Festín de amotinados (2000)

País 2

 Germán Bayón

Los bastardos que poblaban aquel país eran los orgullosos descendientes del rey Arturo y sus caballeros. Celosos de su tradición, se esforzaban en mantener, y aun acrecentar, la pureza de sus costumbres caballerescas. En este empeño basaban su vida y trabajos.

Para un caballero, su dama era el inaccesible objeto de su adoración y sus requiebros. Jamás pensó un marido entrar en el dormitorio de su esposa, sancta sanctorum de la más alta pureza. El ejemplo de todo varón era Sir Percival, el más puro de los caballeros. Después de una serenata al pie de su almena, cantada con tanta galanura como no lo hiciera el mismo Sir Galván, la esposa podía llamar al esposo a su lado y decirle con voz temblorosa:

—Oh, esposo mío, cuánto me gustaría que subierais y me echarais un polvo.

—Oh, altísima señora —contestaba el esposo, galante como el mismo Sir Galahad—, sólo vos tenéis acceso al polvo de las estrellas. Pero pedidme algo que requiera mostrar el valor de mi brazo y presto lo tendréis.

—Gracias, amado esposo —contestaba ella—, pero creo que ahora prefiero descansar un poco.

Y con esto el esposo se despedía de su esposa y descendía de la almena por el emparrado. Luego, valiente y viril como Sir Lanzarote, se iba a visitar a la dama del castillo vecino, con la que hablaba en prosa. Su mujer, mientras tanto, recibía en su alcoba al caballero de dos castillos más allá que, traicionero como Sir Mordred, entraba por la escalera interior.

Y así es cómo, en aquel país, los más altos ideales engendraban bastardos llenos de ideales aún más altos.

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