Festín de amotinados (2000)

Los míos

Cecilia Canal

para Frank



Durante mis primeros años en España, la esperanza de volver a Cuba era lo único que me sostenía en pie. Esos años, estudié en Oviedo y viví en Pravia. Mi hermano Moncho, que también vivía en España, acababa de encontrar trabajo en Valladolid. Para mí era difícil aceptar que la revolución nos hubiera abandonado. Cuando estaba en Cuba no quise admitir que hablar libremente suponía un gran riesgo, ni que las guaguas se llamaran “unidad de rodaje”, pero aquí no podía soportar la idea de vivir lejos de mi tierra. Estaba segura de que ese no podía ser mi destino.

Pasaban los meses y nada parecía cambiar. Una mañana al entrar la primavera del segundo año, mi hermano Moncho y yo emprendimos un viaje especialmente esperado por mi hermano. Su mujer y su hijo llegaban a Vigo, en un barco de la Habana. Para mí estaba a punto de ocurrir un milagro. Tenía diecisiete años, y la idea de poder coger en brazos a mi sobrino me recordaba la felicidad. Moncho no conocía aún a su hijo, había tenido que salir huyendo de la cárcel y dejó atrás a su mujer, que estaba embarazada de cuatro meses.

—Ya está todo —dijo mi hermano cuando terminó de meter la maleta en el coche.

Intentábamos disimular los nervios pero, aún así, cuando respondíamos nos temblaba la voz. No nos atrevíamos a mirarnos por miedo a no poder controlar la emoción.

De los recuerdos vividos que conservo, estos primeros años en España fueron los más tristes y desdichados. Padecí de manera intensísima el desarraigo que toda mi vida ha seguido acompañándome.

Quieta, casi inmóvil, con un sudor seco y frío que recorría mi cuerpo, me acurruqué en el asiento de al lado del conductor con la nariz pegada a la ventanilla, mirando fijamente el paisaje, con la esperanza de que mi hermano no recordara que estaba allí.

—Si quieres puedes dormir, la carretera tiene muchas curvas y voy a tener que ir despacio. Intentaré llegar a tiempo, para comer en un restaurante magnífico que hay en el puerto. —dijo Moncho mientras se quitaba la chaqueta de punto y desabrochaba el primer botón de la camisa. Parecía tranquilo.

Moncho era muy atractivo. En Cuba las muchachas estaban locas por él; en el colegio le llamaban “mister universo”, y creo que él terminó por creérselo.

—¿Has hecho muchas conquistas en Madrid? —le pregunté para distender el ambiente.

—No digas tonterías hermanita, ya estoy viejo para esas cosas —contestó coqueto. Pero era cierto que había envejecido.

Al mirarlo recordé mi época de internado. Entonces él escribía en el semanario Lunes. En el ‘61, todo el equipo de redactores, junto con decenas de intelectuales, protestó por la censura de un ensayo de cine independiente, y el gobierno cerró el semanario. Dos meses después mis padres se asustaron por mi participación en los movimientos de jóvenes católicos y decidieron enviarme a España. Mi hermano salió huyendo un año más tarde.

Me sorprendí con estos pensamientos y me propuse olvidarme de todo y pensar sólo en mi sobrino. No pude. Los recuerdos eran aún demasiado recientes, me impedían concentrarme en un solo pensamiento. Moncho me miraba con una sonrisa, cuando la carretera lo permitía.

—Estás muy callada, ¿vas bien? —dijo en una ocasión.

—No te preocupes por mí —le contesté.

Me conmovía mi hermano. Hablaba con naturalidad pero terminaba las frases suspirando sin darse cuenta.

—Estamos dejando atrás Asturias —le dije, al mismo tiempo que me concentraba en el paisaje e intentaba olvidarme de Cuba.

