Festín de amotinados (2000)

El café de la estación

 Charo Alba

Félix, el dueño del bar, teclea la máquina registradora y cobra dos bocadillos de calamares y dos cocacolas a unos chicos que rápidamente desaparecen de allí. Luego un sólo vistazo al salón le basta para comprobar que el aire acondicionado se ha vuelto a estropear, el humo de los cigarros va formando una neblina azulada entre los asistentes dándoles un aire misterioso y cansado.

En este momento Mari Pili toma posesión de su mesa, coloca el bolso encima y se apoltrona en la silla como si fuese su lugar definitivo para toda la eternidad. A su lado su prima Cloti advierte que la silla en la que pretende sentarse cojea de una pata, así que le da el cambiazo a otra mesa.

—Ay, Cloti, por favor, pero qué estás haciendo, deja de remenearlo todo que me estás poniendo nerviosísima —se queja Mari Pili.

—Calla, calla —contesta Cloti—, no pretenderás que me caiga sentada al suelo.

A Mari Pili con 68 años cumplidos le ha caducado hasta el nombre; sin embargo mantiene en pie de guerra una fuerte personalidad con la que mangonea a diestro y siniestro, de la mañana a la noche; Mari Pili se siente sola y la única forma que conoce para reclamar la atención es hacer de capataz allá donde va: en el banco, en la pescadería, en las reuniones de la comunidad de vecinos... necesita sobre todas las cosas sentirse servida.

Cloti, su prima de 56 años, viaja con ella frecuentemente a Valladolid donde tienen familia, varias casas y una tienda de comestibles a la antigua usanza.

Mari Pili se queja de todo, es su forma habitual de estar, de existir. Cloti la sabe llevar muy bien, nadie se explica cómo la obedece sin someterse.

—¿Tomamos un poleo? —pregunta Cloti.

—Yo ni loca, pero a ti qué manía te ha entrado con el dichoso poleo, donde esté un descafeinado bien caliente.

—Bueno vale: un descafeinado y un poleo. Mientras viene Félix voy al servicio un momento.

—Bueno, pero no tardes —ordena Mari Pili.

Mari Pili se queda observando las puertas de entrada, no le gustan nada, los cristales que se abren lateralmente con sólo pisar el suelo le dan grima. Cómo echa de menos aquellas puertas antiguas en las que siempre aparecía un caballero y, tras cederle el paso, Mari Pili atravesaba el umbral como una auténtica duquesa, qué tiempos aquellos…

Félix, el dueño del bar, es un machista recalcitrante, pero le salva su buen humor y su inteligencia. Mientras trajina en la maquina del café le susurra a la camarera:

—Oye, Carmina, vete a la mesa de las “Mari Pilis”, que hoy te toca aguantarlas a ti.

—¡Oh, no! —exclama murmurando—, podían haberse quedado en Valladolid.

Félix se le acerca unos segundos y deja caer como si tal cosa:

—Podríamos perdernos tú y yo un fin de semana en la ruta de las “Mari Pilis”. ¿Qué te parece? Claro que primero tendrías que quitarte esa cara de feminista neurasténica que te caracteriza.

—Félix, no te pases, te lo he dicho muchas veces, cualquier día desaparezco y no me vuelves a ver.

A Félix le apetece provocar y hoy más que nunca, no sabe por qué.

—No te vayas mujer, podrías ir a ver a esas amigas que tienes tan modernas y reivindicativas de los derechos de la mujer y luego como el que no quiere la cosa vas y me denuncias por acoso sexual, ¿a que te gusta la idea?

—Vete a la mierda —le susurra entre dientes.

Carmina pasa a la cocina mientras Félix sonríe complacido. A lo lejos se oye la voz de Mari Pili que le llama desesperada:

—Félix, nos atiendes o nos vamos.

—En seguida estoy con ustedes, no se me muevan de ahí.

Luego se mete en la cocina buscando con curiosidad a Carmina.

La encuentra abriendo el lavavajillas y con expresión de disgusto. Se miran, luego ella le dice:

—Me tienes harta, siempre con ese aire de sabelotodo jorobando a los demás. No te aguanto, eres insoportable.

Félix piensa que no es para tanto y le pregunta sin piedad:

—¿Acaso estás con la regla, bonita?

