uno
de la clase. Todas las tardes me preguntaba a dónde iba a llegar
aquello. ¿Y adónde llegó?
Ocurrió un lunes un Día de Difuntos y fue tan
simple como salir del colegio y encontrarme al pesado del Gurú
sonriente y gordo, como siempre esperándome al otro
lado de la verja con los brazos cruzados. Allí. Parado a cinco
pasos del Diablo Pérez, de Virginia y de la directora,
con la que yo siempre había tenido una bien ganada fama de duro.
El Gurú iba vestido con su eterno atuendo blanco y sus montones
de collares. Pero eso no era lo peor, pues que tu padrastro vaya a buscarte
al colegio a esas alturas como si fueras un crío ya es humillante,
pero si para colmo de males trae una cinta de flores en la cabeza sujetándole
el pelo, ya puedes olvidarte de tu vida social. Eso era lo peor. Pero
el caso es que allí estaba.
Mira, es tu padrastro me gritó desde la verja una voz
como de ultratumba. O la voz de algún espíritu burlón,
no lo sé ni siquiera quise mirar quién lo había
dicho. Porque yo no aguantaba al Gurú, es verdad. Solo que
tampoco me sentía capaz de hacerle semejante feo a mi madre. Pero
lo cierto es que no tenía alternativa. Así que sostuve mi
dignidad hasta donde pude y dije adiós a Virginia agitando
la mano.
Miré de reojo al Diablo Pérez. Y crucé
la verja del colegio con una sonrisa de circunstancias, la mejor que conseguí
sacar. Entonces el Gurú vino a mi encuentro, me dio una palmada
en el hombro, y dijo que tenía que hablar conmigo de hombre a hombre.
Ya echábamos a andar por la acera cuando vi que se paraba y hurgaba
en su chaqueta blanca. Fue cuando sacó la caja de tabaco.
¿Fumas? me ofreció.
Yo me quedé mudo de la sorpresa, pero agarré el cigarro
entre el pulgar y el índice, como hace Al Capone en Los Intocables
y le di varias caladas mientras el Gurú me lo encendía,
poniendo todo mi empeño en no toser. Empezamos a andar otra vez,
rodeando la verja del colegio.
Luck me dijo entonces, ya eres un hombre y tienes edad
para comprender. Tu madre y yo queremos estar juntos. Por eso vine. Y
hemos decidido hacer las cosas bien, como debe ser.
Eso me dijo el Gurú, y empezó a contarme que él y
mamá querían casarse. Pero la verdad es que no le presté
mucha atención, porque en aquel momento a mí sólo
me importaba que el Diablo Pérez y Virginia me vieran
fumando. Así que empecé a caminar a paso de tortuga, mientras
el Gurú me ponía una mano en el hombro. Caminaba fingiendo
que le escuchaba, y volviendo la cabeza a veces hacia la puerta del colegio.
Fue así como vi que el Diablo Pérez, desde lejos,
también volvía la cabeza para decirme adiós con un
respeto insólito. Y aunque una tarde, dos semanas después,
el Gurú vino a esperarme sonriente, como siempre, con sus
collares y su puro, yo le di un cariñoso apretón de
manos y me fui con Virginia; que nunca más volvió a ponerme
excusas tontas las tardes de sábado que quedábamos para
ir al cine y que dejó que le tocara las tetas.


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