Mi negrita

 Arogin Large

Para Paulsen, por ser como eres

El calendario, colgado en un ángulo de la boardilla, está abierto en abril, y ella dibuja un círculo rojo y lo repinta varias veces, hasta que el número 18 desaparece, dejando un redondel espeso y brillante de carmín. Desde hace un año ella hace lo mismo. Cada vez que presiente que Jorge vendrá a verla, y con el miedo pegado a sus entrañas, se acerca al calendario y sella la fecha con una densa capa de carmín rojo.

Han pasado quince días desde esa otra tarde en el portal cuando vio a Jorge por última vez. Hay un círculo rojo en la primera línea de números. El número 3 del calendario está sepultado bajo una capa algo menos roja, y aún menos brillante.

Ese día venía de hacer la compra y regresaba a la buhardilla con un presentimiento. Le divisó en el portal, nada más girar la esquina de su calle y corrió hacia él. No le dio tiempo a decirle nada. Le besó con pasión sin soltar las bolsas de la mano. Jorge se agarró como pudo a las paredes, al tiempo que miraba receloso, por si salía algún vecino. Le dijo, con frases entrecortadas, que casualmente pasaba por allí. Ella apenas le escuchó, seguía besándole, con todo su cuerpo apoyado sobre él y las bolsas desparramadas en el suelo del portal.

Le invitó a la buhardilla, se lo dijo entre beso y beso, pero él se negó a subir. Ese día se quedaron allí abajo. Ella le desabrochó la camisa, dejando sus hombros recios y el pecho blanco al descubierto. El pudor de él daba vida a sus manos pintadas de ébano, que recorrieron sin el menor recato ese torso lampiño, que tanto le gustaba. La camisa colgaba fuera de sus pantalones y Jorge no dejaba de mirar a todos lados con recelo, pero sonreía. La dejaba hacer. Con besos chiquititos ella cubrió su piel blanca, llena de pecas y por un momento consiguió que él cediera. Se quedó quieto con los ojos cerrados y a duras penas apoyaba la espalda en un ángulo del portal. Esa tarde ella subió sola a la buhardilla.

Durante quince días con sus noches, no ha tenido noticias suyas. Nada ha sabido de él, ni una llamada, ni una visita. Cada tarde, al llegar a casa, ha mirado el calendario, contando los días, esperando. Sabe que hoy, domingo por la tarde, se pasará a verla y ella se prepara. Se ha puesto un vestido de seda, color tierra, transparente.

En abril la luz que se cuela por la claraboya de su buhardilla es más fuerte y le perfila el cuerpo a contraluz. Se mira en el espejo del tocador: los senos turgentes, las caderas anchas y firmes, el vientre naciente, con forma... Huele a primavera. Ella observa que sus manos le brillan. Tiene las yemas de los dedos manchadas de carmín e instintivamente se roza los labios sin pintar.

Faltan quince minutos para las cinco de la tarde. Ella se pinta la boca y acerca su rostro al espejo. Con gesto coqueto la aprieta suavemente hasta que la pintura roja se extiende uniforme. Jorge está a punto de llegar. Retrocede dos pasos sin dejar de mirar la imagen del tocador. Sonríe provocativa y con la lengua se moja los labios. Está lista.

Se deja caer sobre la cama, situada a ras del suelo. Sus piernas, sus nalgas y toda ella se estremece al contacto de la sábana de lino blanco que cubre la cama. Cierra los ojos e imagina a Jorge deslizándose por el oscuro portal, abriéndose paso a hurtadillas, subiendo las escaleras. Una suavidad tersa y profunda, cada vez más húmeda la envuelve por dentro. Puede imaginar sus manos recorriendo su piel y casi percibe el suave despertar que le provoca.

