Golem

 Samuel Pérez Mombiedro


La tranquila noche sobre su cabeza de piedra hizo que algo en él se despertara. Tal vez fuese ese rayo de luz azulada que surgió del cielo para posarse en su pecho, o ese ruido ensordecedor que se mitigó justo antes de creer que su cuerpo se quebraba bajo la presión de aquel sonido, no estaba seguro, pero en ese momento supo que no era únicamente roca.

Y por primera vez sintió. Abrió los ojos y vio el interior de un enorme bosque. Había un camino a los pies del pedestal donde se encontraba. Comenzó a moverse con dificultad, hasta conseguir bajar un pie a la cálida arena. La tierra se hundió levemente bajo su peso. Contempló por primera vez durante unos segundos la luz plateada de la Luna. Después se pasó las manos por el pecho, bajando lentamente hasta las piernas. Hizo unos cuantos movimientos de cintura, flexionó las rodillas y comenzó a caminar por el sendero. El olor fresco de los árboles le produjo un cosquilleo en la nariz y el susurro cercano de las ramas lo intranquilizaba, mientras el viento le acariciaba su rugosa piel de piedra. Percibía muy cerca de sus pies los movimientos furtivos de los ratones. A su alrededor, las miradas hambrientas de las rapaces nocturnas, los aullidos lejanos de un lobo y la majestuosa silueta de un ciervo que observaba, cauto, la dirección que seguía. Y por primera vez sintió dentro de su enorme cuerpo la alegría de estar vivo.

Ensimismado con todas aquellas cosas no notó cómo los árboles se abrían en un claro y cómo en el centro de éste ardía un pequeño fuego, delante de una casa, construída semienterrada en el suelo. La sorpresa de ver aquella luz chisporroteando en un baile frenético a pocos metros de él hizo que algo dentro de sí se apresurara, incitándole a tener prisa por alejarse de aquel lugar. Pero antes de decidirse a marchar pudo notar cómo la pequeña figura de una joven muchacha saltaba alrededor de la hogera, casi al mismo ritmo frenético que marcaban las llamas. Pronto sintió curiosidad, que acabó por vencer su temor.

Ella bailaba con los ojos cerrados, siguiendo el ritmo que marcaban sus latidos, marcando los pasos que dictaban las llamaradas, escuchando los cantos salvajes del bosque. Y con cada movimiento, él sentía que estaba cada vez más cerca de ella. Se fijó en su hermoso rostro, semejante a las rapaces que había percibido, en su cuerpo vigoroso, como el del majestuoso ciervo del bosque; entonces fue cuando su danza paró en seco y sus ojos ambarinos se abrieron, mirándole directamente. «Estás aquí para servirme», y esas palabras le recordaron al lobo hambriento en la profundidad del bosque, aunque sintió un marcado matiz que no pudo identificar.

Se sentaron los dos al borde del fuego, en silencio. Ya había perdido el miedo a aquellas llamas veloces, aunque se mostró receloso de acercarse demasiado pues el calor que emitían lo estaba confundiendo, pero acabó por gustarle el movimiento imprevisible de la fogata. «Me llamo Myan», comenzó a decir la muchacha. Él sonrió pero se encontró con una mirada llena de desdén. «Apuesto a que eres tan estúpido como la roca de la que estás hecho», permaneció en la misma posición, aún sonriendo y jugueteando con dos palos ennegrecidos. «¡Estupendo!», gritó indignada. Algo se estremeció dentro de él cuando la hubo oído. «Te llamaré Golem, por llamarte algo.» De entre sus ropas sacó una medalla de oro partida por la mitad con varios signos grabados en las dos caras. «Observa esto», dijo mientras lo sostenía por la cadena con su mano izquierda. Él fijó su mirada en el llamativo objeto, que le produjo el irrefrenable impulso de tocarlo. Pero cuando alargó la mano para cogerlo sintió una fuerte sacudida que le trepó por el brazo hasta llegar al fondo de su cabeza. Lanzó un fuerte gemido de dolor mientras su pesado cuerpo caía contra el suelo. «¡No lo toques, necio!» Myan, dirigiéndole una mirada furiosa, se había levantado de un salto mientras en su mano derecha se extinguía una luz azulada. Él se incorporó con dificultad, observando como parte de su brazo derecho se deshacía como tierra mojada. La miró sin comprender, pero ella despreció ese gesto volviéndose de espaldas. «Quiero que vayas en esa dirección...» señaló a un punto en el horizonte, «... y que me traigas la otra parte de la medalla.» Golem se quedó pensando durante unos segundos, sin comprender del todo lo que le decía aquella chica. «¿Qué pasa? ¿Eres más tonto de lo que creía? Encontrarás una casa como esta y a una mujer como yo. Mata a la mujer y tráeme su cuerpo. Ella tiene lo que busco. ¡Date prisa!» Y esas palabras retumbaron en su cabeza con tanta fuerza que quedó desorientado. Recordó de nuevo el aullido hambriento del lobo y se dirigió pesadamente al punto que le habían indicado, y a sus espaldas, Myan, con los ojos encendidos de codicia, se preguntaba qué era lo que había salido mal y si esta vez daría resultado.

