Voz con sonrisa

 César Rodríguez Casado


A Emilio Casado Perdiguero







—Muy buenos días. Por favor, ¿don Alejandro Encinas García?

—No está. Ha ido a nadar un poco al polideportivo.

—¿Con quién tengo el gusto de hablar, por favor?

—Con su padre.

—¿Me puede decir su nombre, si es tan amable?

—Sergio.

—Muy buenos días, don Sergio. Le llamo en nombre de la Fundación ONCE, mi nombre es Lara.

—De qué se trata.

—El motivo de mi llamada, don Sergio, es para informarle de que su hijo Alejandro tiene una entrevista de selección de personal con relación a los cursos de formación ocupacional que su hijo solicitó en la Fundación ONCE.

—Pues no ha dicho nada de eso en casa. Alejandro es un chico que va a su rollo y no cuenta nada. Va solo a todas partes. ¿Es para hacer el curso de teleoperador? Es que a Alejandro es el que le gustaría hacer. Además, sabe, a mi hijo le vendría estupendamente ese curso.

La chica atendía los comentarios de su interlocutor juntando comprensión y simpatía.

—Siempre le digo a Alejandro que es importante que se relacione, que hable con otras personas, que se integre en un grupo. Esta podría ser una ocasión formidable para mi hijo.

Hablaba con la voz entrecortada, emocionada, como si se cayeran lentamente las palabras de su boca.

—En todas partes se dice que son cursos extraordinarios los que ofrece la ONCE. Escucho cada tarde el programa de radio, Un mundo sin barreras, y hablan de la labor desarrollada por la ONCE. Comentan que son interesantes los cursos que ponen en marcha, y les preparan para trabajar. Veo muchos anuncios en la televisión y en El País.

—Allí le darán a su hijo más detalles acerca del curso que solicitó. Por favor, ¿puede tomar nota, don Sergio? ¿Tiene papel y bolígrafo a mano?

—Un momento, que voy a coger un post-it.

—Muy bien, don Sergio, yo le espero.

—La entrevista de selección es el martes 8 de abril a las 9 de la mañana en la calle de Juan Bravo, nº 3b, 5ª planta.

—¿Puede repetir la dirección, por favor? —dijo con tremenda inseguridad, al no confiar en lo que había escuchado al otro lado del teléfono.

—Le confirmo la dirección, don Sergio: Calle Juan Bravo, nº 3b, 5ª planta.

—Yo le dejo la nota pegada en la puerta de la nevera, para que cuando entre a la cocina vea en seguida el aviso.

—Don Sergio, le comunico que esta entrevista le puede ocupar a su hijo toda la mañana debido a que hay otras personas convocadas.

—¿Le van a dar ustedes un bocadillo, como ocurre en los consursos de la televisión? Es que sólo toma el café bebido por la mañana antes de salir a la calle.

—Los gastos de manutención y transporte corren de su cuenta, señor Encinas.

—El transporte no es problema porque mi hijo utiliza el bono. Le gusta viajar en metro, aunque tenga que recorrer pasillos y subir escaleras.

—Muy bien, don Sergio, le esperamos a su hijo Alejandro el día 8 de abril a las 9 de la mañana. Ha sido un placer hablar con usted y mucha suerte a su hijo en la entrevista. Muy buenos días.

—Muchas gracias por su llamada señorita, Alejandro se pondrá muy contento. Ojalá le cojan. Él necesita hacer ese curso.

Yo aplaudía como el resto de los compañeros a Lara con profunda complicidad y entusiasmo gigante, al concluir la práctica telefónica. Lo hacíamos siempre para subrayar el esfuerzo que suponía realizar esa prueba, conscientes del mérito al ocupar aquella mesa donde se escenificaba diariamente el puesto de trabajor de un teleoperador.

Una alegría gruesa y mágica hinchaba la clase en aquel momento. Parecía como si de súbito la conversación telefónica mantenida entre Lara y el profesor, que había interpretado el papel de cliente, nos hubiera estimulado por la auténtica y sencilla vitalidad que se esparcía en ella. A bote pronto se me ocurrió pensar que es perfectamente posible que la absoluta alegría se exprese a menudo a través de las lágrimas. Busqué los ojos marrones de Lara y en su fondo encontré agua contenida, en reposo, con las pupilas encharcadas de luz.

Lara, al tiempo que se descolgaba el auricular, se guiñó uno de sus ojos a través de un espejo con soporte y el marco de madera colocado sobre el tablero gris, que con la paciencia de un observador continuaba detallando las facciones suaves de su rostro en la superficie del cristal, el mismo que guardaba ya memoria de cada movimiento espontáneo con que Lara había ido componiendo su rostro inconscientemente a lo largo de la práctica telefónica y también se entretenía ahora dibujando la cantidad de su sonrisa. El espejo había sido un conductor del gesto de la chica que con un mínimo refuerzo del mismo hacía más dinámico el jugo de su voz, y trataba de construir una sonrisa lo más natural posible.

La chavala recogió el argumentario de la mesa, con la serenidad de quien se siente reconocido en algo, y se sentó en su silla de paleta junto al radiador.

—¿Qué os ha parecido la intervención de Lara? —dijo el profesor, mientras atendía el móvil, que interrumpió con varios tonos templados la clase troncal de telefonía, como si una secretaría pulsara las techas de una máquina escribir cerca de la ventana.

El profesor avanzaba unos pasos por las baldosas blancas de la clase y volvía sobre ellos, subrayándolos, al tiempo que hablaba por el artefacto con la soltura propia de los ejecutivos y se escuchaban algunos tramos de la conversación donde profundizaba en la escucha activa.

—Ajá, pues tengo una persona que te puede interesar, está preparada para hacerlo perfectamente, es una verdadera profesional de la comunicación telefónica. Mañana a las cuatro de la tarde la verás en tu despacho. Muy buenos días.

—Perdonad —nuevamente se dirigía a los alumnos—. Es que estamos ya en contacto con algunas empresas de telefonía y llaman inteserándose por vosotros. Acostumbraos, porque estas llamadas serán frecuentes a partir de ahora. Me piden un compañero vuestro para trabajar con un contrato en prácticas. Sabéis que es corriente trabajar por campañas en el mundo del telemarketing, sobre todo al principio. Y he pensado en Lara, ¿qué os parece?

—Como debe ser —dije a bote pronto, aprobando plenamente la decisión del profesor, y a continuación argumenté, hundido ya en los ojos marrones y expresivos de Lara—. En su voz hay sonrisa, transmite dinamismo y también seguridad. No ha leído el argumentario de forma monótona, mantiene la entonación subrayando las palabras clave. Sabe responder las preguntas sin ponerse nerviosa. Yo la contrataría, es la mejor.

—Gracias, chiquitín —susurró Lara con la inseguridad y la timidez de un ángel, al tiempo que se acariciaba su pelo rubio y lacio.

Yo sentí en aquel instante un profundo cariño por ella, y entendí deprisa que la alegría que arrastraba mis lágrimas hacia afuera, intentando lavar mi rostro con sus continuos viajes, eran dulces como la sonrisa de Lara.

—Lara, acuérdate de que la cita es a las cuatro de la tarde en Juan Bravo, nº 3b, 5ª planta. En las oficinas de Fundosa Social Consulting —dijo el profesor detallando al máximo la información de que disponía.

—Ya os contaré —aseguró la chica con voz dinámica y fresca.

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento


Volver al índice del libro