Festín de amotinados (2000)

Del desamor y otras soledades

Manuel Pérez Martí

La princesa está triste, qué tendrá la princesa

los suspiros se escapan de su boca de fresa

que ha perdido la risa, que ha perdido el color...

Rubén Darío

Bueno: la princesa no es tal princesa, y se llama Ana. Es mi hermana menor. Una joven, ya no tan joven —tiene 33 años—, alta, delgada, rubia de ojos azules y boca grande. Ahora con su bello rostro ligeramente demacrado porque aparte de seguir un régimen homeopático-vegetariano, lo está pasando mal. Bueno, los dos de alguna forma lo estamos pasando mal.

Hace unos cuatro años, la princesa se enamoró una vez más. Antes había tenido varios novios, pero esta vez parecía que iba en serio. Somos tres hermanos que vivíamos juntos, antes y después de que nuestros padres fallecieran en un accidente de tráfico. Un día, la princesa decidió dejarnos a mi hermana Carla y a mí e iniciar la aventura de irse a vivir con Paco. Hasta entonces nunca lo había hecho. Al principio pareció que todo marchaba bien. Los dos estaban muy enamorados. Pero han surgido los desencuentros, las discusiones, los reproches, los llantos... y se está produciendo la ruptura. No sé si tendrá arreglo. Paco dice que se quiere ir de casa y la princesa está triste y se siente sola. Llora. Tiene cara de pena aunque intenta que no se le note. Está desolada y desorientada. No sabe qué hacer. No nació para estar sola. Ninguna princesa lo está. Tienen su corte y sus cortesanos que las cuidan y las miman. Sus bufones que las hacen reír. E incluso sus hadas madrinas que les aseguran un futuro feliz. Pero ya no hay hadas madrinas, aunque nos estén haciendo falta a todos.

Yo sigo viviendo con mi hermana Carla. Es la mediana. Y aparentemente la más racional y controlada de los tres. Inteligente. Pero bajo ese exterior sensato, arden latentes los fuegos de un volcán que puede entrar en actividad en cualquier momento. Y la erupción puede ser prolongada y terrible.

Carla también ha tenido amores. Todos tenemos amores y si no los tuviésemos estaríamos muertos. Pero el último estallido de su fuego oculto ya pasó. Y ahora Carla dirige toda su atención y concentración al trabajo de escritora que está realizando.

Los dos vivimos en el último piso de un edificio destartalado y antiguo. Con un ascensor que se estropea puntualmente cada semana. Es una finca descuidada, como un hijo no deseado. Falta el amor de sus propietarios. Y es también un microcosmos poblado por un mundo exótico. Me cruzo con algún representante de él por las escaleras. Me los encuentro en el portal de la finca o en el ascensor. Apenas intercambiamos algún saludo. En otras ocasiones, nos ignoramos. No nos comunicamos. Somos mundos distintos y distantes.

El fuerte olor de sus comidas penetra a través de la ventana entreabierta de la cocina e invade la casa. Oigo sus voces por el deslunado. Hablan en inglés, castellano y un extraño idioma que Carla y yo hemos decidido que tiene que ser tagalo. Deben de ser filipinos. También hay cubanos. Y peruanos de rostro asiático. Me lo dijo una mujer con la que me encontré en una sala de espera de la seguridad social. Era gruesa y amistosa. No la he vuelto a ver.

Me llamo Luis como mi padre y trabajo en un instituto, donde intento enseñar Historia a unos jóvenes aburridos que no sienten ningún interés por ella. No soy nada vehemente y mi vitalidad es la justa para sobrevivir en esta pelea diaria. Tampoco tengo amigos. Bueno, alguno, pero pocos. Soy, me siento, un solitario, y no me gusta. A veces pienso que espanto a la gente. O que no les intereso lo suficiente. O que soy demasiado tímido. No lo sé. Quizás debería ir a una psicóloga. Digo psicóloga porque son mujeres las que copan esta profesión. Pero no lo haré. Lo intenté una vez y no resultó. Tengo una visión anticuada del asunto. No quiero hablar sentado en un sillón con una mesa por delante. Quiero tumbarme en un sofá, un sofá de psicoanalista. Cerrar los ojos y recordar en voz alta mi ya lejana infancia, el colegio, la relación con mis padres. Porque la raíz del problema siempre está ahí: en los padres y en los años semiolvidados de la niñez. La psicoanalista estará sentada en una silla situada a la cabecera del sofá. Y yo no la veré. Pero la presentiré atenta y silenciosa mientras hablo de mis sentimientos, con un bloc de hojas blancas sobre las rodillas y un bolígrafo entre las manos. Quizás me duerma mientras le cuento mis sueños de un mundo feliz, lleno de amor y de amigos. Sin problemas. Pero no: sólo es un sueño. No hay sofá y ese mundo no existe.

