Mi diario

 Mara Sacristán


¡Hola! Esta semana sin lugar a dudas ha sido la mejor de mi vida. Me está saliendo todo bordado. He aprobado el examen de inglés con un siete. Mucho mejor de lo que me esperaba. Ojalá siga así todo el año.

Vi al mediodia a Jaime, como habíamos quedado la noche anterior, pero esta vez estábamos los dos solos. Yo me imaginaba que estarían también sus amigos Álvaro y Pedro, pero no fue así.

Hablamos sobre lo que nos había pasado esa mañana en el colegio. Nos fuimos hacia un parque que está entre los dos colegios, pero mucho más cerca del mío. Nos sentamos en un banco y mientras yo hablaba de tonterías me cogió las manos que tenía sujetando los libros. Sin querer me puse más nerviosa de lo normal hablando sin parar. Jaime me miraba fijamente a los ojos y se iba acercando cada vez más a mí.

Yo mientras estaba luchando por dentro, porque por una parte quería que se acercara, pero por otra no. No podía imaginarme que alguien me quisiera por mí misma, sin importarle que estuviera un poco gordita. No podía ser tan bonito, pero si yo soy de lo más normal, en cambio Silvia es mucho más guapa que yo y tiene mejor tipo. Mientras pensaba todo esto me iba alejando y Jaime acercándose cada vez más hasta que acabé al final del banco. Ya no me podía mover más. Si se me ocurría correrme otro poco acabaría en el suelo. Así que me quedé dónde estaba.

Jaime seguía mirándome fijamente a los ojos y jugando con los dedos de mis manos. Yo de vez en cuando desviaba la mirada, cada vez estaba más nerviosa y mosqueada. No sé cómo ocurrió, pero Jaime me besó en los labios. Era la primera vez que me besaban. No me imaginaba que fuese así. Debe de ser porque yo estaba toda en tensión.

Me miró con sus grandes ojos negros muy tiernamente, diciéndome que me tranquilizara que no me iba hacer nada. Sólo me quería volver a besar.

Esta segunda vez fue mucho mejor que la primera. No me cogió tan de improviso. Sentí el roce de sus labios gruesos sobre los míos y el sabor dulce de su boca. Me encantó. Qué rico sabía.

Me había besado despacio y con mucho cariño, no como sale en las películas de la televisión que parece que te van a comer en vez de besarte. Me gustó muchísimo. Con este segundo beso consiguió que me sintiera transportada a una nube y no quería bajar de ella. Después me dijo que no sabía si podría resistir no verme esa tarde.

Cuando le oí decir eso me derretí. Pero si a mí me pasaba como a él. Si yo solamente quería estar con él. Si por no querer no quería ir al colegio.

Le respondí que lo sentía muchísimo pero que ya había quedado con Raquel para visitar a Silvia en el hospital.

No paraba de decir que lo sentía muchísimo y de disculparme. No me dejó seguir hablando porque puso su dedo índice sobre mis labios para que me callara y sin más me volvió a besar.

No pararmos de besarnos y mirarnos. De repente, me acordé que tenía que ir al colegio. Miré el reloj, eran las tres y cuarto. «Es tardísimo», dije, «tengo que irme a toda pastilla porque me van a cerrar la puerta». Me volvió a besar y le dije que le llamaría nada más llegar del hospital.

Salí corriendo hacia el colegio y llegué en el último momento antes de que la monja cerrara la puerta. Me dirigí corriendo a la clase. Allí estaba Raquel, en su sitio, que no hacía más que preguntarme qué me había pasado y dónde me había metido. Le dije que se lo contaría en el cambio de clase porque ya estaba la Filo en clase. Y eso es lo que hice.

Cuando se lo conté a Raquel no me quitaba ojo y se emocionó con lo que me había pasado. Sobre todo que yo estuviera tan feliz. Una vez acabadas las clases nos fuimos al hospital a visitar a Silvia. El día anterior se lo había dicho a mamá y no me puso ninguna pega como yo me imaginaba. Sólo que tenía que estar en casa a eso de las siete y media más o menos porque Silvia estaría todavía incómoda de la operación.Y que no era fin de semana así que tendría que llegar para hacer los deberes. En el autobús no paramos de hablar de Jaime y Pedro.

Silvia se encontraba tumbada en la cama y al lado tenía a su madre en una silla. Tenía cara de dolor y lo primero que nos dijo es que no la hicieramos reír porque le tiraban los puntos. Le contamos lo que habíamos hecho en clase y que cuándo iba a volver al colegio. Estuvimos un montón de tiempo hablando y la madre de Silvia nos dijo que como estaba tan bien acompañada que se iba a ir un momento a la cafetería del hospital a merendar y que si queríamos algo. Le contestamos que no y le dimos las gracias.