A Carmina le sube la sangre a la cabeza, pero se controla y luego decide asustarle:

—Hay muchas camareras en paro; no tendrás problemas para encontrar una que me sustituya, mañana arréglatelas como puedas, yo no vuelvo.

—Vamos, Carmina, ya me conoces, no te lo tomes así, fue una broma nada más. Olvídalo. Mira, escucha, ¿oyes a Mari Pili?, te reclama, necesita urgentemente que la mejor camarera del mundo le sirva un descafeinado bien caliente; no la puedes defraudar, ¿a que no?

Al fin los dos vuelven a sonreír y salen de la cocina renovados, felices, con las caras resplandecientes, dispuestos a seguir con la tarea.

En la mesa del fondo se oyen las risotadas de dos chavalas. Una ya se ha quitado la cazadora negra y la tiene colgada del respaldo de la silla. Se queda con una camiseta blanca muy ajustada que no llega a taparle el ombligo. La otra se ha pasado con el colorete y el rímel, intenta parecer mayor pero no lo consigue. Las dos parece que se comen el mundo y luego da ternura oírlas hablar.

—¿Pero qué se habrá creído esa imbécil? Y encima mi madre, hala, que carguemos con ella; mira, tía, nosotras le decimos que se venga si quiere, pero que no nos dé la vara, tía, es que no habla de otra cosa, que si Roberto por aquí, que si Roberto por allá, un plomazo, tía, si no fuera por su hermano que está tan bueno… por cierto, el otro día le vi al salir del instituto y casi me da un ataque, de verdad, tía.

—Es que está de caerse —suspira la del colorete—, mola un mazo, colegui.

En la mesa de al lado toma café un matrimonio de mediana edad. El marido no está mal: alto, fuerte, con cara sonrosada. La mujer parece agotada, triste, más estropeada. Él se empapa con el Marca y ella pierde la vista en la mesa de las chicas, pensando quizá en lo que haría de nuevo si tuviera otra oportunidad, si tuviera 15 años, como ellas.

El ruido de fondo de la cafetería es un murmullo agradable que se ve interrumpido a cada poco por el megáfono de la estación anunciando la salida y llegada de los trenes. Las maletas y las bolsas de viaje parecen parte de la decoración, convirtiendo aquel espacio en un lugar de encuentro entre gentes que se despiden, que se dan la bienvenida o que se marchan sin pagar por no perder el tren.

Carmina apoya la bandeja en la mesa que está pegada al cristal de la ventana y sirve a dos matrimonios jóvenes; una pareja no para de hablar, la otra se muere de risa. Carmina los deja y uno de ellos comienza a hablar:

—Yo, la verdad, no sé cómo me enamoré de esta mujer —dice señalándola—. ¿Os acordáis cuando me la presentasteis? Yo venía de recoger unas fotos de la playa y entramos en este mismo café, luego en esta mesa os pusisteis a verlas y aquí a la señora no se le ocurrió otra cosa que soltarme de pronto: “¿Pero con lo gordo que estás cómo te pusiste ese bañador tan amarillo? Si pareces una boya” —Y se echaron a reír los cuatro.

En el centro de la sala una mesa la ocupa la “fea presumida”, así la llama Félix, que dice de ella que siempre se está recomponiendo el pelo, el flequillo, que hasta saca un espejo y se pinta los labios, que usa ropa cara y se sacude cualquier ínfima pelusilla con desprecio como si fuese la reina de los mares.

—Y fíjate —continúa criticando desde el umbral de la puerta de la cocina—, pero si la pobre se parece a cualquiera de las hermanas de Cenicienta...

Carmina siente que alguien de su mismo sexo está siendo maltratada y se solidariza inmediatamente con ella.

—A ver si las feas no vamos a tener derecho a ser presumidas… —coqueteando.

Félix responde seco pero con gracia:

—Pero presumir, ¿de qué?, ¿tú le has visto la cara? Y además, ¿por qué te incluyes, abogada de pleitos pobres? Tú sabes perfectamente que estás como dios, lo que pasa es que te pierden las malas pulgas.

Carmina sonríe y tras arrinconarle dentro de la cocina contra el frigorífico le pregunta bajito:

—¿Y ahora qué debería hacer, pegarte una torta o darte un beso en la boca?

Félix sonríe como un galán de cine y con expresión satisfecha contesta:

—Lo que has de hacer, hazlo pronto, preciosa, porque ya oigo a las “Mari Pilis” pedir la cuenta.

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