Festín de amotinados (2000)

Historias de entre semana

 Joaquín Bernal Domínguez

A los que, como yo, no tienen
nada que perder.


Zapping

Mientras su mujer comía pipas de girasol, repantigada en el sofá con la bata vieja y la redecilla pegada al cráneo, Marilyn lanzó un sutil beso sólo para él desde la pantalla del televisor. Asombrado, miró primero a la de las pipas y luego a la del erótico lunar. Sonrió pícaro, pulsó un botón del mando a distancia y desapareció con un chasquido de estática.

Caballeros españoles

Una mujer embarazada entró en el atestado vagón de metro esta mañana, camino de Tribunal. No había ni un asiento libre. La preñada miró a su alrededor con ojos de cervatillo pero todos los caballeros sentados siguieron leyendo el Marca. Una chica de pelo rojo y rizado que también iba de pie no pudo contenerse y gritó:

—¿Es que ya no quedan caballeros? Esta señora está embarazada.

Varias voces de hombre contestaron al unísono desde detrás de los periódicos:

—Yo no he sido.

Valentía retroactiva

El niño contuvo el aliento y posó su mano temblorosa sobre el hocico del mastín. Sintió pena por no haberlo hecho antes, cuando el perro aún vivía.

Rímel

A pesar del traqueteo del vagón, la chica de la raya en medio rebusca en su bolso y utilizando un espejito redondo empieza a maquillarse. Corrector de ojeras, maquillaje compacto, algo de color en los pómulos, dos precisos toques de barra de labios, lápiz de ojos bajo las pestañas y, en éstas, la cantidad justa de rímel. Se mira en el espejito y se coloca un mechón que le ha caído sobre la cara. Sonríe levemente, pero el espejito empieza a temblar, no sólo por la marcha del tren. Cae una lágrima gruesa, seguida de otra, y otra más. La chica de la raya en medio saca un kleenex de su bolso y, empapándolo en su propio llanto, empieza a quitarse el maquillaje, despacio, muy despacio, sin dejar de llorar mientras el tren sigue acumulando retraso camino de Chamartín.

Corto de miras

No volvieron a verse después de aquella primera cita. Se le quitaron las ganas al ver que él no aprovechaba ninguna de las frases brillantes que ella le ponía en bandeja.

Poca cosa

La cola de la pescadería llega casi hasta el mostrador del fiambre. Alguien hace la pregunta propia del lugar y del momento.

—¿Quién es la última?

Media docena de señoras se dan la vuelta para señalar a una mujer pequeñita, encorvada, con la cara marcada de arrugas y el pelo tan gris como su mirada.

—Ella —dicen con convicción.

La mujer se lleva las manos a la cara y sollozando pregunta:

—¿Aquí también?

Cúlpese a Cortázar

A pesar de que vivo en un primero, llevo ya dos años y medio sin poder usar suéter alguno. Ni siquiera el que Mar me regaló para los últimos reyes me merece confianza. ¿Por qué se le ocurriría elegirlo de color azul?

Cerebro de hormiga

Rastro. Sí, rastro. Rastro. Rastro. Estupendo. Rastro. Sin problemas. Rastro. Rastro. No rastro. ¡Hey! ¿No rastro? ¡No rastro! ¡No rastro! ¡Miedo! ¡Ah! ¡Miedo! ¡No rastro! ¿Rastro o no rastro? ¡No rastro! ¡Ah! ¡Pánico! ¡Pánico! ¿Rastro? Rastro. ¡Oh! ¡Rastro! ¿Seguro rastro? ¡Rastro! Estupendo. Rastro. Rastro. Sin problemas. Rastro. Rastro. Rastro...

Plagio en potencia

Arrugó el papel con rabia. Lo que más le molestaba era que aquella estúpida idea no se le hubiera ocurrido a él.

Aprendiz de despertador

En la clase final de la academia para despertadores, justo esa clase que precede a la graduación, un digital japonés, pequeñito y con aires de moderno, preguntó angustiado:

—¿Y si soy yo el que se duerme?

El tiempo pasa

Siendo pequeño me contaron la historia de una bruja que habitaba en un bosque cercano al pazo de mis abuelos. Según la leyenda, la vieja devoraba vivos a los hombres jóvenes que, incautos, pasaban cerca de su casa. Hace un par de años visité de nuevo el antiguo pazo por un asunto de herencias. Teniendo por delante una tarde ociosa por ocupar, me acerqué hasta el bosque, pasado el río. Allí encontré una choza y a su puerta encontré a la bruja. “Tienes suerte de no ser ya un rapaz”, me dijo riendo, enseñando sus dientes podridos. Le pedí que, por lo menos, me mordiera el meñique. Se negó y me fui, abatido, camino del río.