Esta vez el bosque estaba enmudecido por las órdenes que rebotaban en su cabeza. Notaba sus pisadas en la tierra del camino, pero ya no le parecía tan cálida como la primera vez. No podía percibir a los furtivos ratones huyendo de las nobles rapaces, no vio la silueta del majestuoso ciervo que le había observado con cautela, ni oyó el aullido de un lobo hambriento. Las ramas permanecían en silencio y ni el viento se atrevía a acariciar su rugosa piel de piedra. Por primera vez se sintió solo. Los pasos se repetían uno detrás de otro, hasta que por fin vio como, de nuevo, los árboles se abrían en un claro similar al de Myan. Esperó que hubiese una fogata en el centro del claro, con una muchacha danzando frenéticamente alrededor de las llamas, pero no vio ninguna luz.

Fue avanzando con cautela hasta que casi se vio metido en un charco de agua cristalina que parecía emitir un resplandor leve, casi imperceptible, de luz plateada. A los pies de éste estaba sentada una muchacha con una amplia sonrisa en su hermoso rostro y con la mirada fija en un punto indistinguible del vacío. «Hola», saludó con voz suave. «Siéntate a mi lado y descansa un momento». Se acomodó en el suelo, siguiendo un impulso superior a su voluntad, pero en su mente no dejaban de sonar una y otra vez las últimas palabras de Myan. «Me llamo Syën». Observó el agua resplandeciente del charco, posponiendo cada segundo antes de acatar las órdenes que le habían impuesto. «¿Cómo eres? No puedo verte». Él acercó su mermada mano derecha al rostro de su víctima. Acarició su mejilla y notó las suaves palpitaciones bajo su piel. «Ah, ya entiendo. Mi hermana... Mi hermana lo sigue queriendo». Golem se estremeció al oír las palabras de Syën. No comprendía del todo aquello, pero no le gustó escucharlo. «No tienes por qué obedecer a esa bruja». Syën alcanzó un cuenco de madera de su lado derecho y lo llenó con el agua del charco. «Bebe un poco para refrescar tu cuerpo y relajar tu mente. Luego harás lo que debas hacer». Él lo cogió entre sus manos y miró el contenido, vacilando. La imagen de Myan, autoritaria y hermosa, se grabó de pronto en su mente, y recordó cómo había hecho aparecer aquella luz azulada de sus manos, y cómo aquella luz lo había dañado. Pero también recordó cuando había visto por primera vez aquel destello, y cómo después él había sentido que podía moverse. Observó su brazo derecho, mientras en el rostro Syën se borraba la dulce sonrisa con la que le había conocido. El cuenco cayó al suelo, volcando su contenido. Los ojos ciegos de Syën se entornaron mientras la mano derecha de Golem se aferraba fuerte a su cuello, dejando oír el sonido de unas vértebras rotas.

De sus ojos escaparon unas lágrimas de arena, cayendo sobre el charco de agua cristalina que comenzó a secarse rápidamente. Recogió el cuerpo inerte de Syën y lo cargó sobre sus hombros. Era tan ligero que apenas lo notaba. Buscó la dirección que debía seguir y corrió todo lo deprisa que pudo en busca del claro de su creadora. Con cada zancada que daba temblaba el suelo a sus pies. Y los ratones furtivos huían llenos de terror, y las rapaces que descansaban de su cacería, levantaban el vuelo llenas de pánico, y el majestuoso ciervo se alejó en las profundidades del bosque, satisfecho por su cautela. Las ramas de los árboles rugían a su paso y la arena le quemaba debajo de sus pies. Entró en el claro, donde le esperaba Myan, con una sonrisa de satisfacción en los labios y los ojos desorbitados por la codicia. «¡Déjala en el suelo!» ordenó mientras lo empujaba sin conseguir moverlo ni un milímetro. Rebuscó nerviosamente entre las ropas de su hermana hasta que vio cómo algo brillaba en uno de los bolsillos. Lanzó un grito de júbilo y se buscó entre sus ropas. Él permaneció quieto, sin atreverse a molestar a su señora. «Bien, bien. Buen trabajo, estúpido esclavo. Creí que no ibas a ser capaz de hacer algo tan fácil». Golem se estremeció en su interior. Observó las llamas de la hoguera, que parecían arder con más fuerza, y sintió que algo ardía también en su interior. «Gracias a ti voy a ser la bruja más poderosa de este bosque. Nadie podrá hacerme sombra». Las palabras de Myan sonaban huecas en sus oídos mientras permanecía a su lado, con la mente colmada de rencor. «En cuanto a ti, creo que no voy a necesitarte más. De aquí en adelante no vas a ser más que un estorbo, un estorbo idiota. No quiero cargar con algo así». Conforme iba diciendo estas palabras, de sus manos iba surgiendo una fuerte luz azulada que acabó por impactar en el pecho de Golem. Esta vez la ira que sentía le ayudó a resistir el impacto sin caer al suelo, pero la intensidad del golpe fue mayor de lo que esperaba. El dolor subió por su cuello hasta su cara, cegando sus ojos y enmudeciendo sus oídos. Acto seguido notó como el rayo de luz se elevaba hacia el cielo y cómo un sonido ensordecedor quebraba todo su cuerpo desde dentro hacia fuera, volviéndolo hueco.

Su cuerpo quedó quieto, como en un principio, mientras que una sonrisa despiadada florecía en los labios de Myan y sus ojos ardían de satisfacción. Pero esto sólo duró un instante antes de ver cómo una montaña de piedras cedía en su dirección, tornándose su mirada perpleja y su sonrisa en un grito. El crujido de un cuerpo quebrado fue el único sonido anterior al amanecer.

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