A ver cómo se lo digo a Victoria

 Luis Félix Navarro Parada


A mi madre y mi padre.

Recordad mis cuentos cuando estéis

en el cielo y no podáis leerlos.



Siete mil cuatrocientos cincuenta, siete mil cuatrocientos cincuenta y uno, siete mil cuatrocientos cincuenta y dos, siete mil cuatrocientos cincuenta y tres... Llevo tres horas y media contando los puntos de pintura de gotelé que hay en el techo. Llevo siete días aquí y cada momento que pasa me encuentro más aburrido y desanimado. Dejo de mirar al techo y me vuelvo para observar a mi madre, que acaricia mi mano derecha con dulzura, observa mi rostro con cara de penitencia, como queriendo alentarme. Le pido por favor que me acerque el parte diario del estado del paciente que se encuentra a los pies de mi cama. Ella se levanta a medias, y recogiendo la pequeña libreta metálica me la entrega con la misma cara de penitencia, acompañada de una resignada sonrisa.

Acerco los papeles escritos para saber cómo me encuentro hoy. Después de alegrarme por descubrir que mi cuerpo se halla en un deplorable estado de salud, arrojo la carpeta al suelo y dedico mi atención a relajarme por completo.

De repente oigo a Victoria; sí, mi novia, que ha llegado sin que me dé cuenta. Estaba junto a mi cama, como en días anteriores. Y, como desde el primer día, seguía hablándome ahora intentando tranquilizarme.

—No te preocupes, cariño mío, estoy aquí y no te voy a abandonar —no sé cómo definir la voz de mi novia en esos momentos: cínica, sincera o tal vez ninguna de las dos cosas—. Tranquilo, ya verás cómo te curas y cuando todo esto termine me ocuparé de ti.

Con esas palabras terminó de hundirme. No sabía si lo decía porque en esos momentos gozaba de un considerable cargo de conciencia; o, por el contrario, quería darme a entender que aún no había acabado conmigo, y que cuando saliera se ocuparía de rematarme.

El caso es que en esos instantes, mientras ella hablaba, yo sólo fingía escucharla. En realidad pensaba en otras cosas. Empecé a recordar cómo comenzó todo y de qué manera llegué a estar postrado en una maldita cama de hospital.

Había conocido a Victoria de la manera más inesperada y en un momento de mi vida en el que no creía que me volviera a enamorar, y de verdad que creía haberlo conseguido. Ninguna mujer había conseguido atraerme para comenzar una nueva relación, hasta que llegó ella.

Antes de aquel primer día en que la vi, yo había mantenido dos noviazgos, pero ambos habían salido mal. La verdad es que, por mis experiencias anteriores, terminé tan escarmentado de mis relaciones amorosas que tomé la determinación de no volverme a enamorar. Pero tuvo que llegar ella, con su suave melena que ondeaba al viento como ninguna otra, con su amplia sonrisa que desmerecía la más grande de las tristezas, con sus pecas rodeando su fina y puntiaguda nariz y, sobre todo, sus labios: tan encarnados y suaves. El caso es que desde el primer día en que la conocí supe que la rondaría, que la conquistaría, que saldría con ella, y que volvería a ser un calzonazos otra vez. Y ciertamente lo he sido. Y de qué manera. Yo, que me creía un tipo bastante seguro, nunca me he sentido tan vulnerable como con Victoria.

Desde el primer día no valía lo que yo pensara o sintiera. Lo único que importaba era ella y todo lo suyo. Aunque debo de confesar que nunca ha sido culpa suya, sino mía. Siempre le he consentido todo, incluso su mayor defecto: pegar. Le encantaba hacerlo. Era como una afición para ella. Os puedo asegurar que tenía las manos demasiado largas. Pegaba a su padre, a su hermano, a sus vecinos, a sus amigos, a los compañeros de trabajo, incluso a gente con la que se relacionaba poco y que sólo veía en contadas ocasiones. Y por supuesto me pegaba a mí, con la diferencia de que conmigo lo hacía en confianza, no como a los demás, que los pegaba cariñosamente.

Nunca se me olvidará la gran paliza que me llevé la noche que no le di la razón cuando Juan la llevó la contraria, o la tunda de puñetazos que recibí cuando me negué a ir a Ávila porque yo quería ir a Segovia, o la somanta de tortazos que me dio en nuestro primer día de San Valentín porque no acerté con el regalo. ¡Nadie se podrá nunca imaginar la manera tan brutal que tenía mi novia de pegarme!