Me incorporé en el asiento y conseguí imaginar cómo sería mi sobrino. El bebé ya había cumplido los seis meses. Los temores de no poder conocerlo, generados por la distancia, estaban a punto de disiparse. El paisaje de Galicia me pareció un marco perfecto para mi añoranza. Era diferente a lo que veía desde la ventana de mi habitación en Pravia. No había picos de fondo, las colinas eran suaves. Los elementos se mezclaban con tanta naturalidad que aún hoy, cuando pienso en Galicia, sigo percibiendo la magia y la nostalgia de ese día.

—¿Has probado los centollos? Vamos a comer en un sitio que tiene el mejor marisco de España. Además, aunque las niñas no beben, te dejaré probar el albariño —dijo Moncho haciendo de turista feliz.

—Moncho, intenta tranquilizarte y deja de disimular dándome conversación. Aunque ya sabes, para mí siempre es un placer escucharte —contesté irónica.

—Suponía que no te habías dado cuenta de que estaba nervioso.

Guiñó un ojo. Entonces, tuve la sensación de que todo lo que realmente éramos y de lo que formábamos parte, había quedado atrás. No pude evitar volver a pensar en Cuba. Me acordé de mi novio, que con sólo diecinueve años estaba condenado a treinta años de cárcel por lo de Bahía de Cochinos.

Poco después, el olor a puerto de mar. Llegábamos a Vigo.

Al terminar de comer salimos a pasear por el puerto. Hacía un día magnífico, se había levantado un ligero viento pero lucía el sol. Nos acercamos al mar, que me atrapó como siempre, con su arrullo y su fuerza. El mar siempre me resultaba familiar.

Mi hermano se alejó dando un paseo hasta el final del puerto. Dijo que iba a ver los barcos, pero me fijé en él y se limpiaba constantemente las gafas. Parecía querer descubrir el punto exacto por donde aparecería el barco con su mujer y su hijo. Él fue el primero en verlo, inmediatamente hizo un gesto para que me acercara al muelle.

—Mira, ahí está —dijo mientras señalaba un punto blanco en el horizonte. Se acercó a mí y colocó su mano encima de mi hombro. Era once años mayor que yo, pero siempre había existido entre nosotros una gran complicidad.

Al llegar el barco, se hizo el silencio. No oía ni las olas, ni las voces, ni las gaviotas, como si el aire hubiese apartado el sonido para que nada perturbara el encuentro. Sólo podía comprobar cómo el punto blanco se acercaba al muelle. Mucha gente, que antes no había visto, se movía como en una película muda, agolpándose frente al puentecillo de madera que permitía el acceso a tierra. Unos barrotes de hierro unidos por una soga era todo el obstáculo que les impedía acercarse a la salida.

Mi hermano iba de un lado a otro intentando descubrir a la madre con el niño. A mí el corazón me latía con tal fuerza que no conseguía moverme. ¡Pronto iba a conocer al niño! Por fin vi a mi hermano correr hacía ellos. Primero los rodeó con sus brazos, luego ella le mostró la cara del niño que venía completamente cubierto por una toquilla y un gorro. Mi cuñada, segura de mi presencia, me vio y se acercó con el niño.

—Éste es tu sobrino —dijo.

Nos dimos un beso y nos miramos una fracción de segundo, no hicieron falta palabras. ¡Al menos estaban juntos! Cogí en brazos a mi sobrino. Ella se dio la vuelta y volvió junto a su marido, permanecieron abrazados un largo rato en que el tiempo pareció detenerse.

Yo abracé al niño. ¡Olía a polvos de talco! Recuerdo que me miraba como si me conociera desde antes de nacer. Me sonrió con los ojos, al menos eso me pareció. Mientras le hacía arrumacos para que riera más fuerte, supe que para él éste sería su hogar. Aquel pequeño traía consigo mucho de lo que yo creía haber perdido: la proximidad de los míos. Desde aquel día, la esperanza de volver a Cuba se fue desvaneciendo poco a poco.

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