La pareja

 Mayte Vázquez


La pareja está en la mesa y hablan. Él se muestra dudoso al preguntar. Necesita saber lo que ha ocurrido. No quiere dejarse llevar por los comentarios, por las risas, por los silencios que oye a su alrededor, de amigos y de desconocidos. Quiere que ella le conteste, lo necesita para seguir viviendo junto a ella, su amada, con la que podría vivir cien siglos. Ella es su tesoro más preciado, sus venas, su todo. Quiere saber, aunque tarde horas en descubrirlo, allí sentado, frente a ella, en busca de una verdad.

Ella permanece sentada, con su gargantilla de oro, hablando, hablando sin escuchar lo que dice. No quiere dejar de hablar, de soltar parlamentos sin sentido, acerca de algo que no quiere decir. No lo dice porque lo ama con toda su alma. No quiere perderlo. Habla y habla, escuchando su timbre de voz, un timbre que desconoce, una voz que le es ajena, aunque es su boca quien expulsa las palabras una tras otra. No sabe lo que dice pero está tranquila de saber que su voz no la traicionará diciendo lo que quiere ocultar. Ella sabe guardar silencio, esconder bien un secreto. No desea perderlo y por eso habla sin dejar pausa, pero tranquila.

Él la mira hasta lo más profundo de sus ojos. Ve las dilataciones de la pupila, cómo se encogen para luego volverse a abrir. Ella está cerrada a cal y canto y eso lo pondría nervioso a no ser por la voz que escucha, una voz sincrónica a sus labios, edulcorantes para su pesar.

Ella sabe que se muestra solemne y segura frente a él. Sabe que en unos minutos él estará convencido de su inocencia y sus sospechas se vendrán abajo. Sabe que él nunca ha sabido mirar y por eso se permite que sus pies, bajo la mesa, bailen un Rock and Roll. Sus pies, ocultos del escenario, bailan el temor de la verdad.

Él la mira. Qué guapa le parece. Con esa cara de ángel no es capaz de hacerlo. No lo cree. La quiere creer pero no recibe contestación a sus preguntas, aunque lleve hablando media hora sin parar, de no se sabe qué. Intenta seguir la conversación. No logra entender de lo que habla. La mira desconcertado. ¿Ha perdido también el juicio por ella? Debe ser.

Ella lo mira con decisión. Sabe que es ahora, tras media hora de monólogo, cuando él se está percatando de que sus palabras están vacías. Es hora de callar. Así lo hace.

Él mira las manos de ella, en busca de una respuesta. Reposan sobre la mesa, con las uñas bien pintadas sobre la delgadez de sus dedos impolutos. Su mirada recorre la blusa de ella. Recorre sus pechos, bien erguidos, jóvenes. Se cerciora de que su cuello lleva la gargantilla de oro que él le regaló. Allí permanece, sola, en su delgado cuello. Por fin mira sus labios rosas y sus ojos azules de retina expandida.

Ella lo persigue con la mirada. Lo ve adentrarse en sus pechos y ahorcarse en su gargantilla. Luego ha sucumbido en sus labios y anegado en sus ojos. Le da un beso en los labios.

Él no dice nada. Permanece callado. Es entonces cuando percibe el taconeo bajo la mesa. Mete su cabeza por el mantel. Frente a él ve treinta pies taconeando. ¿Se le habrá estropeado también la vista por ella? Debe ser.

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