Yo también he estado enamorado y no sé muy bien si lo sigo estando. De momento, soy un convaleciente que intenta curar sus heridas del mal de amores.

Ella se llama Paula. La conocí a través de mi hermana Carla. Fue un breve contacto de tres o cuatro tardes que salimos juntos. Luego fue un largo silencio.

Un día, Paula me llamó por teléfono. Fue algo sorprendente e inesperado. Me pilló desprevenido. No estaba preparado. Ella sí lo estaba. Llevó la voz cantante. Me preguntó sobre mi vida y yo le pregunté sobre la suya. Luego acordamos una cita. Y una tarde, merendamos y fuimos al cine juntos.

Paula, en aquel tiempo, no me atraía especialmente. Pero tenía un rostro agradable y una hermosa voz. Y yo me sentía solo y mi soledad no me gustaba.

Ella es culta y educada. Siempre da las gracias: “gracias por invitarme al cine”, “gracias por la cena”, “gracias por el regalo”, “gracias por llamarme...” De aspecto dulce, es todo un carácter. Con tendencia a dirigirte, a sugerirte cómo debes organizar tu vida. Es activa. Cultiva las relaciones con sus amigos, lo que le ocupa el tiempo libre que le dejan sus clases de Inglés en un instituto distinto al mío. Es hija única y vive con su madre viuda.

Al principio todo marchó placenteramente. Era ella la que me buscaba y me llamaba. Proponía actividades a realizar conjuntamente. Es una adicta al yoga y a todo lo esotérico. A los paseos por el campo. Al cuidado del cuerpo. Yo soy demasiado perezoso, pero poco a poco fue creciendo en mí el interés por estas cosas.

Luego hubo un momento en que todo empezó a cambiar. Yo estaba buscando ese gran amor que da contenido a una vida. Estaba deseando encontrar a la persona adecuada. Abrir mi corazón y entregarle todo lo que él contiene. Y creí que esa persona era Paula. Y que el deseado momento había llegado. Me equivoqué.

No había contado con el tiempo. El paso del tiempo, traicionero y mudable, lo estaba cambiando todo. No sé por qué Paula me buscó y no lo sabré nunca. He estado a punto de preguntárselo varias veces, pero no lo hice. Y ahora, eso es sólo una anécdota. Descubrí con dolor que mi tiempo había pasado. Que Paula se estaba alejando de mi vida. Ya no me buscaba y era yo el que la llamaba. Las citas se han ido espaciando y con ellas los encuentros. Paula está siempre muy ocupada...

He terminado aceptándolo. Me resistía a la evidencia. Lo he pasado fatal. Se me rompía el corazón de dolor y la angustia quería escaparse como un grito de mi garganta. Pero ya no se lleva morir de amor y he sobrevivido. Y vuelvo a la búsqueda y a la espera.

Así que la princesa está triste y yo tristemente resignado. Y Carla sigue afanosa en su trabajo. Anoche, Ana vino a cenar a casa. Nuestros vecinos filipinos debían de estar celebrando el cumpleaños de uno de sus hijos. Tienen dos sonrientes pequeños —niño y niña— con los que alguna vez me he encontrado y he intentado iniciar un diálogo. La música y sus voces atravesaban el vacío del deslunado. Hemos cenado los tres hermanos una vez más juntos. Hemos charlado de lo divino y lo humano. Nos hemos interrumpido, reído y gritado; y en esos momentos nos hemos sentido felices. Y la princesa ya no está triste y yo tampoco. Recuperó la risa perdida y a su cara volvió el color de la excitación. Pensé que era bueno disfrutar plenamente de aquel presente. Y que el futuro podía esperar.

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