Matar a un muerto

 Chelo Morales


Iba concentrado en mi respiración mientras hacía footing por el Retiro, como cada día al anochecer, procurando seguir con la mente y el cuerpo el ritmo monótono que marcan las inspiraciones. Además llevaba los ojos cerrados porque siempre me ha gustado confiar en mi intuición y conocía el camino al detalle ya que desde hacía diez años seguía el mismo recorrido. Aparecer cada día, exactamente a la misma hora, en el mismo lugar exacto del paisaje, me hacía sentir que yo era parte de algo transcendental, inmutable como el universo, parte del plan que rige, mediante las leyes de la Naturaleza, las mareas, los cambios de estación o la aparición de la Luna que venía a acompañarme en mi carrera y quizás, pensaba, ella salía porque yo corría. Que yo rompiese mi rutina metódica y rigurosa para estar presente en ese plan divino no dependía de mi voluntad y era tan excepcional como puede serlo un eclipse o un terremoto.

De repente, tropecé y me caí. Miré rápidamente a mi alrededor para comprobar si alguien me había visto, pero el pasillo estaba desierto. Me palpé durante unos segundos el tobillo derecho que me dolía, pero sólo era por el golpe, no había lesión. Decidí proseguir no sin antes buscar la maldita raíz que había osado interrumpir mi ritual diario.

Lo que vi fueron dos viejas chirucas que sobresalían de un mugriento pantalón de pana por debajo de un matorral. Di la vuelta al matorral y allí estaba el resto del cuerpo durmiendo la mona: ¡un asqueroso borracho, eso es lo que era! Le zarandeé con el pie para despertarle pero ni se inmutó, así que le di más fuerte. Seguía sin reaccionar. Me agaché para ver si respiraba, pero su pecho ni subía ni bajaba. Olía a vómito y daba asco tocarle, pero aún así le cogí la muñeca cubierta de pequeñas costras y noté un débil latido, al menos a mí me pareció que latía, así que debía de estar vivo.

Le miré detenidamente la hinchada nariz llena de poros negros y venillas rojas, los pelos le salían por los orificios como si fueran las patas peludas de algún insecto metiéndose entre el bigote manchado de vino y baba seca. Registré los bolsillos de su chaqueta buscando algún papel que proporcionara un nombre a aquel cuerpo y le dotara así de la facultad de pertenecer a la especie humana, pero parecía ser un indigente sin documentación, un perro callejero que no lleva placa de identificación.

Tenía los ojos cerrados. «Ahora», pensé, «los abrirá y se sentará de golpe riéndose de mí. Eso es lo que quería el capullo, reírse de mí». Enfadado le tapé la nariz para obligarle a abrir la boca, pero ante su tozudez le apreté también los labios haciendo pinza con los dedos de mi otra mano. Esta situación me hizo recordar un antiguo juego que me hacía Paula, mi hermana mayor, cuando yo era sólo un renacuajo de seis años:

—Di Pamplona —me escuché decir.

Los carrillos se le inflaron levemente, al menos a mí me lo pareció, así que me animé.

—Di Pamplona —le repetí riendo.

«Igual abre la boca y me muerde», pensé. «¡Será hijoputa! ¡Pues no quiere morderme!» Apreté con fuerza clavándole las uñas en los labios, pero me contuve a tiempo para no hacerle sangre. «Seguro que tiene el sida, un vagabundo apestoso y sidoso, eso es lo que es, un deshecho». Pensé que él querría morirse si es que no lo estaba ya. Lleno de buena voluntad me dispuse a ayudarle y hacerle un favor a él y al mundo.

«¿Cuanto aguantará una persona sin respirar antes de morirse?», me pregunté.

Para asegurarme decidí contener mi respiración hasta que no pudiera más y luego además contaría hasta mil antes de quitar los dedos.

Así lo hice y le vi sonreír. Al menos a mí me lo pareció.

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