En cuanto salió de la habitación aprovechamos Raquel y yo para contarle lo que me había pasado con Jaime. Silvia se alegró muchísimo, pero me dijo que tenía que seguir saliendo con ellas, que por un chico no íbamos a dejar de vernos. Le dije que no se preocupará, que eso era lo que pensaba hacer. Estuvimos un ratito más y en cuanto llegó su madre nos fuimos. «Mañana volveremos sin falta, y esta vez intentaremos traer a los chicos» le dijimos las dos a la vez.

En cuanto llegué a casa hablé un poco con mamá sobre Silvia y enseguida me fui flechada al teléfono a llamar a Jaime. Le llamé y él cogió el teléfono, menos mal, porque si llega a ser su madre me muero de corte. Estaba deseando oír su voz. Me daba la sensación de que había pasado mucho tiempo desde que hablamos la última vez.

Ojalá pudiera estar ahora mismo en el banco con él abrazándonos y besándonos, y no en casa hablando con él por teléfono. Sentir su olor, su sabor, su calor. Yo quiero estar con él y no en casa. El teléfono es muy frío. Yo pensaba todo esto cuando Jaime me preguntó por Silvia. Le dije que quería que fuéramos todos a verla mañana al hospital, que se lo tendrá que decir a los demás. Me contestó que no habría ningún problema.

Jaime seguía diciéndome que estaba deseando verme, que me tenía que hacer una foto para meterla en su cartera. Le respondí que me iba a ser muy difícil ponerme a estudiar y que no hacía más que pensar en él.

Al rato pasó mamá por mi lado. Jaime seguía diciéndome que nos teníamos que ver por la mañana. Yo no podía hablar en ese momento, así que empecé a hablar de física. Él se extrañó un poco, pero me hizo unas cuantas preguntas y supo que estaba mamá en la habitación mientras hablaba con él.

Mamá me dijo que dejara ya de hablar, que llevaba una hora y que papá tenía que llamar y así era imposible.

Se jorobó todo en un minuto. ¡Pero qué oportunas son las madres! Me despedí corriendo de Jaime, pero antes de eso quedamos en vernos mañana a las tres menos cuarto en el parque en el hemos estado hoy. Qué asco, no podía haber esperado cinco minutos para decírmelo. Es que siempre tiene que meter las narices en todo. Qué ganas tengo de irme. Será pesada.

Nada más colgar el teléfono me empezó a preguntar con quien estaba hablando, que si era el chico del otro día. Que si me gustaba. Que no tuviera ningún problema en decírselo, que ella lo entendía perfectamente.

Pero, ¿será posible? Y a ella qué demonios le importa si me gusta o no, lo que hago con él. Qué manía con meter las narices en mi vida. Ni que yo no fuera mayor. Me tiene harta siempre con el mismo rollo. Es especialista en ponerme de mal humor con lo feliz que yo estaba hablando con Jaime por teléfono.

Me fui a mi habitación a estudiar. Pero no podía, me quemaba la silla. Cómo iba a estudiar si no me apetecía nada. Quería saltar, bailar, pero no podía.

Por todo esto me he puesto a escribirte. Eres el único con el que me puedo desahogar y contarte lo que me ocurre sin que me regañes o critiques por lo que pienso. No pensaba escribir tanto, pero me ha salido así. Te debo tener aburrido, porque lo único que hago es hablar de Jaime, pero es lo más bonito que me ha ocurrido. Nunca había conocido a un chico tan maravilloso, detallista y guapo. En una palabra, lo tiene todo, a pesar que de lo que digan Silvia y Raquel. Ellas no paran de decirme que es un borde, bajito y soso, que no entienden qué he podido ver en ese chico. Eso seguro que lo dicen porque me tienen envidia aunque ellas lo nieguen. Pero me da igual, para mí es el chico más fantástico de la tierra.

Pero si es tardísimo y no me había dado cuenta. Claro, es que contándote las cosas se me pasa el tiempo rapidísimo. Son las once y todavía no he hecho los deberes. Te tengo que dejar, aunque no me apetece nada, te seguiría contando mil y una cosas de Jaime o mías. Seguro que piensas que soy una pesada, una plasta y que sólo tengo un tema de charla que es Jaime, así que no te quiero volver más loco y voy a dejar de darte la tabarra. Muchísimas gracias por ser tan buen amigo. Nos veremos mañana como siempre. Te prometo no faltar a la cita de todos los días. Hasta mañana.

Anahí

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