Pero lo peor de todo es que esta situación se repetía día tras día y por las razones más imbéciles. Valga como ejemplo los miércoles: estos días siempre me gustaban y me levantaban el ánimo porque era cuando tocaba hacer el amor. Pues bien, el setenta por ciento de las veces nunca llegábamos al orgasmo. Bueno, a decir verdad era yo el que nunca llegaba al éxtasis, ya que cuando ella alcanzaba el delirio pleno no continuaba y a mí me dejaba con las ganas: que si ya está bien por hoy, Antonio; que si ya me he cansado, Antonio; que si ahora ha empezado a dolerme la cabeza, Antonio; que si tú tardas mucho, Antonio, y yo enseguida llego al orgasmo. Eso sí, ante estas situaciones sí que me quejaba enérgicamente: «Pero, Victoria, yo también tengo derecho a disfrutar». ¡Zas! Estas veces tenía suerte. Sólo me llevaba un puñetazo en el pecho. «Tú no tienes ningún derecho y tu obligación es dar gracias porque sea tu novia». Pobre de mí.

Y así un día tras otro, hasta que se acababa una semana y empezaba otra sin que nada cambiara. Había llegado a la certeza de que la situación tenía que reventar por algún lado. Nadie aguanta tanta agresión física y yo ya había llegado a mi límite de resistencia. Y la situación saltó por los aires unos meses después, cuando Manolo y Almudena nos invitaron a su boda.

—Escucha, Antonio, se acerca la boda de Manolo y Almudena.

—Ya lo sé, mi vida —le contesté con voz tierna y escurridiza.

—Pues también sabrás que aún no te has comprado nada adecuado para la ocasión.

—Sí, Victoria, por supuesto que lo sé. Pero es que he estado pensando en ello y creo que no deberíamos ir.

Al escuchar mi respuesta Victoria se abalanzó sobre mí.

—¿Qué estás diciendo? ¡A esa boda debemos ir! ¡Joder, Antonio, que se trata de Manolo y Almudena! ¿Es que no lo recuerdas? ¡Y van a celebrar su unión sentimental para lo que les resta de vida!

—De eso se trata —le contesté con valor, dispuesto en ese momento a comerme el mundo entero—, de la alianza que van a contraer el uno con el otro y que, en teoría, les debe durar hasta el día de su muerte. Y eso es lo que me da congoja y me revuelve el estómago. Me pongo a pensar en ello y cuando veo que llegará el día en que yo me tenga que casar contigo y tener que aguantar tus palizas el resto de mi vida, me muero por dentro, Victoria, te lo aseguro, me muero por dentro.

La reacción de ella al oír mis palabras fue de auténtico guerrillero. Se quitó la chaquetilla que llevaba puesta, se subió las mangas de la blusa negra transparente que tanto me gustaba y, con los ojos encharcados en sangre, me cogió del cuello, me empujó hacia la pared, y sin ninguna posibilidad de defenderme, Victoria me asestó un derechazo que se incrustó directamente en mi ojo izquierdo, me regaló dos puñetazos que se alojaron a izquierda y derecha de mi tórax y quiso rematarme con un golpe certero del cenicero de mármol que adornaba la mesa del salón. Caí de rodillas al suelo sangrando por todo mi cuerpo y me desmayé con el último recuerdo de que de ésta no salía.

Y aquí estoy, en la cama 1557 de la habitación 155 del Gregorio Marañón, recuperándome de la paliza que me dio mi novia. Sigo observando absorto cómo habla Victoria y cómo sigue prometiéndome una vida llena de cuidados y cariño. Pero eso no hay quien se lo crea. Espero con impaciencia mañana, y pasado mañana, y el día siguiente, para poder pedirle a mi madre la carpeta metálica y ver qué es lo que ha puesto el doctor sobre mi recuperación, pero deseo que en vez de mejorar, empeore por momentos, para que así no puedan darme el alta médica. Prefiero seguir postrado en esta desesperante cama a salir de aquí cogido de la mano de mi brutal novia. Prefiero seguir contando los puntos blancos del gotelé a recibir más palizas sin sentido.

Aunque todavía me queda una cosa por hacer: a ver cómo se lo digo a Victoria.

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento


Volver al índice del libro