A mi padre

 Chelo Morales

Tú me enseñaste, en contra de mi voluntad, a besar cuando era niña. Me alzabas en brazos, me estrechabas muy fuerte y golpeabas tu boca contra mi cara una y otra vez, mordiéndome el carrillo, chupándome el cuello, los ojos, lo que pillaras, y restregándome el bigote que enrojecía mi piel y me pinchaba. Eran besos sonoros acompañados por tus gruñidos de deleite y mis gritos de dolor. Yo lloraba y te pegaba mientras me besabas con tanta ansia que me devorabas. Luego, cuando fui mayor, eché de menos tu pasión de padre y nadie ha vuelto a besarme así, con violencia, con olor de saliva sin sabor. Nunca he buscado la ternura del cariño, porque gracias a ti aprendí que cuando el amor es intenso tiene que hacer daño y ahora yo no sé besar sin que mis dientes se adelanten a mis labios.

Tú me enseñastes a leer a todas horas, incluso mientras comíamos. Recuerdo que en la mesa nadie hablaba, si no tú te enfadabas porque leer era sagrado y en casa no había más reglas que las tuyas. Yo apoyaba el TBO contra el vaso y tú el ABC, ese diario gordo con una grapa en medio para que no se deshojara, el que publicó tus poemas cuando eras joven y en el que luego trabajaste hasta que te echaron por rojo. Sin embargo, siempre le fuistes fiel y en casa no entró nunca otro periódico, ni siquiera cuando salió El País y todo el mundo lo compraba.

Tú me enseñastes a mentir, porque cuando me enamoré de Mario y yo, tonta de mí, te lo conté, me diste a elegir. No ibas a pagarme mis estudios para que acabara casándome con un muerto de hambre. Las mujeres inteligentes tenían una profesión y varios amantes, no un marido. Me hablaste durante horas explicándome que el primer amor se pasa, que es sólo una ilusión de juventud. Me enumeraste la lista de tus novias, novias de años con las que nunca pensaste en serio casarte, hasta que murió tu madre cuando tenías 44 años, la imprenta en marcha y conociste a mama que sólo tenía 20. No paraste de hablar hasta que te prometí dejar a Mario. Aquel día me hice mayor para ti y nunca volviste a preguntarme dónde iba o con quién salía porque confiabas en mí. Pero yo no le dejé, me acostumbré a mentir y, cuando acabé mis estudios, me casé con él. Gracias a ti aprendí que mintiendo podía tenerlo todo sin renunciar a casi nada.

Lo último que me enseñaste fue a considerar la muerte como una liberación. Yo estaba contigo mientras te morías en una habitación de hospital, pero en ese momento me había dormido sin querer y cuando desperté lo primero que vi fue que la cánula del oxígeno se te había salido de la nariz y te colgaba por la barbilla. Me levanté de un salto, pero tú ya no respirabas. Quizás en plena agonía te quitaste el oxígeno con la mano al intentar llamarme, pero nunca lo sabré porque yo dormía. Me hubiera gustado darte un beso de despedida justo cuando te ibas. Contigo murió la autoridad. Ahora las normas las marco yo, y nadie ha vuelto a darme nunca una orden, aunque eso ya me me haya costado más de un disgusto.

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