Las campanadas de las cinco de la tarde comienzan a oírse en la buhardilla. Ella gira la cabeza, de cara a la luz, las cuenta una a una, moviendo los labios, en silencio. Se incorpora apoyándose sobre los codos, con el pelo ensortijado aún más revuelto y las mejillas tan rojas como el carmín de su boca. Busca con la mirada el reloj en la mesilla de noche. Sus ojos se quedan fijos. El espejo del viejo tocador de madera sigue allí, mirándola, con el vestido de seda pegado a su cuerpo.

Las manecillas marcan ahora las cinco y cuarto. ¿Dónde esta? ¿Por qué no viene? Su cuerpo se hace un nudo con la almohada. Tiene frío en los pies y el miedo hace estragos en sus entrañas. Se queda muy quieta, esperando. Escucha unos pasos. Ella sabe que es él. Se lo imagina subiendo por la escalera interior, acercándose a la entrada, sabiendo que encontrará la puerta entreabierta. Ella se abraza a la almohada y se sienta sobre sus rodillas. Ahora su mirada se fija en el espejo del tocador. Espera.

Son las cinco y veinticinco. Han pasado sólo diez minutos y su corazón late cada vez más deprisa. La figura de Jorge aparece reflejada en el espejo.

—Hola, mi negrita.

Se queda un instante en la puerta, mirándola. A ella sus ojos le parecen ahora aún más azules. Sabe que él no dirá nada más. Se acerca a la cama, despacio, sonriente. Un fuerte temblor la recorre desde el nacimiento de la espalda.

Jorge se detiene un momento delante de la cama. La luz es cada vez más tenue en la buhardilla y ella no aparta sus ojos de él. Unos ojos que le reprochan la insensatez de su silencio, que quieren hacerle responsable de la ansiedad que la domina por dentro.

El espejo del viejo tocador de madera refleja la imagen de los dos. Jorge se sienta a su lado y Ella se acurruca en su regazo, siente sus dedos que ahora se pierden en su pelo ensortijado, que también bajan por sus hombros, despacito. Ella ríe, juguetea. Se pone de cuclillas, levanta el culo, las caderas y se mira en el espejo, le provoca. Jorge la mira y sonríe. El vestido de seda, color tierra se termina por enrollar en su nuca. Deja al descubierto, además de unas nalgas firmes y redondas, su espalda de ébano. Casi no hay luz en la buhardilla y un débil halo se cuela por la claraboya. Los ojos de ella se quedan otra vez fijos, perdidos en el lado oscuro del espejo.

Jorge la coge por la cintura y suavemente la tumba en la cama. Ella no sabe cuánto ha estado de cuclillas, desnuda. Su piel se convierte ahora en un lienzo negro donde él pinta y repinta mágicos círculos con sus manos. Ella sólo siente... percibe el despertar que esas manos le provocan, y por momentos, escucha su respiración, muy cerca de su cara. En el espejo del tocador sus cuerpos están cada vez más juntos, los límites de ambos disueltos en la penumbra que se ha tomado la buhardilla, entrelazados en un abrazo aún más estrecho.

La oscuridad es cómplice y entonces ella consigue deshacer el abrazo y comienza a cabalgar encima de él. Sabe que es ahora cuando el miedo que sigue pegado a sus entrañas la lanzará hacia adelante. Sin dejar de moverse y sin quitarle los ojos de encima, le inunda con besos chiquititos. Le conduce amorosa, durante horas, dulcemente, con movimientos casi imperceptibles. El vientre cada vez más blando, el pecho abierto y las piernas sueltas. Se acerca a su cara y acompasa todavía más su respiración a la suya. Ella ya no tiene miedo. Los ojos de él brillan cada vez con una luz desconocida y ha dejado de contenerse. De la mano de ella, Jorge corre el velo del éxtasis con sus ojos azules bien abiertos. Los primeros rayos de sol ya se filtran por la claraboya de la buhardilla y ella le acuna en su regazo. La cabeza de él entregada en sus brazos, sus rizos revueltos y en los labios manchas de carmín rojo. Ella tiene el miedo nuevamente pegado a sus entrañas. Ella sabe que cuando él se marche no volverá a verle.

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