El majareta

 Guillermo Muñoz

A Silvia

En aquel pueblo todos creían que Julio Díaz estaba chalado porque decía que allí arriba, en la montaña, sucedían cosas increíbles. Lo llamaban el majareta porque cada noche se iba a hacer footing al cementerio, o al menos eso era lo que creían en el pueblo. Pero lo cierto era que Julio Díaz sólo pasaba por delante del cementerio para poder llegar a la montaña. Sin embargo, la gente del pueblo prefería sacar sus propias conclusiones, y desde que una pareja lo viera por la noche cruzar el cementario, todo el pueblo llegó a la conclusión de que el pobre Julio, a pesar de lo bien que cumplía con su oficio de jardinero, debía de estar completamente loco.

Hacía buena noche y parecía que habían pasado los rigores del invierno. Julio Díaz subía las empinadas cuestas de la montaña en dirección a la cumbre. Sólo durante ese breve trayecto, Julio conseguía despistar su soledad. Mientras subía la montaña, haciendo footing, se olvidaba durante un rato del maldito pueblo y sus tonterías. «Qué importa que me llamen loco, si soy un loco que sueña», se dijo a sí mismo mientras dejaba de hacer footing para empezar a correr tanto como le daban sus piernas. A medida que iba subiendo más ganas tenía de llegar a la cima, y cuanto más arriba estaba más despistaba su soledad. Hacía una noche preciosa, llena de estrellas y de esperanza. Tenía ganas de llegar a la cima de la montaña para tumbarse a divisar las estrellas. En el fondo, eso era lo que le impulsaba a subir cada noche la montaña. Divisar las estrellas, la Luna, y algunas veces, escuchar a lo lejos las olas del mar.

Cuando aquella noche Julio alcanzó la cumbre de la montaña y se sentó a divisar las estrellas le ocurrió algo que no le había ocurrido jamás. Una estrella había caído delante suyo, a escasos metros, justo en la pequeña casa deshabitada que coronaba la montaña. Sin poder creérselo Julio se levantó de un brinco y comenzó a buscar su estrella alrededor de la casa deshabitada. Pero allí no encontró nada. Estuvo buscando durante horas en cada palmo de la extensa cima de la montaña. Antes de darse por vencido decidió intentar la búsqueda dentro de la oscura casa deshabitada, pero fue imposible porque allí dentro no se veía ni su propia sombra. Sintió miedo, era como si a alguien no le gustara su presencia y lo empujara lejos.

A la mañana siguiente, cuando Julio llegó al parque en el que trabajaba como jardinero, se encontró sus flores más tristes que nunca. Allí estaban sus petunias, sus geranios, sus pensamientos... y qué mustias estaban. El invierno estaba acabando con ellas y era hora de renovarlas.



Entonces arrancó las flores una por una y las limpió de piedras y raíces. Cavó en la la tierra e introdujo nuevas semillas, rompió las malas hierbas con las manos y se ayudó con los tacones de sus botas. Luego esparció el abono y rastrilló. Era un jardinero infatigable y a pesar de todo tuvo que escuchar un día más que lo llamaran majareta: «No se te ve el pelo, majareta», le dijeron poco antes de terminar con su trabajo e irse de nuevo a la montaña. Se dirigió a la montaña aunque sabía que a esas horas todavía no habría estrellas. Allí pasó la tarde, y fue una larga tarde, sin estrellas ni esperanza.

Pero luego llegó la noche y en las alturas comenzó a zumbar el eterno canto de los dioses, ese ronroneo lejano, apacible y silencioso que jamás se calla. Julio miró a lo lejos, se preguntó qué habría tras el maldito pueblo. Allí arriba se imponía también el abismo y la oscuridad, algo ciego e inquietante, extraño, algo así como la propia vida. Transcurrió un instante. Durante ese instante algunos insectos se elevaron volando hacia lo lejos. Allí ya no quedaba nadie.

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