Sabiduría druida

Cuentan que en el bosque de Loomstone, en el norte de Irlanda, existe un roble milenario, de ramas retorcidas y carnosa corteza, en el que si un enamorado graba a navaja el nombre de su amada, consigue ser multado por el guardabosques.



La reja

Ahí está. Gordo. Qué asco da. Gordo. Con el balón. No juega. No sabe jugar porque no sabe botar. Gordo. Papá también era muy gordo. No para de llover. Ese imbécil no tiene pelo ni cejas. Sudoroso y resbaladizo como un pez de río. Le tengo miedo. Sería capaz de matarle. Está empapado hasta los huesos. Qué imbécil. Le temo. Es muy grande y muy gordo. Y suda, siempre suda. Hoy no suda, hoy es la lluvia. No sabe qué hacer con el balón, pero no lo suelta. Me suenan las tripas. Ya está chillando otra vez. Papá nunca chillaba. Gritaba. Esa asquerosa lluvia me pone de mal humor. No sé qué habrá de cena hoy. Los días que llueve odio cenar. El gordo siempre se lo come todo. Siempre chilla sin motivo. Yo no puedo. Hay bichos en la comida. Me gustaría salir al patio y quitarle el balón al gordo. ¿Tendrá tabaco? No, el gordo no fuma. Y hacerle callar de un codazo en la boca del estómago. Se le quitaría el hambre para la cena. Esta reja es horrible. Le falta la pintura donde siempre apoyo las manos. No sé ya ni cuánto tiempo llevo aquí. Treinta minutos. Cenaremos dentro de treinta minutos. Ver al gordo me quita el hambre. ¿Estará bien sujeta la reja? Podría arrancarla y salir de aquí. Yo no me quedaría atascado pero el gordo sí. No me quedan cigarrillos. Después de la cena me gusta fumar. Pero no cuando llueve. Cuando llueve me gusta mirar a través de la reja. Me gusta ver el patio vacío, pero hoy está el gordo. Gordo, suelta el balón. Suelta el balón. Gordo, suelta el balón. Sé que puedo hacer que me obedezca. Suelta el balón. Me duele el estómago. ¿Me queda tabaco? Me lo quitaron ayer. Ayer. Ayer también llovía, pero el patio estaba vacío. Me quitaron el cuaderno. No les gusta que escriba. ¿Por qué no me dejan salir al patio? Le quitaría el tabaco al gordo. Y el balón. Tengo la carta para mamá escrita en la primera hoja del cuaderno. ¿Dónde lo habrán escondido? El tabaco también estará ahí. Veinte minutos para cenar. Y después, un cigarro. La primera calada, profunda. Y expulsar el humo despacio, despacio. El patio está lleno de charcos. Ese gordo de mierda está ahí parado, sin hacer nada. El balón en las manos. Odio esta reja. Ni siquiera puedo asomar la cabeza. Sólo poner las manos donde siempre y mirar como llueve. No sabe botarlo. Papá era gordo, pero no sudaba nunca. Nunca tuve un balón. Papá se fumaba el cigarro antes de cenar. Col hervida. La visita de papá a mi cuarto. Después de cenar. Yo no bebo alcohol, porque hace a la gente gritar. Yo prefiero fumar. Esas manos apretando el balón. Me duelen los hombros. ¿Y mi cuaderno? Me dolían los hombros con las manos del gordo apretando y apretando. Papá bebía. ¿Es que nunca dejará de llover? Hace tiempo que no lloro. En la cena sólo ponen agua. La visita. Y luego las bofetadas. Y a mamá. Se las daría al gordo si pudiera salir. Esta reja. Odio esta reja. Odio al gordo. Tuve que hacerlo. El gordo sigue chillando. Papá no gritó. Le quité un cigarro y me lo fumé después. En casa no había reja. Tenía un cuaderno, pero él me lo quitó. Se reía. Tuve que hacerlo. Leyó mi cuaderno y se reía. Empujaré al gordo contra la reja. Se partirán su gordo cabezón y esta reja de mierda. Saldré de aquí. No gritó. Diez minutos para cenar. Quiero un cigarro y quiero mi cuaderno. Siempre llueve. Y siempre esta reja. Me duele el estómago. Pero no voy a llorar. El gordo nunca llora, sólo chilla. ¿Pero qué hace? Ha tirado el balón por encima del muro. Imbécil. No sabe jugar y ha tirado el balón. No era suyo. Ya entra. Me lo encontraré en la cena, chorreando, sudando, comiendo esa comida con bichos. Tengo que enviarle la carta a mamá. Papá no se la podrá quitar. No gritó. Ya no. El cuchillo entró lento, lento, como la primera calada. No chilló. Me miró sorprendido, pero no gritó. Llaman a cenar. ¿Dónde está mi tabaco? Me lo quitaron ayer, pero no me encontraron la navaja. Y la lluvia no tiene prisa. El gordo tampoco chillará más, después de la cena.

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro