Festín de amotinados (2000)

Allí está él

 Elsa Aguiar Baixauli

Lola abre la puerta y allí está él. Inesperadamente, como siempre, aparece en el quicio de su puerta, donde tantas veces lo ha imaginado, donde cada vez menos se atrevía a imaginarlo.

—¿¡Luca!? —pregunta y exclama a la vez—. ¿Eres tú?

—Soy yo, mujer, claro que soy yo —contesta él con su sonrisa un poco suficiente. Y Lola saborea su acento, que no se ha suavizado en todo ese tiempo, su acento a la vez conocido y extraño—. ¿Puedo pasar? —pregunta él con una sonrisa irresistible, mientras clava su mirada en Lola.

—Claro, perdona, qué torpe, pasa... —ella se deja seducir de nuevo, sin pensar.

Avanzan hacia el interior. Él delante, traje oscuro, caderas estrechas, la espalda ancha sólo imperceptiblemente algo más encorvada, una mano en el bolsillo, la otra ocupada con un cigarrillo que apenas chupa, el pelo peinado hacia atrás, como siempre; elegante, también como siempre, la pizca hortera que hace que tantas mujeres pierdan la cabeza por él. Ella detrás, observándole, sabiendo que él sabe que le observa. Llegan al salón, le ofrece asiento, una bebida, revoloteando nerviosa alrededor.

—Siéntate, mujer, no paras, como siempre —primera referencia de él al pasado.— Deja que te vea, ¿no? Ha pasado tiempo, ¿eh?

Ella balbucea, nerviosa, sonríe, trata de recordar cómo tiene el pelo, sabe que no se ha pintado esa mañana, repentinamente consciente de sus kilos de más, de la huella de las noches sin dormir, las pastillas, los cafés, demasiado tabaco, demasiado sofá... Pero sólo tiene una carta y quiere jugarla. Así que coge aire, se pasa la mano por el pelo..., y suspira ruidosamente.

Mientras, él se sienta en el sofá, subiendo las perneras de los pantalones para que no se le haga bolsa en las rodillas, como siempre. Mira a su alrededor, sopesando lo que ve.

—No hay muchos cambios por aquí, ¿eh?

Ella sabe que no, que la decoración no ha cambiado, la misma casa de sus padres, algún trasto más si acaso, así que sonríe y encoge los hombros. Recuerda el primer día que él estuvo allí, en su casa, sentado en el sofá mientras ella admiraba su piel morena, la línea oscura de sus ojos, el olor de su cuerpo... Como entonces, ahora mira sus manos, largas, de dedos finos y uñas pulcramente arregladas. Sus manos...

—Luca, el italiano —dice él de pronto—, así me llamabais en la facultad, ¿no?

Sí, Luca, Luca el italiano, así le llama ella cuando no puede dormir, cuando cree ver su figura entre la gente, cuando se le acelera el corazón recordando, una vez más, sus besos y sus caricias. Luca, Luca el italiano, el hombre que hizo que Lola la precavida, Lola la dura, Lola la que no se deja engatusar, perdiera la cabeza completamente.

—¿Y qué es de tu vida, mujer? ¿Qué me cuentas? —él quiere hablar, parece, intenta enhebrar una conversación, aunque sea a base de tópicos. Demasiados años para otra conversación.

¿Y ella? ¿Va a contarle que ayer lloró de nuevo con la psicóloga? ¿Va explicarle que la casa lleva años cayéndosele encima? ¿Va a decirle que no hay ninguna noche en que no piense en él cuando se toma la pastilla para dormir? ¿Quiere oír que le ha sido fiel cada instante desde que se fue? ¿O prefiere saber que ha repasado cuatrocientas cuarenta y cuatro veces cada uno de sus encuentros?

No, decide que quizá más adelante haya tiempo para ello, y le habla en el mismo tono desenfadado, como si se hubieran visto anteayer. Pero ella ya no tiene veinte años, y no sabe que no puede recuperar su coquetería ingenua de entonces sin resultar patética.

—Pues, nada, ya ves, lo de siempre, trabajando y eso —dice mientras se mira las manos y decide que debe mantener sus uñas fuera de la vista de él.

—¿En qué trabajas, Lola? —la voz cálida de él pronunciando su nombre, Lola, Lolita, mi Lola, voz profunda y caliente que le hace estremecerse.

—¿Yo? Bueno, corrijo, o sea, esto... bueno, que soy correctora en una editorial —se ríe como si necesitara disculparse por no haber llegado más lejos, ella que prometía tanto, la número uno de la promoción hasta que sucedió aquello.

—¡Vaya! Conque correctora, ¿eh? Sí, siempre se te dio bien corregir a los demás —ella capta el reproche implícito y se sobresalta, lo interpreta como una clave de por qué fue mal, un indicio con que él le marca el camino. Y no sabe qué decir, así que espera a que él diga algo más, como siempre. Él se ríe, como para quitar importancia a lo que ha dicho, da una calada al cigarrillo que mantiene encendido entre sus dedos y le echa una bocanada de humo en la cara. Ella sonríe consolada, porque reconoce una broma antigua, una mano tendida desde el pasado, y se apresura a tomarla.

—¿Y tú? ¿Qué haces tú, Luca?

—Negocios —dice él escuetamente mientras deja que su mirada se pierda en el vacío. De nuevo Lola sabe que ha hecho algo mal, como siempre, como tantas veces. Algo que a él no le hace feliz: unas veces que le hacía poco caso, otras que había olvidado ponerse crema en las manos resecas, a veces un retraso de unos minutos en su cita, o una mirada a un hombre que pasa a su lado... Lola lo aceptaba todo, todo a cambio de su piel, de su voz, de su mirada. Todo a cambio de unos minutos juntos, de un halago, de una caricia. Todo a cambio de que nunca sucediera lo que sucedió, a pesar de todo.

—¿Dónde estuviste, Luca? —se arriesga ella. Porque quiere saber, tiene que saber, el porqué de tantas lágrimas, de su soledad eterna, de los porqués en todos los cuadernos, del peregrinar de un psicólogo a otro. Pero él no ha venido a eso.

—¿Dónde? ¿Dónde cuándo, Lola? ¿Ayer? ¿Hace un año? ¿Qué me quieres decir? He estado viviendo, como tú, como todos. Sin obligaciones, te dije siempre... —ahora ella detecta una duda, Luca recapacita, da marcha atrás, busca— Pero ahora he venido a verte. ¿Estás contenta de verme? Yo estoy contento de verte a ti...

Sí, está contenta. Ahora él está aquí.

Y Lola se levanta, despacio. Se acerca a Luca, el italiano, que la mira sonriente, un poco sardónico, quizá, pero sonriente al fin y al cabo. Quiere mirarle a los ojos un momento, antes de. Lola se deja anegar por su mirada, se emborracha del olor que ha añorado cada noche, inspirándolo fuertemente, sonríe a su sonrisa. Después, muy despacio, cumpliendo con un mandato que no controla, se inclina suavemente sobre él y le besa en los labios, los ojos cerrados, grabando para siempre en su memoria ese beso, el último beso.

—Vete, por favor —le dice en voz baja y con todo el cariño de que es capaz—. Márchate y no vuelvas nunca, por favor.

Lola no quiere mirar la cara de sorpresa de él, pero le agradece en silencio que, por una vez, obedezca sin decir absolutamente nada. Le acompaña a coger su abrigo y le ayuda a ponérselo. Le pasa una mano por el pelo, suavemente, con infinito amor. Ahora se besa la punta de los dedos, y le roza los labios con ellos. Él se los besa y ella cree ver en su rostro un gesto implorante, por primera vez. Pero Lola entra en casa y cierra la puerta tras de sí.

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