Amor pleno

 Miguel Rochas



«Sí, lo sé, paciencia... pero algo dentro de mí me lo impide. Inquieto, preocupado, muerto y vivo, ése es mi caminar. El infierno tiembla de emoción, sí. Él lo sabe: tiene un valor seguro en mí. Soy la sombra de lo que fui, y fui la sombra de lo que soy. Me miro en el espejo y veo la derrota sembrando mi aura. Mis besos ya no sé si son consuelo o emoción. Mis caricias. Mis caricias no son más que eso: caricias.

Llora, llora, porque aún existe un ápice de lo que fui... y mientras una necia esperanza exista en este mundo, el muerto seguirá en pie. Quiero volver a volar, me pido una oportunidad a mí mismo, pero ni yo mismo me la doy, que es quien se la tiene que dar. No me puedo quedar aquí, ahora que he llegado debo seguir. Tantos confiaron en mí... tantos confían en mí... no sería justo que fuera vencido sin lucha. Y como siempre decía, la lucha nunca acaba con derrota, siempre hay fuerzas para seguir.

Poeta de la vida, eso quiero ser. «El Poeta de la Vida». Quiero ser el poeta de los sueños, esos sueños que hacen que siempre sigamos pase lo que pase. Quiero ser el poeta de los besos, pero de esos besos que no se dan por dar, sino por algo más. Quiero ser el poeta de la alegría, de la alegría desprendida en los malos momentos. Quiero ser el poeta de la ilusión, el poeta de la esperanza que me roba a cada instante el corazón.

Aunque un beso me rompa los labios, aunque un abrazo me destroce los huesos, aunque un corazón me mate, yo siempre tendré que seguir. Seguiré por mí. Mientras exista algo que me guste, habrá un motivo. Tengo que buscar motivos. Quiero tener todos los motivos. Tengo que estar lleno de motivos, simplemente para seguir cuando no quiera seguir.»



Leyendo estas palabras recordé sus besos, sus caricias... solamente recordé. No quería que volviera a ocurrir lo mismo. Esta vez me tragaría mi prepotencia, aunque me costaran lágrimas de soberbia. Sí, ya estaba decidida, bajaría y le daría un beso de los suyos, de esos que le hacen poner esos ojillos de corderillo, esos ojines que tanto me gustan a mí. Ya me cansé de tanto morrín y de tanta discusión, le quiero a él y quiero todo de él.

Bajé la escalera de caracol intentando hacer el menor ruido posible, pero sabía que si estaba despierto sería en vano esconder mi presencia porque la madera erosionada por el viento del mar me habría delatado ya. Ahí estaba, con la cabeza apoyada en el brazo del sofá, dejando sus sueños seguramente volar hacia otro destino y otro lugar más feliz que éste, en el que el sentimiento no fuera de desamor ni de infierno. Ahora sí puedo afirmar quién fue quien se atrevió a robarnos nuestros sueños, nuestro sueño... ¿Dónde habrán ido a parar nuestras ilusiones?

Todavía era la misma cara, esa cara con la que yo había soñado durante tanto tiempo y que ahora la necesitaba como imagen de mis sueños. Me indignó el pensar que el amor que sentía no era a fin de cuentas más que puro egoísmo por mi parte. No me podía arrepentir, en estos instantes simplemente lo quería porque mis sueños eran solo para él, porque él era mi sueño.

La mejilla sonrosada se movió de forma impulsiva al sentir el calor de mis labios necesitados de amor. Entonces las frías y duras que resultaron las palabras desprendidas desde su interior me hicieron mucho daño: «Déjame en paz». Andando con ese paso característico que me hizo enamorarme de él, fue hacia el cuarto de baño. Al salir creí que me iba a desmayar cuando una inerte mirada era acompañada de una fatídica frase: «Quiero el divorcio». Sentí que en un simple segundo toda mi vida se tambaleaba, me decía a mí misma que era una pesadilla, que cuando despertara todo sería distinto.

Se fue a la media hora como si fuera un desconocido con el que hubiera tenido problemas, un tímido adiós y una mirada de reojo. Me quedé tumbada en el sillón recordando aquella buena vida pasada; mientras mi presente se sumergía en mi pasado un sonido timbroso me despertó. Era el teléfono que me devolvía a la realidad. La voz que sonó desde el otro lado del hilo resultó hiriente, no por quien me hablaba, sino por la esencia de sus palabras. Era el abogado. Mi marido me pedía el divorcio.

Mis pensamientos se perdieron definitivamente, vagué en mi propio salón durante una hora hasta que otra llamada de teléfono volvía a hacerme recuperar el ritmo: era Juan, mi amante, o mi ex, como le dije, porque desde ese momento sólo estaría mi marido, y si no es así no habría nadie.

Cuando Enrique llegó a casa me exigió que firmara el divorcio. Yo me negué y él subió para hacer la maleta. No puedo explicarme aún hoy que fue lo que me ocurrió, pero cogí un cuchillo de la cocina y se lo clavé diciendo «o conmigo, o con nadie». Después, tranquilamente me senté en una silla y llamé a la policía para denunciar el asesinato.

Ahora llevo dos años en la cárcel y mi único deseo es poder salir e intentar empezar una nueva vida. Espero que los de ahí fuera seáis capaces de darme una nueva oportunidad.

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