Multipropiedad

 Manuel Ruiz-Ayúcar Rodríguez


Andrés colocó el último peluche en la cuna, un osito rosa, entre el resto de peluches, entre una jirafa, un perrito, una familia de hipopótamos y una ardilla.

—Ana, ¿tú crees que le gustará el cuarto?

—Es un niño de menos de un año, y con tanto peluche no va tener donde dormir —contestó sacando el hipopótamo más grande y el oso rosa de la cuna.

—No le llames «niño», es nuestro hijo —y le cogió el oso de las manos para volver a colocarlo de nuevo, miró la estantería, llena de libros y con un cerdito de hucha—. Seguro que es el mejor que tiene.

—No sabemos cómo son el resto de sus cuartos, imagino que también tendrá peluches —dijo Ana y salió del cuarto.

—Yo nunca tuve tantos libros —dijo pasando la mano por el lomo de los libros—. Ni peluche, y las paredes de mi cuarto nunca estuvieron recién pintadas.

—¿Decías algo? —preguntó Ana desde el salón.

—No nada, pensaba —contestó para sí, y volvió a colocar el hipopótamo en la cuna, miró de nuevo las paredes azules del cuarto, se metió las manos en los bolsillos y fue al salón.

—Ya queda poco para que llegue —dijo Andrés y miró el reloj de cuco—, casi menos de media hora.

Ana se sentó en el sofá y cogió el mando que estaba sobre unos papeles en la mesilla. Andrés la miró, sacó las manos de los bolsillos y se sentó a su lado.

—Dicen que todos tenemos que llamarle por el mismo nombre —dijo Andrés. Ana encendió la televisión.

—Pues a mí Armando no me gusta nada —y cambió de canal.

—Pues, oye, llámale como tú quieras, en las instrucciones no dice nada —dijo, y cogió los papeles que estaban bajo el mando, los ojeó y los leyó un poco por encima—. Nada, sólo remarca que es recomendable que todas las familias en las que va a vivir le llamen por el mismo nombre.

Ana cambió de canal de nuevo.

—La verdad es que este mes me viene fatal —y volvió a cambiar de canal—. Tengo demasiado trabajo y tú también.

Andrés se quedó mirando a Ana

—Pero... va a ser sólo un mes, hasta dentro de un año no lo volveremos a ver —Ana dejó el mando sobre la mesa.

—Mira, me voy a poner una copa, ¿tú quieres otra? —Andrés la miró.

—No, siempre que esté aquí el niño no voy a beber, y tú tampoco deberías, es un mal ejemplo.

Ana se puso de pie, se secó el sudor de las manos en los pantalones y salió del salón.

—Bueno, ¿y otra cosa de la cocina? —preguntó.

—Sí, un café, pero rápido.

—El café ya está hecho —dijo Ana—, y aún queda un rato para que llegue.

Andrés dejó los papeles sobre la mesa, cogió el mando y cambió de canal.

Ana entró de nuevo en el salón con una bandeja con la taza de café, el azúcar, una cucharilla y una gran copa de cognac.

—Anda, aparta lo que hay en la mesa.

Andrés cogió el mando y retiró los papeles. Ana, antes de sentarse, dejó la bandeja sobre la mesa.

—¿Para qué pones esto? Anda, cambia de canal —dijo Ana sin mirar a Andrés. Éste cambió de canal, dejó el mando en la bandeja y durante unos segundos se tocó la nariz.

—¿Entonces qué mes te venía bien, si ya lo teníamos previsto todo antes de que naciese?

Ana dio un sorbo a la copa y se estremeció por un cosquilleo del cognac.

—Pero de eso hace más de un año, además...

Andrés cogió la cucharilla y se sirvió azúcar.

—Además, ¿qué? —dijo en tono seco.

—Que no tenemos dinero, nos hemos gastado todo en la maldita habitación —Ana volvió a dar un trago al cognac—. Y eso que el niño lo compartimos con otras once familias y que, que.. —volvió a dar un trago al cognac.

Andrés le cogió la copa a Ana.

—Primero, deja de beber, ¿qué imagen va a tener de una madre que bebe? —olió el interior de la copa—. Además, a ti nunca te ha gustado el cognac —dejó la copa en la bandeja—. Segundo —dijo más calmado y en un tono menos sofocado—, compartimos el niño con más familias porque no podemos permitirnos uno durante todos los días, todos los años, y....

Ana se levantó del sofá y salió de salón, Andrés levantó la copa y la movió lentamente en círculos, la volvió a oler y la dejó en la bandeja de nuevo.

—Ana, ¡Ana! —exclamó Andrés.

Se levantó del sofá, se metió las manos en los bolsillos y con paso lento salió del salón hacia su habitación. Ana estaba tendida en la cama.

—Ana —dijo sentándose en la cabecera de la cama—, verás como es maravilloso, le querremos mucho y nos querrá mucho.

Andrés le acarició la espalda.

—Ana, contéstame —y Ana se volvió con los ojos llorosos.

—Pues claro que le querré, tonto, también es parte de mí, pero es que tengo miedo...

Andrés se tumbó en la cama y la abrazó.

—Mira —dijo secándole las lágrimas de los ojos—, ya hablamos de que iba ser un esfuerzo, de que por lo menos en un mes nuestra vida iba a cambiar, que iba a ser diferente —y sonrió—, pero los dos lo queríamos, y ésta era la única opción.

Ana sonrió también.

—Si lo sé, pero que falten minutos, segundos para que llegue me ha echo sentir algo en el estómago que... !uf¡ —dijo tocándose la tripa.

—Pero hay que ser fuertes, y no querrás que te vea llorosa, y...borrachilla —y le volvió a secar las lágrimas—, ¿verdad?

Ana sonrió.

—Verdad, anda vuelve a abrazarme —Andrés la abrazó de nuevo. Los dos oyeron el cuco.

—Bueno, tú al servicio a lavarte la carita, que ya está al llegar.

Andrés se levantó de la cama y mientras Ana iba al servicio él se metió las manos en los bolsillos, y con la mirada perdida salió hacia el salón. El café seguía intacto en la bandeja al lado de la copa de cognac. Se sacó las manos de los bolsillos y se sentó en el sofá, cogió la taza de café y de un trago, aun estando frío, se lo bebió, dejó la taza en la bandeja, cogió el mando de la televisión, cambió de canal y se recostó en el sofá.

Ana apareció sonriente en el salón. Andrés la miró.

—Estás guapísima.

Ana agachó la cabeza avergonzada. En ese momento sonó el timbre. Andrés de un pequeño salto se incorporó en el sofá. Ana se dio la vuelta y fue hacia la puerta. Andrés se levantó del sofá, cogió el mando de la televisión y la apagó.

—Andrés, corre, le veo desde la mirilla —oyó gritar a Ana.

Andrés dejó el mando al lado de la copa y se paró.

Miró la copa.

La cogió y la apuró de un trago.

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