Concha

 Carmen Narbarte


Concha se atusaba los pelillos blancos que le escapaban del moño recogido en la nuca. Mientras tanto permanecía algo encorvada, ante la presencia de dos guardias.

—No puedo vivir sin casa, señores —dijo—. A mí, un poquito de verdura con aceite me mantiene, pero sin casa moriría. Quizá en otra vida he sido un caracol...

Rodríguez y Valdés comenzaron a reír a carcajadas ante la ocurrencia de la anciana.

—¿Y qué tal es la vida de caracol, abuela? —bromeó Rodríguez.

Concha calló. Parecía no saber la respuesta. Acaso lo del caracol se le había ocurrido por su propio nombre de pila. Respiró hondo y al cabo de unos segundos alisaba los pliegues de su falda con un gesto tranquilo.

—Mucho mejor que esta vida de persona, hijo mío —respondió—. La longevidad sin casa no vale nada.

De nuevo quedó muda y los hombres también siguieron en silencio. Los ojos y las piernas de Valdés se movían impacientes de un lado a otro.

—Lo sentimos señora, tiene ocho recibos del piso sin pagar y cumplimos con nuestra obligación.

El tono de Valdés cayó rotundo en «obligación» y parecía resonar en el tímpano de los tres.

—Es la misma obligación —repitió— que la protege a usted como ciudadana. No nos ponga las cosas más difíciles.

La mujer no volvió a protestar. Amontonó sus pocos cachivaches en unos plásticos, los ató con una cinta y ciñó a su espalda el racimo de bolsas. Luego se cubrió con una toquilla jaspeada que resbalaba desde el moño y le caía por la espalda. Antes de salir, cerró las puertas de las habitaciones como hacía siempre.

Los agentes se sabían el ritual y aguardaban con cara de fastidio.

Al bajar a la calle, Concha respiró la humedad del otoño. Caminaba arrastrando levemente una de las piernas, pero no se detuvo hasta alcanzar la boca del metro. Una vez dentro, entre los vahos del túnel, notaba un poco de calor que la revivía. Por momentos, sus miembros se invertebraban y las articulaciones se le distendían plácidamente.

Sonrió.

Pegada a la pared de azulejos blancos, pudo llegar hasta la cabina del fotomatón. Allí permaneció frente al espejo, contemplando su cuerpo envuelto en la toquilla jaspeada, las filigranas en espiral y el brillo acuoso de su piel, debajo del caparazón.

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